2 Alex
Barcelona: ahí es donde vivo. Más bien en un pueblo cercano llamado Cerdanyola del Vallés.
Si te digo la verdad, me encanta. A pesar de la pésima cobertura de mi barrio, algo que me da igual, hay un bosque a cinco minutos de mi casa llamado Collserola , en el cual si estas teniendo un mal día, te encuentras estresado o estresada, puedes ir allí para perderte entre sus árboles y el canto de los pájaros, los ciclistas y la gente caminando que no dejan de saludar.
De repente, ese día ya no es un día tan malo como pensabas, el estrés ya no es estrés, y solo piensas en ese momento tuyo, uno creado para ti.
Puede parecer una tontería, pero alejarme de todo e ir allí me da vida.
Puedes desaparecer durante una hora o dos, pasear, caminar, pensar, relajarte, quitarte ese estrés que ya he mencionado mientras miras a tu alrededor, admirando los árboles y el camino; nadie te va a molestar, nadie te va a decir nada, nadie va a joderte la vida.
Después me dirijo a la cocina para prepararme unos cereales.
Al acabarlos, dejo el bol y la cuchara en el fregadero, cojo mi bocata del desayuno, mi chaqueta, mi mochila y salgo de casa con las llaves en la mano, dirección al instituto.
Llego a clase y me siento al final, sola.
Siempre me sentaba sola, pero no me importaba, ya que así me enteraba mejor de las cosas.
Primera clase: Matemáticas. Hago bachillerato científico, así que es una asignatura obligatoria. No es que se me den mal, solo que me aburren. Siempre es lo mismo: fracciones, ecuaciones, teoremas, fórmulas, divisiones, multiplicaciones, problemas…
«Problemas».
Suspiro mientras miro pensativa por la ventana, en mi mundo, hasta que la clase acaba y apunto los deberes para la próxima, esperando a que el siguiente profesor llegue para la próxima clase: Biología.
Y no, no toca laboratorio, ya que es miércoles.
Saco el libro y los apuntes, guardando los de Matemáticas.
Dejo pasar el tiempo como antes, mirando por la ventana mientras el profesor lee algunas citas del libro, ejemplos y cosas del estilo, todo teoría, lo que se me hace igual de aburrido que las mates.
Y así es mi día a día: clases, apuntes, deberes, casa, estudiar, exámenes. El reloj de mi iPhone indica que son las 14:30 de la tarde cuando el timbre de final de clases suena, y me doy cuenta de que ya es hora de ir a casa, pero antes de salir voy al baño a beber algo de agua.
«¿Por qué voy?».
Al entrar, veo a las personas que menos quiero ver en este momento. Ni en ninguno. Sandra, Carla y Tánia.
—Bueno chicas, let’s go —dice Carla—, aquí ya no hay nada que hacer.
Las chicas le ríen la gracia, como si fuera lógico que tuvieran que reírse.
—Sí, será mejor —añade Sandra.
Yo suspiro mientras se van entre risas y me pongo a beber agua sin comentario alguno.
¿Para qué decir nada? Sería peor.
¿Merecería la pena? No.
Salgo del instituto por la puerta principal y voy al coche de mi madre, que me está esperando unos metros más allá, como casi siempre. Ella acaba de trabajar y, si no tiene problemas (que es en la mayoría de las mañanas que tengo clase) viene a recogerme, y así vamos juntas a casa.
Entro en el coche, me siento y me pongo el cinturón de seguridad.
—¿Cómo ha ido el insti , cielo? —me pregunta.
Siempre la misma pregunta. Y siempre la misma respuesta. Ella la sabe.
—Como siempre, mamá —respondo neutral.
Arranca el coche con un suspiro y nos dirigimos a casa. Mientras nos vamos, veo a toda esa gente del instituto despidiéndose con sonrisas, abrazos, un «nos vemos luego» y miradas cómplices.
Algo que yo nunca tendré.