Ayúdame a salir 4 Alex
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4 Alex

Hacer los deberes me aburre. A decir verdad, siempre es lo mismo. Aunque hay cosas que me cuestan, las acabo entendiendo sin ayuda de nadie; como mucho de mi madre.

Esa noche tengo una pesadilla horrible.

Primera hora: Química. Interesante, pero no es mi estilo. La clase no se me hace amena, la verdad.

Segunda hora: Matemáticas. Horror. Estas clases sí que se me hacen largas, siempre se habla de lo mismo y nunca se llega a nada en concreto; a veces, me pregunto para qué utilizaré todo lo que estoy aprendiendo en la vida cotidiana.

Por fin llega la hora del descanso a las 10:00. Voy al baño y después me dirijo a la cafetería buscando mi cartera para comer algo. Espero tener el dinero del almuerzo, para variar.

Cuando por fin tengo el monedero en la mano, me choco con el hombro de alguien. Ahogo un grito porque creía que me caería al suelo, pero eso no pasa. Alguien me agarra del brazo justo antes de caerme.

—¿Estás bien? —pregunta el muchacho con cara de preocupación—. No te he visto, lo siento.

Tendría mi edad, más o menos, alto, pelo negro corto y ojos dorados. Vaya. Iba vestido con un tejano azul y un polo del mismo color.

—Y… yo…—tartamudeo soltándome de su agarre sin brusquedad—. ¡Estoy bien!

«¡Pero que tonta! ¿Se puede saber qué me pasa?».

—Ha sido culpa mía por no mirar hacia adelante…—continúo con voz temblorosa.

«Madre mía… estoy haciendo el ridículo».

Él se agacha y toma algo del suelo. Caigo en la cuenta de que es mi monedero.

—¿Esto es tuyo? —me pregunta, extendiendo su mano para que lo coja—. Toma.

Lo miro con recelo. Es demasiado amable. ¿Una faceta? Puede ser…

—Eh… Sí… Gracias —consigo articular quitándole el monedero.

No puedo dejar de mirar sus ojos. Qué color tan raro… nunca había visto uno igual. Parecen oro.

—De nada —me responde con una sonrisa.

Se la devuelvo sin pensar, como un acto reflejo, y noto que me sonrojo como un tomate.

—Bueno… —mascullo—. Tengo que irme… gracias.

Salgo casi corriendo de la recepción hacia la cafetería.

Por Dios… ¿qué me pasa? Soy una idiota. Eso es lo que estará pensando ahora mismo, seguro. Suspiro al llegar a la cafetería donde él ya no me ve, ni yo puedo verlo.

Hago cola para pedir mi bocata; no es muy larga y no va a durar mucho.

Lo que no entiendo es por qué estoy tan nerviosa.

Nunca me había pasado. Y no lo digo por lo de chocarme, no sé exactamente el porqué.

Es un simple tío , como todos los demás.

Seguro que se cree el rey solo por ser guapo.

Me sonrojo de la rabia. ¿Por qué todos son iguales? Creídos y gilipollas.

La fila va avanzando hasta que llega mi turno. Le pido a la chica un bocadillo de beicon con queso. A los cinco minutos, me trae uno envuelto.

—Tres con cincuenta, por favor —me pide.

Le doy el dinero justo y le agradezco con una sonrisa, abandonando la cafetería hacia un sitio más tranquilo para comer.

Cuando vuelve a sonar la campana, vuelvo a clase con una sensación que nunca en mi vida había sentido.