3 Ethan
Ya llevamos un par de días aquí, en Barcelona, y casi nos hemos instalados por completo en nuestra nueva casa.
Estoy en mi nueva habitación sacando las cosas de la última caja, por fin.
Cuando acabo, la recojo, la pongo junto a las otras vacías y me dispongo a tirarlas, como mi madre me ordenó que hiciera.
Bajo a la calle, encontrando justo al lado de casa unos contenedores. Tiro las cajas, vuelvo a casa y me meto en la habitación, ya que no hay mucho más que hacer. Saco mi móvil, mis cascos, me estiro en mi nueva cama y pongo música.
La cama es muy cómoda, además de ser de matrimonio; tengo espacio suficiente para acomodarme.
No sé cuánto tiempo pasa desde que estoy tirado, y ni me he fijado en qué hora era. Veo entrar a mi madre y me quito los cacos para escucharla.
—¿Piensas venir a cenar? —pregunta con los brazos en jarra—. Hace rato que esta la cena en la mesa, cielo —continua con una sonrisa.
Miro la hora y me doy cuenta de que han pasado dos horas desde que me tumbé.
—Claro, enseguida salgo. —Le devuelvo la sonrisa—. Tengo hambre…
Mi madre ríe negando con la cabeza y sale de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Ya sentados en la mesa, empiezo a engullir el bistec que mi madre ha hecho acompañado de verduras, que están buenísimas.
—Hay un instituto aquí cerca, mañana vamos a echarle un vistazo, ¿vale? —dice mi madre mientras se mete el tenedor en la boca.
Asiento sin dejar de comer.
—¿Has visto las universidades que hay por la zona? —me pregunta cuando acaba de tragar, como si no me diera cuenta de hacia dónde quiere ir a parar.
—Mamá, ¿y si no quiero ir a la universidad? ¿y si prefiero otras opciones? —le planteo por enésima vez—. Ya sabes que no sé si quiero ir…
No lo entiendo, me está cansando ya el tema, parece que estoy obligado a ir sí o sí. Mis padres han ido y me parece muy bien, pero no por eso tengo que hacerlo yo.
—Hay muchas opciones —repito con un suspiro, empezando a agobiarme otra vez—. Y también hacer prácticas con opción a trabajar luego, no me parece mala opción para nada.
Suspiro al ver la cara triste de mi madre
—No me mires así, solo… no quiero centrarme únicamente en la universidad —zanjo, intentando no discutir.
—Ya lo sé, cariño —se resigna ella—. Podemos hablarlo más adelante.
Y así, dejamos el tema por hoy.
«Gracias».
Suspiro, relajando la tensión. En cuanto acabo de cenar, llevo los platos al fregadero, les deseo las buenas noches a mis padres con un beso y voy a la habitación.
Tumbado en la cama, empiezo a pensar en lo que conllevaba ir a la universidad, el dinero que costaría, los años que tardaría (que bien podrían ser de entre cuatro a seis años, incluso más con un máster) y luego encontrar trabajo de ello; aunque bueno, eso pasa con todo tipo de estudios.
Yo en un futuro quiero tener mi casa, con mis hijos y mi mujer, y ser feliz. Sobre todo, ser feliz.
Sé que es un futuro que me imagino yo, que no todo es un cuento de hadas, que no siempre todo acaba bien.
Ya sé que, realmente, no es así. Para mí, la vida es una montaña rusa de emociones que sube y baja, que tiene altibajos, momentos malos, buenos y peores; pero si no vivimos esas cosas, sería todo una línea recta, sin emociones ni sentimientos…
Se convertiría en monotonía; sería como estar muertos.
Y yo no quiero eso. Quiero vivir la vida en el presente, como si el mañana no existiera.
Acabo por sacar el portátil de la maleta.
No lo había encendido en estos tres días de mudanza, por lo que quería echar un vistazo al Facebook.
Tengo diez mensajes. La mayoría son de gente conocida con la que apenas me hablo ni me hablaba en Málaga; mensajes típicos de que me vaya bien y poco más.
Los otros tres que quedan son de mis mejores amigos.
Los únicos en los que realmente puedo contar, los que están en los buenos y malos momentos. Para mí, eso es la verdadera amistad.
Con ellos hablaba por WhatsApp, pero sí que es verdad que estos días no he tenido mucho contacto, por lo que paso un buen rato hablando con ellos.
Les cuento cómo va todo y celebramos que por fin hemos desembalado las últimas cajas.
Laura me echa la bronca porque esa tarde han quedado y no ha tenido a nadie para compartir las patatas que había comprado, ya que Pol y Alberto apenas comían.
Yo me partía de risa. Es verdad que siempre que quedaba con ella era una puta locura.
Comprábamos todo tipo de patatas y refrescos que puedas imaginar, quedábamos con los demás y veíamos películas mientras comíamos.
Eso era vida, lo demás, tonterías. Es comprensiva, empática, fuerte y siempre piensa en los demás antes que en ella.
Le prometo que volveré por vacaciones y comeremos como cochinos.
Pol y Alberto no son menos. Siempre riéndonos de coña y pasándolo genial. Ellos también están para todo. Lo bueno, lo malo y lo peor. Son muy buena gente; se contagian su actitud y energía. Son… simplemente ellos. Les echo mucho de menos a los tres.
En cuanto colgamos, me pongo el pijama y me meto en la cama. Me quede dormido con una sonrisa de niño pequeño al que acaban de regalarle un nuevo juguete.