Ayúdame a salir 10 Alex
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10 Alex

No me puedo creer que le esté enseñando el instituto a alguien.

Nunca hablo con nadie. ¿Por qué él iba a ser diferente?

No sé qué me está pasando. Igual solo me habla porque es verdad que soy la única con la que ha hablado aquí, o igual de verdad se interesa en conocerme…

Frunzo el ceño y resoplo. Menos mal que no me han quitado hoy el monedero; habría hecho el ridículo.

Entramos dentro de la cafetería y hacemos cola. Bueno, una «cola» con dos personas delante tuyo.

Mientras la hacemos, apenas pienso con claridad.

Le miro un instante y veo que está buscando dinero en la cartera.

Se da cuenta de que le miro y él también me mira.

Me sobresalto y se me cae la cartera al suelo.

Mierda. Ahogamos un grito y él se agacha al mismo tiempo que yo a recogerla, con lo cual nuestras cabezas chocan.

—¡Oh! ¡Lo siento! ¿Te he hecho daño? —le pregunto angustiada.

«Soy una idiota, como siempre la cago».

Él tiene una mano en la cabeza y una sonrisa de disculpa.

—Estoy bien, tranquila —ríe tímido—. Ha sido culpa mía por no darme cuenta de que te habías agachado tú también —me dice y me pone una mano en la cabeza—. ¿Tú estás bien?

Me quedo sin palabras.

—No, no, qué va, es decir, estoy perfectamente —digo sin evitar tartamudear, mientras él me quita la mano de la cabeza.

«Madre mía, esto va de mal en peor. Debe estar pensando en lo torpe que soy. Encima no hemos empezado muy bien siendo yo tan borde».

Suelto un largo suspiro, dándome cuenta de que ya no hay cola, y voy hacia la dependienta con Ethan para pedir el bocata.

—Espero de verdad que no te hayas hecho daño, toma. —Me da la cartera.

—Gracias —le digo, casi mirando a otro lado para que no viera lo roja que estoy.

Pido mi bocata y espero a que Ethan haga lo mismo. Cuando nos los dan, pagamos, salimos y nos sentamos en un banco cerca de la entrada.

Mientras nos comemos los bocatas hay un silencio que me parece eterno. No sé qué decir ni de qué hablar, no sé cómo se hace esto de entablar conversación o algo así, nunca me he visto en esta situación, a decir verdad…

—Oye, ¿hay algo más que ver por aquí? —interrumpe mis pensamientos de una manera que me asusta. Le miro y niego con la cabeza.

—No creo—respondo aún aturdida—. Soy de quedarme aquí la media hora del descanso, no me muevo mucho —continúo, dándole un mordisco a mi bocata.

—¿Y eso? —pregunta curioso.

Suspiro. No me emociona mucho la idea de hablar con alguien, y menos con una persona que no conozco, pero me mira con tanta curiosidad que ni siquiera parece importarle morir, como aquel gato del refrán.

—Pues no me hablo mucho con la gente la verdad, por no decir con nadie —le confieso—. Por eso me gusta quedarme aquí, donde nadie viene a interrumpir mis pensamientos ni a molestarme.

Él levanta las cejas como si le impresionara.

—¿Por qué no hablas con nadie?

—A nadie le intereso.

—¿Interesar?

—Ya sabes, hablar, reír, tener una amiga. Nadie quiere eso conmigo, por eso no hablo con nadie.

—Y… ¿por qué conmigo sí? —me pregunta.

Me quedo pensando, mirando más allá de del patio, donde los adolescentes de todo tipo se relacionan jugando al fútbol, a básquet y demás. Algunos pegándose y haciendo bromas entre sí.

—No lo sé —le respondo, suspirando con sinceridad.

Frunzo el ceño dándome cuenta de que esto es una gilipollez y me levanto. Él se levanta también, extrañado. Abro la boca para decir algo, pero la vuelvo a cerrar. Después de unos segundos por fin hablo.

—Me tengo que ir. —Y simplemente salgo corriendo.

Le dejo con la palabra en la boca mientras me alejo, sintiendo en mi nuca su mirada enormemente confusa.

Llego al baño y me meto en uno de los lavabos, sentándome encima del váter.

Un mar de emociones me ahoga. Él tiene razón.

¿Por qué a él sí le he hablado, acompañado y enseñado todo esto?

Suelto aire, sintiéndome literalmente una imbécil.