16 Alex
Me siento rara. Creía que simplemente pasaría de mí y, sin embargo, ha querido hablar conmigo y me ha dicho de quedar el viernes, así, sin más; como si fuera algo normal para mí.
De primeras, no puedo creer que haya aceptado.
No sabía que ayer me buscaba a mí, ni mucho menos lo imaginaba después de verlo hablar con las chicas. No sé si he hecho bien en decirle que sí…
Volvemos a clases después del descanso y yo me siento demasiado tímida, como si algo no estuviera bien, aunque Ethan no para de demostrarme lo contrario (o eso parece).
Como dijo antes, solo fue amable. ¿Y si solo es amable conmigo?
Suspiro, viendo la clase pasar. Mi cabeza va a mil por hora, al igual que mi corazón, ante la simple idea de que alguien pueda llegar a comprenderme.
En la vuelta a casa, casi ni escucho a mi madre; me costaba concentrarme. Ella me deja en casa y se va a trabajar de nuevo, al acabar de comer.
Ahora, estoy en el sofá «viendo» la televisión, acurrucada con la manta hasta la nariz, aunque haga algo de calor, con la cabeza hecha un lío.
Aún sigo pensando en si he hecho bien en decirle que sí.
Sacudo la cabeza, negando. ¿Por qué no? Ha sido él quien ha dado la idea, me cae bien, es diferente.
¿Y si realmente hablaba con ellas de mí? ¿Y si todo es para fastidiarme?
Gruño frustrada, tirando la manta al otro lado del sofá y me levanto.
Me dirijo a la cocina y abro la nevera. Busco la crema de cacao y cojo el pan de molde.
Me hago dos sándwiches y vuelvo al sofá.
Ya le he dicho que sí, así que no tengo mucha opción, porque tampoco soy de esas que dicen que sí y luego, de repente, se inventan una excusa para no ir.
Abren la puerta de casa.
—¿Alex? —pregunta mi madre.
—En el sofá —respondo suspirando.
Aparece por la puerta del comedor y mira alzando una ceja cuando ve los sándwiches.
—¿Desde cuándo comes eso? —me pregunta sorprendida—. Hace años que no comes chocolate de esa manera.
—Me apetecía —le digo indignada—. Me sorprende que tú no lo comas.
Se ríe y viene a sentarse conmigo.
—¿Qué pasa? —me pregunta mirándome y cruzándose de brazos.
—Nada, ¿qué va a pasarme? —le digo evadiendo su mirada.
—Venga va, que yo también he vivido la confusión del instituto, los chicos… —Abro mucho los ojos, sorprendida.
«¿Cómo lo sabe?».
—Dios mío mamá, no digas tonterías —le digo rápidamente—. Sabes que nadie me habla en el instituto.
—Te conozco, Alex —me dice con tono tranquilizador—. Te daré un consejo, aunque tal vez no quieras escucharlo…
Apoya una mano en mi pierna.
—Date una oportunidad, hija. Mereces ser feliz. O al menos intentarlo. —Su mirada es severa y seria—. Si no sale bien… tendrás más oportunidades.
Se levanta suspirando.
—Voy a hacer la cena —dice, saliendo del salón.
Me quedo pensativa mirando el sándwich. Tiene razón. No tengo que darle a él una oportunidad, si no a mí misma. No tengo nada que perder, así que, ¿por qué no?
Si no sale bien… mi vida será la de siempre, sola, aburrida, monótona, sin sentido…