Ayer en mi patio Epílogo #3
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Epílogo #3

Esteban calló un momento, dejando vagar su mirada sobre Koldo como si fuera a emitir algún tipo de veredicto.

—Pero veo que ha hallado una nueva dueña.

La joven lo miró confusa, sin entender. Hasta que, siguiendo los ojos del anciano, fue a parar a su propia mano, donde ella misma se sorprendió al ver la esmeralda que minutos antes había tomado prestada de la mano de Amelia.

—Te queda muy bien.

Koldo se sintió pillada en falta, como si su intención no hubiera sido probársela, sino quedársela.

—Me parece, además, que ya va siendo hora de que ese anillo cambie de manos. Y tú tienes el mismo derecho que mi hermana a lucirla; ella estaría de acuerdo —añadió.

La joven sintió como si todos los huesecillos y vísceras de su cuerpo sufrieran una leve, aunque perceptible, convulsión antes de volver a su lugar.

Luego se quedó inmóvil, como detenida en el tiempo, a la espera de lo que Esteban tuviera que añadir.

Pero el anciano prefirió guardar silencio. Fue ella quien acabó rompiéndolo.

—¿Cómo lo has sabido?

Esteban sonrió para sí, como al hilo de una broma íntima.

—Oh, ahora es cuando lo sé.

Koldo empezó a dar forma a una especie de protesta, quizá justificación, que Esteban no le dio tiempo a formular, interrumpiéndola en el proceso.

—Pero lo imaginé nada más verte, angelito, igual que Pascual cuando entraste a su librería aquella primera vez.

El parecido con tu abuela es asombroso. El mismo rostro, la misma tez…

, incluso la misma voz. Eres igual que Teodora.

Sabía que su nieta tendría más o menos tu edad.

Y cuando, nada más conocerte, mencionaste a tu abuela y sus recuerdos de la colonia, no me cupo ninguna duda.

Koldo, que con cada palabra de Esteban fue siendo consciente de que había ya poco que pretender y nada que ocultar, fue relajando primero los hombros, luego el cuerpo y finalmente el rostro, exhibiendo una amplia y franca sonrisa.

—Y esa sonrisa —añadió Esteban, acompañándola con la suya propia.

La joven tomó por fin la palabra:

—Esmeralda, en su delirio, me llamó un par de veces Teodora. Es cierto que debemos de parecemos, aunque yo apenas la recuerdo. Murió siendo yo una niña.

Esteban hizo un gesto de asentimiento, animándola a seguir.

—Teodora fue la abuela más cariñosa y entregada del mundo.

Y una absoluta desconocida al mismo tiempo.

Ni siquiera mi padre logró saber gran cosa del pasado de su propia madre.

Creíamos que había nacido en Cuba y que había emigrado a España de joven.

Que lo del dedo había sido un triste accidente doméstico ocurrido durante su infancia.

Sabíamos, eso sí, que había vivido en Madrid en un lugar del que nunca hablaba, aunque a veces recordaba con cariño.

Su barco en el centro de Madrid, solía decir, el gran transatlántico de la capital.

No supe a qué se refería hasta que tropecé con La Proa al instalarme en Madrid.

Desde entonces me atrajo como un imán; paseaba alrededor de este lugar siempre que tenía ocasión y soñaba con conocerlo.

Hasta que la más loca de las coincidencias me llevó a vivir en él.

El caso es que tardé en atar cabos —prosiguió—.

La visita de la supuesta Teodora me desconcertó, sobre todo, por su extraño comportamiento y porque, como a mi abuela, le faltaba un dedo.

Pero fue El Caso , curiosamente, el que me llevó a convencerme de que la protagonista de aquel suceso no era otra que mi abuela.

Su manera nostálgica de habitar el mundo, su discreción, su pasado sin explicar, su elegancia natural…

Todo encajaba. Mi espontánea visita era, por tanto, una intrusa en busca de algo.

Koldo guardó silencio, dando forma a una última reflexión que Estaban tuvo cuidado de no interrumpir.

—La curiosidad me trajo hasta aquí una y otra vez, o a lo mejor fue la propia casa quien me reclamaba, hasta que acabé recorriendo los mismos pasos que ella y tropecé, sin pretenderlo, con mi propia abuela.

Esteban se la quedó mirando, como si dudara de lo que estaba a punto de decir.

—Y con tu abuelo.

Koldo lo miró como si la obligaran a enfrentar una sospecha que aguardaba, en algún rincón, el momento de ocupar la realidad con la consistencia de la verdad.

No sobrevino la sorpresa prevista, seguramente porque ya había habido demasiadas.

Solo la impresión de que una última pieza ocupaba su lugar de manera natural.

Y con ella, el abrumador peso de la nostalgia.

Evocó aquella otra vida a la que estaba íntimamente ligada y que solo había podido rozar de forma fugaz; intuyó una afinidad apenas explorada; lamentó la ocasión perdida.

Y la poseyó una media sonrisa por aquel ser de apetitos lejanos que, en cierto modo, le recordaban a los suyos.

—¿Estás seguro?

Esteban asintió.

—Totalmente. Don Gregorio veló por el bienestar de Teodora en su nueva vida en el norte, quiso asegurarse de que tenía la oportunidad que se merecía de volver a empezar.

No hizo falta. Al poco de instalarse en Bilbao, apenas cuatro meses después, conoció a tu abuelo, quien la cortejó de forma incansable.

Al poco se casaron y tu abuela dio a luz un niño sano y en perfecto estado, tu padre.

Solo habían pasado siete meses desde que llegó a Bilbao.

Es evidente que a tu abuelo no le importó, y eso le honra.

—¿Crees que mi padre supo de quién era hijo realmente? ¿Y Pascual?