22 Alex
Cuando acaban las clases nos despedimos y voy dirección a mi casa; hoy mi madre no viene a buscarme.
A lo lejos, veo que Ethan aún está esperando, supongo que a su madre.
Le pierdo de vista y sigo mi camino sin mirar atrás.
En mi mente, pasan muchas cosas en este momento.
Voy a quedar con alguien por primera vez en mucho tiempo, no sé si esto va a salir bien.
Pero ¿qué hago? ¿voy a estar todo lo que me queda de vida sin atreverme a hacer amigos?
Son muy pocos con los que me hablo en clase y, aun así, no hablo mucho con nadie por miedo.
Me niego. Tengo miedo, sí, pero mi madre tiene razón. Tengo que darme una oportunidad. Al cabo de un rato llego a casa; mi madre no está, pero me ha dejado comida.
Me pongo en un plato de ensalada de pasta y me siento en la mesa a ver la televisión. Lo primero que salen, las noticias.
«…presuntamente violada…» cambio de canal con los pelos como escarpias y pongo HBO. Me he puesto mala de repente, dejando a un lado el plato de comida, aún medio lleno.
Me pongo una película que estaba viendo y paso el rato hasta que llega la hora de salir hacia la iglesia. Apago la tele y voy a vestirme.
Me quedo parada en frente del armario con las puertas abiertas, pasmada.
¿Qué me pongo? Me doy cuenta de que es prácticamente la primera vez que me veo en esta situación.
Al final, me decanto por unos pantalones tejanos pitillos ajustados y una camisa más elegante de lo que suelo ponerme, aunque no sé si estará bien.
Cojo mis cosas para salir de casa cuando recuerdo que no le dicho nada a mi madre, así que decido enviarle un mensaje por WhatsApp, ya que está trabajando y prefería no llamarla. En cuanto le dejo el mensaje, salgo de casa dirección a la iglesia. De camino, pienso en mil cosas a la vez.
«¿Cómo irá la tarde?».
«¿Qué pensará él después de la quedada?».
«¿Seguirá queriendo quedar conmigo?».
«¿Y por qué no?» dice una vocecita en la cabeza.
«¿Y por qué sí?» dice la otra, malignamente.
Suspiro de rabia ante las contradicciones de mi cabeza. Intento ignorarlas, pero no soy capaz.
«Claro que haces bien en intentarlo, claro que sí».
«Pero si no vale la pena, ¿no te das cuenta?».
«Pero creo que merezco una oportunidad, ¿no?».
«Por supuesto que no, siempre la cagas, ¿no lo ves?».
«Callaos de una vez» digo chillando a mi cabeza. Y las voces no lo hacen. Las intento ignorar hasta que llego al sitio acordado.
Miro el reloj: las 16:50. He llegado un poco pronto. Bueno, esperaré. Paso los 10 minutos mirando alrededor a ver si veo a Ethan llegar, pero nada. Al cabo de un rato, cuando creo que son y cinco, le veo llegar.
Me ve a lo lejos y me sonríe, acelerando un poco el paso. Tengo el corazón que amenaza con salir del pecho. Al llegar, me dice algo, pero no le escucho. Creo que me ha saludado. Intento centrarme hasta que mi oído vuelve a funcionar.
—Hola —le digo aún aturdida—. ¿Te ha costado llegar? —pregunto intentando centrarme en el momento presente.
—No, la verdad es que no, el GPS es un buen aliado. —Ríe.
Yo sonrió de vuelta.
—Y tú, ¿qué tal? —me pregunta él.
—Bien —respondo, un poco despistada—. Como siempre, supongo.
—Bueno, me alegro entonces. Ahora te toca a ti —dice de repente, dejándome atónita. Se explica—: quiero decir, tú conoces esto.
Es verdad, no conoce nada. Mi cabeza se pone a pensar a mil por hora otra vez, pero no de la misma manera. Estoy mirando al frente sin mirar a nada en concreto.
—A ver, no es que salga mucho… —digo algo avergonzada rindiéndome.
De repente, se me viene un lugar al que fui con mi madre hace poco, después de una visita médica.
—Bueno, conozco un sitio para tomar café, no es nada del otro mundo, pero… —continúo—. Está bien.
—De perita —me dice sonriendo. «¿Perita? Será algo malagueño, seguro…»—. ¿Vamos, entonces?
Empieza a caminar, pero se gira, esperando para seguirme.
A mí .