5 Ethan
Salgo del instituto con mi madre por delante, pensando en la chica con la que me he chocado hace un rato, y si de verdad no le habré hecho daño. Menos mal que la agarré a tiempo del brazo, si no, se la habría pegado fuerte contra el suelo.
—¿Qué te ha parecido, cariño? —Mi madre me saca de mis pensamientos, sobresaltándome—. ¿Te ha gustado?
—Me ha gustado —respondo—. Tiene el bachillerato que creo que necesito y es muy grande.
Mi madre asiente orgullosa.
—Ya tienes instituto entonces —me dice—. ¿Quieres que te inscribamos ya? Es viernes, habrá que hacerlo cuanto antes, ¿no?
Asiento mientras entramos en el coche.
—Si, para empezar ya —me pongo el cinturón—. El lunes podemos inscribirme, o esta misma tarde; puedo venir yo.
Así hoy estoy tengo algo más que hacer.
—Vale, me parece genial. —Arranca el coche y nos dirigimos a casa—. Te daré el dinero de la matrícula.
Esa misma tarde, mi madre me da el dinero para matricularme y comprarme los libros que me hacen falta.
Salgo de casa; lo primero que hago es ir al instituto a matricularme, para poder empezar las clases el lunes.
Después de finalizar con todo el papeleo, busco una librería.
Pongo el GPS y veo que hay una cerca, así que me dirijo a esa voy.
Cuando llego, me acerco al mostrador para hablar con la dependienta.
—Hola —saludo con una sonrisa—. Vengo a preguntar por unos libros de clase.
Ella deja de hacer lo que está haciendo y por fin se digna a mirarme.
—¿Tienes la lista? —me pregunta sin saludar.
Se la doy, asintiendo. La observa un buen rato, como si de una novela se tratara, hasta que se levanta para ir a buscar los libros.
Después de un rato, vuelve con cuatro de ellos.
—Están estos cuatro, me faltan los otros restantes —dice, poniendo los libros en el mostrador para que los vea—. ¿Quieres que te los pida?
Acepto la petición, esperando a que haga el pedido de los que faltan.
Mientras tanto, cotilleo un par de novelas de fantasía y magia, que me encantan, y me acabo llevando una al salir de la librería.
Como no tengo nada que hacer, aprovecho lo que me queda de tarde y voy a comprar un chocolate caliente.
Cuando vuelvo a casa, no hay nadie. Dejo los libros en el escritorio, saco el libro que compré antes y me siento en la cama para echarle un vistazo mientras me tomo el chocolate caliente. Esa es mi tarde de viernes. Bueno, contando que tenía libre hasta el lunes, quiero aprovechar.
Pasado un buen rato, escucho la puerta de casa abrirse y miro la hora. Las 19:36. Salgo de la cama y voy a la cocina a tirar el vaso del chocolate caliente y ver quién ha llegado. Mi madre ya estaba en la cocina guardando la compra.
—¿Y papá? —pregunto, a modo de saludo—. Creía que estaría contigo, aún no trabaja, ¿no?
Concluyo, apoyado en el marco de la puerta.
—Está acabando unos papeleos —responde mi madre, guardando el pan.
—Ya veo…—suspiro.
La ayudo a acabar de guardar la compra.
—Ya me he matriculado —informo—. Empiezo el lunes. También fui por los libros, pero solo tenían cuatro de ellos, así que he pedido los otros...
—Vale —contesta mi madre—. ¿Te faltan muchos?
Niego con la cabeza. Mi madre empieza a hacer la cena (sanjacobos con patatas. He empezado a tener hambre) mientras esperamos a papá.
—Hace mucho que no haces sanjacobos, y te salen buenísimos —le digo con sinceridad a mi madre—. Deberías hacerlos más a menudo.
Mi madre me mira con una sonrisa de agradecimiento por el cumplido.
—Tenemos que celebrar que hemos acabado de sacar todas las cajas —dice, riendo—. Además, a tu padre también le encantan —continua con algo de timidez en su rostro y aun sonriendo.
Es verdad, le encanta todo lo que hace mamá. Y si algo no le gusta… No, no existe el caso. Río internamente. Esperamos a que llegue mi padre, que acaba tardando solo veinte minutos después de que preparemos la cena.