Ayer en mi patio Epílogo
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Epílogo

Epílogo

No hubo funeral como tal. Apenas media docena de personas, todas venidas de La Proa, se reunieron en la Almudena para despedir al librero aquella tarde de verano en la que ondeaba el cielo azul de Madrid.

La segunda vez que murió Pascual Silva no fue por un suicidio ni debido a una brutal cuchillada infligida por Esmeralda Vázquez, sino de madrugada en la bañera, víctima de unas fiebres salvajes que no se atrevieron a certificar como malaria.

Tampoco lo hizo con su nombre, así que la memoria del romántico galán quedó a salvo.

Una botella de whisky escocés rodó sobre las baldosas cuando Paco, armado de su manojo de llaves, fue instado a entrar en su casa de Orfeo para asegurarse de que todo iba bien y abrió la puerta del baño.

El bastón aguardaba apoyado en la bañera, como un perro esperando la llamada de su amo.

Sucedió la misma noche del incidente ocurrido en la primera planta de Píramo, pero aquel acontecimiento tampoco sirvió de pasto para la crónica negra de ninguna revista.

Macarena todavía se santiguaba al recordar la escena con la que se encontraron al llegar de forma apresurada tras la llamada de Iso: Koldo con un susto de muerte, Esmeralda maniatada y un cuchillo ensangrentado en el suelo.

Fue la propia Macarena quien se encargó de localizar a los hijos de la presidenta de la comunidad a través del conserje.

La decisión de su madre de trasladarse a Madrid a la muerte de su padre los había dejado perplejos, hasta el punto de pedirle que regresara a Barcelona con la excusa de unas gestiones relacionadas con la herencia que procuraron demorar más de lo necesario para tenerla bajo supervisión.

Fueron los dos meses que Esmeralda faltó en La Proa y Koldo compró el piso del Cordobés.

Aquella segunda vez, Esmeralda prácticamente se fugó a Madrid entre las protestas de sus hijos.

Lo que se encontró en la colonia a su vuelta no contribuyó a calmar su estado; las llamadas a Barcelona se fueron distanciando y las conversaciones con sus hijos resultaban cada vez más incoherentes, así que el desenlace no los pilló del todo desprevenidos y casi supuso un alivio poder poner fin a las andanzas de su madre por la capital.

Esmeralda aguardaba ahora su tumo para ingresar en un discreto psiquiátrico a las afueras de la Ciudad Condal y las cenizas de Pascual reposaban en una urna que le fue entregada a Esteban Trebujena.

Pensativa e incapaz de asignarle todavía una emoción concreta a lo ocurrido, Koldo caminaba junto a su vecino, quien, tras colocar la vasija en una bolsa detrás de la silla de ruedas de su hermana, la empujaba en dirección al taxi adaptado que los esperaba a la entrada del tanatorio.

Macarena se había marchado con Eduardo con la excusa de que tenía faena en casa, y Asier se había despedido de Koldo poco antes con un beso en la mejilla que un receptor menos entrenado hubiera podido interpretar como una promesa y que a ella le sonó a despedida.

Cuando Esteban la invitó a merendar a casa, no lo dudó.

Su regreso a la verticalidad y su flamante vida de embarazada activa le provocaban un hambre voraz a todas horas.

El patio de los Trebujena también se había reservado una pequeña parcela del bonito cielo azul de aquella tarde.

Bajo el mismo, la brisa imprimía un grácil movimiento a las páginas del periódico atrapado por la jarrita de leche y al cabello malva de Amelia, que acariciaba su delicada tez velando por su sueño.

Koldo le daba sorbos a su descafeinado mientras sus ojos vagaban por el crucigrama del periódico, que parecía bailar al compás de la brisa.

—Cambiar una cosa por otra. Nueve letras —leyó en voz alta—. Sustituir.

Esteban, que se estaba acercando una taza de poleo menta a la boca, se detuvo a mitad de camino.

—¿De verdad pone eso?

—No.

El vecino terminó de posar la taza en sus labios y le dio un cuidadoso sorbo, devolviéndola acto seguido al platito que descansaba sobre la mesa, junto al crucigrama. Luego miró a Koldo con expresión inocente.

—La palabra que estás buscando es todavía más precisa; una lástima que solo tenga ocho letras.

La joven aguardó mientras el otro se tomaba su tiempo.

—Cambiazo —dijo finalmente, con un amable tono didáctico que a la joven le sonó provocador. Mordió el anzuelo.

—Es lo que hicisteis con Tristán y Pascual, ¿verdad?

Esteban suspiró, elevando la mirada al cielo, como si el vecino de arriba por fin hubiera dejado de hacer ruido. Luego miró a su hermana con dulzura.

—Todos sabíamos que este momento llegaría, ¿verdad, Amelia? —Luego se giró hacia Koldo con el rostro revestido de una novedosa gravedad—. No podía saber cuánto había llegado a contarte Esmeralda, y tampoco tuve ocasión de preguntárselo a Pascual —se lamentó—. Pero veo que fue suficiente.

—Digamos que Esmeralda solo me avanzó los titulares y Pascual no tuvo tiempo de rebatirlos —matizó ella—. Ninguno de los dos entró en detalles.

Esteban alisó los pliegues de la servilleta de hilo que reposaba sobre su rodilla.

—Esmeralda, en realidad, no lo sabía.

Reflexionó antes de seguir.

—Como todos, ella también creyó en su momento que Pascual había muerto.

Pero acabó descubriéndolo. No sé qué se le pasó por la cabeza a esa mujer para regresar a la colonia cincuenta años después, pero desde que reapareció, y con la excusa de su cargo, iba y venía por la comunidad como un perro de presa, merodeando siempre que tenía ocasión.

A nosotros no nos perdía de vista, igual que a Tristán, pero no se atrevía a mucho más.

Viviendo donde vivías, tú te convertiste en su objetivo prioritario.

Me imagino que seguía buscando el anillo, así que le dije a Tristán…

, a Pascual —se corrigió—, que se anduviera con ojo, pero que no perdiera el control.

Pascual nunca fue muy cauto; creo que llegaste a conocerlo lo suficiente como para darte cuenta, y en eso no había cambiado.

Pero por consideración a nosotros, la evitó todo lo que pudo. Salta a la vista que no fue suficiente.

—Y entonces ella amenazó con destapar el pastel y delatarlo.

—En absoluto. La única injusticia que estuvo interesada en denunciar esa señora fue la que supuestamente Pascual cometió con ella. Esmeralda solo vivía para el despecho, el rencor… y el anillo. Lo que hubiera sido de Tristán le traía sin cuidado.

Koldo fue incapaz de contenerse.

—Entonces fue Pascual quien lo mató.

Su interlocutor asintió a regañadientes.

—Técnicamente hablando, digamos que sí. Ese día, cuando regresamos a casa después del cine, Amelia fue la primera en encontrarse con aquella escena dantesca.

Nunca olvidaré mi impresión al salir; mi hermana de pie, conmocionada, y aquel cadáver medio sumergido en la fuente.

El azar quiso que Tristán y Pascual compartieran cierto parecido: ambos eran corpulentos, bien plantados y rubios.

Así que, a primera vista, lo más lógico era pensar que aquel cuerpo sin vida perteneciera a la persona que vivía aquí.

Mi hermana quedó atrapada en aquel funesto espejismo, pero yo solo tuve que acercarme un par de pasos para salir de mi error.

El cadáver pertenecía a Tristán; Pascual aguardaba al otro lado de la fuente con la espalda apoyada en la misma y mirando con rictus descompuesto sus manos ensangrentadas.

Puedes imaginarte lo ocurrido. Tristán fue a verlo para pedirle disculpas.

Como el desgraciado nunca llegó a entender que lo habían utilizado, interpretó la ira del otro como una señal de que este sentía algo por Esmeralda.

Le dijo que el amor lo había cegado, que creía que a Pascual no le importaría, siempre en referencia a Esmeralda.

Pascual, por su parte, creyó que hablaba de Teodora y aquello terminó de enloquecerlo.

Se enzarzaron en una pelea en la que Tristán llevaba todas las de perder.

La mala suerte quiso que un puñetazo propinado por Pascual le hiciera perder el equilibrio y acabó golpeándose la cabeza contra una de las esquinas de la fuente.

Debió de morir al momento. Nosotros llegamos poco después y luego don Gregorio, que solía pasarse por Píramo al caer la tarde.

Oímos su versión consternados: la traición de Teodora primero y cómo este, al reconocerla por el vestido, había sido testigo de la misma a través del cristal; el sangriento y feroz arrebato posterior de Pascual en aquel mismo patio con Teodora, y la visita de Tristán con el fatídico desenlace.

La cosa no pintaba bien; describir aquello como el desafortunado accidente que había sido, después de aquella ciega locura que se había apoderado de él, no parecía muy probable. Un suicidio, en cambio, sí.

Esteban hizo una pequeña pausa que aprovechó para humedecer de nuevo sus labios con un pequeño sorbo de menta poleo. El descafeinado de Koldo se había quedado helado sobre sus rodillas hacía rato.

—Confieso que la idea fue mía —prosiguió el anciano—.

Ni don Gregorio ni su hijo estaban en condiciones de pensar o hacer demasiado.

Así que yo mismo me ocupé de buscar uno de los trajes claros de Pascual y ponérselo al muchacho.

También del resto de detalles: los cortes en las muñecas, el dedo amputado escondido en el puño…

Debió percibir el rostro de pasmo de Koldo, que se estaba dando cuenta de que el respetable octogenario que tenía delante era en realidad el cerebro del complot que había tenido a la colonia en vilo durante más de medio siglo. Este no se dio por aludido.