Ayer en mi patio Capítulo 32 #4
94%

Capítulo 32 #4

Se dio cuenta de que era inútil tratar de persuadirla; Esmeralda se había sumergido por completo en aquel delirante plano paralelo en el que no cabía razonamiento alguno.

Sin desprenderse de aquella indescifrable sonrisa de esfinge, dirigió la mirada en dirección a su mano, como si acabara de recordar que seguía sujetando un cuchillo, y luego volvió a mirar a la joven mientras comenzaba a rodear el sofá.

Aquel era el momento de poner distancia de por medio.

Tomando impulso, Koldo empujó el sofá contra la presidenta haciendo que esta perdiera el equilibrio.

Luego se escabulló rápidamente hasta su dormitorio y rodeó su escritorio, esperando que Esmeralda la siguiera.

Pero a la altura de la cama se dio cuenta de que no oía pasos a sus espaldas.

Sola en la habitación, se detuvo a escuchar la dirección desde la que provenía el sonido en el salón contiguo.

Solo silencio. Supuso que, a pesar de su enajenación, conservaba la lucidez necesaria como para saber que cualquiera de las dos podía sacar ventaja de la comunicación circular del piso.

O perderla por el camino. Esmeralda era quien tenía el cuchillo, pero ella era mucho más joven y rápida; solo necesitaba detectar a tiempo por cuál de las dos puertas entraría la presidenta para correr en la dirección contraria.

Imaginó que esta trataría de cortarle la salida por la entrada del distribuidor de la entrada, para así seguir teniéndola arrinconada al fondo del piso, así que volvió en silencio sobre sus pasos, ganando un par de metros hacia la zona de los ventanales.

El haz de luz que se proyectaba desde el salón contra la puerta abierta, sin embargo, la alertó de su error, proyectando las piernas de la presidenta avanzando hacia el umbral.

Koldo corrió como alma que lleva el diablo en dirección opuesta; rodeó la cama, atravesó el distribuidor y avanzó por el pasillo principal sin mirar atrás hasta dar de bruces con una imponente figura que, una vez más, volvía a interponerse entre ella y la libertad.

Acusó el impacto debido a la colisión y acto seguido percibió cómo, con un gesto brusco, aquella figura la cogía en volandas y la lanzaba con brusquedad hacia la cocina sin que terminara de entender la lógica de todo aquello.

Cayó de nalgas sobre las baldosas mientras, por el rabillo del ojo, percibía una disputa a la altura de la puerta que no comprendió del todo hasta que no giró la cabeza.

Tristán y Esmeralda forcejeaban, una enloquecida y fuera de control, y el otro tratando de reducirla.

Tristán sofocó una especie de jadeo que Koldo no tuvo tiempo de interpretar, mientras el librero respondía con un contundente bofetón con el que el cuerpo de la presidenta se estremeció antes de perder el sentido.

Sujetándola como a un trapo, Tristán se giró en dirección a Koldo, que seguía sentada en el suelo.

—¿Tienes una cuerda?

Un par de objetos habían salido despedidos en la refriega.

Primero, el bastón con empuñadura de cocodrilo de Tristán, que rodó hasta chocar contra sus pies descalzos, y después, el cuchillo de Asier, que quedó tirado delante de sus narices como el recuerdo de un mal sueño.

Se esforzó en apartar la vista del mismo y prestar atención a la pregunta.

—¿Una cuerda? ¿Por qué voy a tener una cuerda?

Entonces cayó en la cuenta de que sí la tenía.

Se levantó, abrió un cajón y sacó unas tijeras con las que se dirigió a la ventana de la cocina que daba a un diminuto patio interior.

Sin demasiados miramientos, liberó la cuerda del tendedero de un par de bragas suyas que había colgado Macarena y que cayeron al patio y, cortándola, se la ofreció a Tristán con la misma formalidad de quien hace entrega de una soga para ahorcar.

Esmeralda seguía inconsciente. A pesar del temblor del que seguían haciendo gala las manos del librero, Koldo admiró la pericia marinera con la que el tipo anudó sus muñecas y, a continuación, sus tobillos, dejándola delicadamente reclinada sobre el suelo del hall .

Luego se dirigió a ella:

—¿Todo bien? —Se aseguró.

—Supongo.

—En ese caso…

Sin terminar la frase, se agachó con cierto esfuerzo para hacerse con su bastón y dio media vuelta. Koldo lo detuvo sujetándole del brazo y obligándole con el gesto a que la mirara.

—Espera, no irás a marcharte así sin más.

—Por supuesto que sí.

—Espera, por favor —insistió Koldo tirando de su brazo—. Pascual.

El tiempo pareció detenerse. Luego, el imponente librero comenzó a girarse con mucha calma y, como si en ese movimiento estuviera tomando la decisión de una vida, se apoyó en su bastón y, deslizando sus gafas con el muñón hasta que estas ocuparon su cráneo como una tiara, miró a Koldo con aquellos ojos que ella tantas veces había visto observándola desde otros lugares.

Ahora proyectaban una mirada vieja, casi anciana, estaban faltos de pestañas y lucían a cambio las bolsas propias de quien ha cargado mucho en ellas a lo largo de los años. Pero seguían mirando igual.

Koldo lo contempló con la reverencia con la que un creyente habría asistido al regreso a la vida de un icono largamente adorado.

—Al final la vasca ha dado la campanada.

Koldo seguía atónita. Las preguntas pugnaban por salir, pero su cabeza se negaba a ordenarlas y su voz a articularlas.

—¿Cómo es posible? —Es lo único que alcanzó a formular.

—Lo sé, es difícil creer en los fantasmas —reconoció él—. A veces ni yo mismo sé a quién veo en el espejo.

El librero esgrimió aquella salvaje sonrisa suya de bucanero.

—Pero esta señora de aquí es muy real. —Señaló a Esmeralda, que profería inquietos gemidos anunciando que comenzaba a abandonar el estado de inconsciencia—.

Y peligrosa. Hace meses que regresó a la colonia, sabe Dios por qué.

Tuvimos un primer careo en la librería, pero no pareció que ninguno de los dos tuviera interés en sacar a pasear sus trapos sucios.

Se limitaba a deambular por la colonia, husmeándolo todo, como si buscara a un perro extraviado, ajena a que ella era en realidad ese perro sin collar en busca de su amo.

Preferí dejarla estar; volví a juzgarla mal.

Desapareció un par de meses; me dijeron que estaba en Barcelona.

Pero a su regreso, que coincidió con tu llegada, su actitud comenzó a ser más errática y desquiciada que nunca, y preferí no perderla de vista.

Se pasó por la librería hace solo un momento; estaba fuera de control.

Me preguntó por el anillo, por Teodora, por esta casa, por ti.

Esta vez no me apeteció sentarme a esperar para descubrir demasiado tarde qué se traía entre manos.

Hace décadas se empeñó en hacer de mi vida un infierno, pero para eso me bastaba yo solo.

Ninguno de los dos éramos unos angelitos.

Entonces se salió a medias con la suya, pero esta vez no.

Hoy decides tú. Seguro que lo que vas a hacer con ella es mucho más sensato que lo que harían Tristán o Pascual.

Entonces lo notó. Koldo, que aún sujetaba al librero, percibió una sensación cálida y pegajosa en la mano que la obligó a soltarlo del brazo y mirarse la palma buscando una explicación.

Era sangre. El costado de quien para ella todavía seguía siendo Tristán sangraba en abundancia.

Había empapado su brazo y, por extensión, la mano de Koldo.

—¡Tienes una herida! Hay que llamar a una ambulancia.

El librero negó con el bastón.

—Me parece que no.

—Déjame que la vea por lo menos. Tengo alcohol y vendas —exclamó Koldo, tratando de ganar tiempo mientras buscaba el móvil que, entonces cayó en la cuenta, llevaba un buen rato sonando.

Seguramente había salido despedido al tiempo que ella caía al suelo y ahora la reclamaba desde debajo de alguno de los muebles de cocina.

—¿Alcohol de qué tipo?

Aún agachada, ella lo miró, desconcertada. Tardó demasiado en entender la pregunta.

—Lástima. El que necesito es el otro.

Con un gesto del muñón sus gafas volvieron a su posición original y, aprovechando que Koldo seguía a gatas, dio media vuelta y, sin despedirse, como solía, salió por la puerta y renqueó por el pasillo en dirección a las escaleras por las que en aquel momento subía Tifón, a grandes zancadas, seguido de una apresurada Macarena.