Epílogo #2
—Tristán era un muchacho sin familia conocida, recién llegado de un pequeño pueblo de Albacete; no era descabellado pensar que nadie preguntaría por él.
Y la escena que yo improvisé en apenas media hora era más o menos verosímil a primera vista.
De esto hace ya muchos años. En aquella época, un apellido respetable pesaba más que cualquier posible incongruencia, como así fue.
Pascual se suicidó. Y Tristán hizo el petate, y el chófer de don Gregorio, el padre de Macarena, lo llevó a Bilbao aquella misma noche. Embarcó en un carguero y desapareció.
Un suspiro quedó atrapado en la garganta de Koldo porque el anciano no había terminado.
—Esa misma noche, don Gregorio acudió a Tisbe a ver a Teodora.
Quería pedirle disculpas en nombre de su hijo…
y discreción. Teodora, que llegaba entonces del hospital con la mano vendada y el vestido manchado de sangre y desgarrado, no solo siguió negando que le hubiera sido infiel a Pascual, sino que le aseguró a su padre que perdonaba a su hijo a pesar de todo y que guardaría silencio.
Cumplió. Se marchó al norte y nunca más se supo de ella.
Esmeralda, que regresó al día siguiente tras su supuesto fin de semana en la sierra, se encontró con un suicidio, una compañera de piso desaparecida y su joven admirador en paradero desconocido.
Fue lo suficientemente lista como para no hacer preguntas, pero no tanto como para no dejarse arrastrar por su propia desfachatez.
Continuó trabajando en la editorial ilustrando aquel tebeo femenino hasta que un buen día, tiempo después de la tragedia, se tropezó en las oficinas con don Gregorio.
Llevaba el mismo vestido ceñido y estampado con el que don Gregorio vio a una ensangrentada Teodora regresar el día de autos del hospital.
Lo curioso es que este estaba impecable.
Esmeralda no estuvo en el despacho de don Gregorio más de cinco minutos.
Pero para los que no la vieron entrar y salir, también fue como si se la hubiera tragado la tierra.
Esteban se tocó las comisuras de la boca con la pequeña servilleta de hilo bordado que reposaba en su rodilla antes de devolverla también a la mesa.
Ahora sí, la narración parecía haber tocado a su fin.
Koldo, que supuso que debía sentirse agradecida por aquella confesión, se descubrió a sí misma sintiéndose un tanto molesta por lo tarde que esta había llegado.
La sorprendió su propia susceptibilidad.
—Sé que solo me lo cuentas porque Pascual ha muerto.
—No solo por eso. Ya sabes a qué me refiero.
El timbre del horno, que fue simultáneo a la alarma interior de Koldo, avisó en ese momento de que el pastel estaba listo, devolviéndolos al presente. Esteban hizo una mueca, simulando un cómico fastidio por lo inoportuno de la interrupción.
—A un bizcocho no se le puede hacer esperar.
Koldo fue abandonada a la inesperada frescura de aquel patio exterior envuelto en aspidistras.
Las golondrinas parecían volar especialmente bajo aquella tarde, y lo que hasta entonces era una brisa ligera iba adquiriendo la consistencia de un viento racheado.
Zarandeado por su envite, el chal que cubría a Amelia se deslizó hasta sus rodillas dejando sus brazos al descubierto.
Sus manos, delicadas y recubiertas de una piel fina y quebradiza como las alas de una mariposa, reposaban en su regazo.
Reparó en la alianza dorada que abrazaba su anular izquierdo.
La sorprendió pensar que podía haber estado casada.
No lograba imaginar la vida de aquella anciana pareja de hermanos más allá de su vínculo con los Silva; desconocía sus deseos, lo que ellos habrían querido hacer de sus vidas si la dinámica de ambas familias no hubiera vinculado sus destinos de forma inexorable a los de sus amos.
El escalofrío que recorrió el cuerpo de la anciana en aquel momento, seguramente provocado por la intensidad del viento, la interrumpió en sus cavilaciones.
Amelia se removió en la silla de forma inconsciente, como si fuera un mal sueño lo que la perturbara, y su brazo izquierdo resbaló por su regazo hasta caer inerte a un lado.
Incorporándose, Koldo se acercó para acomodarla en la silla y arroparla con el chal.
Se inclinó con delicadeza sobre ella buscando su mano.
Entonces lo notó. Un pequeño objeto, sólido, suave y frío, reposaba en la palma de la anciana cuando la tomó. Le giró la mano con cuidado, curiosa.
Una piedra de corte rectangular y fabulosa presencia irradiaba su intenso color verde desde el interior de su arrugada palma.
Lo que Koldo había creído que era una alianza de casada no era sino el aro de una portentosa joya que no la saludaba a través de los tiempos ni la bruma de la leyenda, sino desde el doméstico anular de aquella anciana desvalida recostada en una silla con ruedines.
Contuvo la respiración al tiempo que giraba el anillo de manera que la piedra se mostrara en todo su esplendor sobre la menguante y delicada mano de Amelia, donde sin duda resultaba excesiva y fuera de lugar.
La contempló con una mezcla de pasmo y maravilla, aún sin atreverse a respirar.
¿Dónde esconderías un anillo? La respuesta siempre había sido evidente para quien quisiera verla.
Una risa un poco ebria se la escapó de la garganta al tiempo que acariciaba la mano de la anciana, notando su suavidad de pergamino.
El anillo, arrastrado por el peso de la esmeralda y demasiado grande para el huesudo anular de la mujer, comenzaba a deslizarse de nuevo hacia un lado, iniciando el regreso a su posición original.
Los dedos de Koldo, que en un principio se dirigían en pos del anillo para volver a enderezarlo, cambiaron de parecer por el camino y se lo sacaron sin apenas dificultad.
La sortija se deslizó por su propio dedo con la misma facilidad y, sin saber muy bien cómo, se encontró contemplando las mil facetas y ricos matices de aquel verde selva desde su propia mano.
La idea de que pudiera tratarse de la legendaria y esquiva joya que llevaba asaltando sus sueños y vigilias desde hacía meses la tenía todavía alucinada, cuando la anciana que había dejado de portarla pareció despertar de aquel letargo infinito, quizá en busca de una respuesta ante la novedosa liviandad de su mano.
Abrió los ojos lo justo para depositar su mirada en la de Koldo, que la contempló con la misma fascinación que a la joya, como si la viera por primera vez.
Apenas fue un momento. Amelia regresó de forma mecánica a la delicada duermevela que parecía ser su estado natural, pero aquel instante fue suficiente.
Sus pupilas se habían encontrado en un punto intermedio entre el presente y el pasado mientras el discernimiento se apoderaba de Koldo al darse cuenta, por fin, de dónde provenía aquella inquietante mirada que Pascual parecía haberle robado a una mujer.
—Bueno. Ahora ya lo sabes todo. O casi.
Esteban la observaba desde el marco de la puerta que daba al salón.
Tenía dos porciones de bizcocho sobre sendos platitos; un detalle que, dadas las circunstancias, añadía una inquietante nota cotidiana a la escena general.
Sin llegar a procesarlo del todo, Koldo prefirió pasar por alto el último apunte con el que su vecino había matizado su propia afirmación.
—¡Amelia era la madre de Pascual!
—Sí, angelito. Y yo, su tío.
Como si tal cosa, se acercó a la mesita y depositó las porciones de bizcocho junto al crucigrama.
—Te ofrecería un poco de coñac para el shock , pero no es lo más adecuado en tu estado.
Koldo sacudió la cabeza, sin saber si con aquel gesto convenía o disentía. El anciano se sentó en la silla junto a ella antes de continuar con las explicaciones.
—Don Gregorio dejó a Amelia embarazada estando casado.
Cosas de estas ocurrían entonces lo mismo que ahora, pero las convenciones de la época exigían soluciones más complicadas.
Pascual fue hijo de mi hermana durante sus primeros años, pero cuando don Gregorio, que no había tenido descendencia oficial, enviudó, le hizo a Amelia una propuesta que no fue capaz de rechazar: darle su apellido al niño y llevárselo a Barcelona.
Imagina las oportunidades que se le ofrecerían al muchacho como un Silva en lugar de como un Trebujena.
Y así comenzó la historia que nos atañe.
Cuando don Gregorio regresó de Barcelona, el destino quiso que volviéramos a reunimos.
Amelia no recuperó a Pascual, pero al menos pudo cuidar de él.
Luego ocurrió todo aquello. Una sola tarde lo cambió todo.
Y mi hermana creyó que había vuelto a perder a su hijo.
Para siempre. Fui yo, sin consultar con nadie, quien decidió que mi hermana se quedara con el anillo.
Lo de la rana fue fruto de la disputa entre Pascual y Tristán; el caño se torció y la figura estaba tirada en el suelo; la pobre debió acabar olvidada en algún armario.
Pero el anillo no. Consideré que, después de perder a un hijo dos veces y la cordura con la segunda, nadie tenía más derecho que ella.
De ahí todo el pequeño revuelo que se ha armado a lo largo de los últimos cincuenta y tantos años en tomo a esta bonita baratija.
El anciano dejó escapar una pequeña risita traviesa que no sirvió para ocultar del todo aquella fría lucidez que lo había guiado en su determinación.
—Seguramente fue una decisión tan cuestionable como la idea de intercambiar las identidades de Tristán y Pascual, pero hoy volvería a tomar ambas de la misma manera.
Cuando Pascual regresó, a su padre le quedaba poco tiempo.
Estar a las puertas de la muerte ha sido siempre el mejor momento de confesarse, y don Gregorio no fue una excepción.
Tristán no volvió a abandonar La Proa, ni a su madre.