Ayúdame a salir
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1 Ethan
—Escríbenos, tío —me dice Alberto, uno de mis grandes colegas—. Sabes que ahora hay WhatsApp. No nos dejes colgados.
Obviamente me siento triste por separarme de mis amigos, pero nos volveremos a ver, seguro.
Aún nos quedan las vacaciones de Navidad, verano y Semana Santa; hay tiempo de vernos.
Además, eso siempre es una excusa para visitar lugares nuevos.
Cuando me acabo de despedir de ellos, me subo al Kia rojo de mis padres, cierro la puerta, me pongo el cinturón y me acomodo en el asiento.
¿Que por qué me mudo? Mis padres han conseguido un mejor puesto de trabajo allí, hay mejores institutos, universidades…
lo típico, la verdad. No es que no me guste estudiar, pero aún tengo serias dudas sobre a qué dedicarme en un futuro.
Me despido con la mano de mis amigos cuando el coche arranca y voy viendo cómo Málaga poco a poco se hace más pequeña a medida que nos alejamos de ella.
Como me esperaban unas cuantas horas de viaje, decido leer.
En cuanto me doy cuenta, despierto con el libro entre las manos medio abierto con el punto de libro caído en el suelo del coche. Estamos aún conduciendo, supongo que no hemos llegado todavía.
Salimos pronto de Málaga, así que metí unas galletas en mi mochila por si me entraba el hambre. Me desperezo, las cojo y me las empiezo a comer.
A eso de las dos del mediodía mis padres deciden que ya es hora de comer y paramos en un área de servicio donde hay un McDonald’s (menos mal, se me estaban durmiendo las piernas).
Entramos dentro y nos ponemos a la cola.
No entiendo cómo puede ser que siempre haya cola.
Al llegar nuestro turno, nos toman nota de los pedidos y esperamos a un lado mientras los preparan y atienden a los demás.
Lo bueno de estos sitios es que cuando estás en la cola, siempre hay una chica (o chico) respetable y amable que atiende y, al faltar una simple persona para atenderte, por arte de magia se convierte en una persona estúpida, irrespetuosa y antipática.
No fuimos una excepción. Cuando el pedido está listo, lo recogemos y nos sentamos fuera.
Una vez que nos acomodamos, entablo conversación con mis padres.
—¿Cuánto falta para llegar? —pregunto.
Mi padre me mira.
—Pues unas seis horas —dice suspirando.
Es él quien conduce, así que es normal que esté cansado, y eso que aún nos queda un buen rato.
—Y… ¿por qué Barcelona? Es decir, Cerdanyola —inquiero algo irritado, no sé por qué—. O sea, me gusta —aclaro rápidamente—, es solo que… tan lejos… me ha sorprendido —continúo, justificándome, algo más calmado para romper el hielo.
Mi madre fue la que habló a continuación.
—Es grande, hay muchos sitios bonitos que podemos visitar, hay más trabajo y buenas universidades.
«Otra vez con las universidades».
—Mamá —le corto con un suspiro—. ¿Y si no quiero ir a la universidad?
Dejo caer esa pregunta a la defensiva.
No me gusta hablar de estos temas con mis padres. Me ponen nervioso. No por nada, solo que… me recuerdan lo cerca que estoy de mi futuro y lo odio. Aún no sé qué es lo que me gustaría estudiar más adelante después del instituto, y es por eso que me pone nervioso. Mi madre suspira resignada.
—Sabes que no te vamos a obligar a ir a la universidad, pero deberías empezar a pensar a qué te quieres dedicar en un futuro, ¿no? —me dice, poniendo una mano encima de la mía—. Creo recordar que te gustaba la fisioterapia o algo así, ¿verdad?
Era verdad. Me gusta la fisioterapia y ayudar a la gente, pero… No lo tengo claro
—No lo sé, mama… —digo con un suspiro, retirando mi mano de la suya y echando mi flequillo hacia atrás—. Aún me queda todo un año por delante, quiero pensarlo con calma, ¿vale? —continúo, intentando zanjar el tema y sobrevivir al hecho de hacerlo.
Al cabo de media hora entramos en el coche y nos ponemos en marcha otra vez. Aún nos quedan seis horas para llegar, así que intento relajarme y no pensar en lo que queda de camino. Al cabo de un rato, me duermo.