Ayer en mi patio Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

—No tenía ni idea de todo esto que me estás contando, Esmeralda, te lo prometo.

No sé qué crees que sé. —Echó un rápido vistazo a la mesa, maldiciendo al ver que el cómic firmado por la presidenta estaba sobre el resto—.

Pero piénsalo: soy nueva aquí, estoy viviendo en esta casa de casualidad, no había nacido cuando ocurrió todo.

¡Ni siquiera sé lo que pasó de verdad aquel día, por Dios!

Esmeralda se rio como una lunática.

—Ocurrió lo que tenía que ocurrir. ¿No creerías que me iba a quedar de brazos cruzados y permitir todo aquello delante de mis narices?

Tenía a aquel chaval de la editorial loco por mí, pobrecito.

Qué ingenuo era. Aquel fin de semana me ocupé de que todos supieran que yo me había tenido que ir a Barcelona y que Dora se quedaba sola en casa.

Cuando la hice salir para una última prueba de su vestido, atraje al chaval con la excusa más tonta y lo recibí con el mismo vestido estampado con el que Dora había paseado aquel día con Pascual por el Retiro.

Sabía que Pascual estaría en casa y seducirlo frente a la cristalera que separa Píramo de Tisbe fue un juego de niños.

No contaba con que Pascual fuera a reaccionar de aquella manera.

La presidenta pareció de nuevo ensimismada, seguramente perdida en los recuerdos.

Pero Koldo fue incapaz de aprovechar aquel lapso para huir; le pudo el ansia de saber.

Se limitó a ganar algo de distancia rodeando el sofá por completo y, cuando se sintió relativamente a salvo, reclamó de nuevo la atención de la mujer.

—Esmeralda…, ¿qué hizo Pascual?

La aludida volvió en sí.

—Pascual podía ser muy frío y supuse que rompería el compromiso con aquella refinada crueldad suya.

Pero también era muy temperamental, ahí me fallaron los cálculos.

En un momento dado oímos un estruendo de golpes contra el cristal que nos dejó lívidos; era él dándole puñetazos.

La mampara comenzó a agrietarse mientras la sangre empezaba a empañarla.

Me aterrorizó pensar que pudiera romper el cristal y descubriera el engaño, no sé de qué hubiera podido ser capaz, así que obligué al chaval a salir de casa a toda prisa.

Bajamos hasta la entrada de Tisbe como almas que lleva el diablo, pero nadie nos seguía.

El pobre estaba presa de un ataque de nervios; no entendía nada y lo único que quería era ir a casa de Pascual a darle todas las explicaciones del mundo.

Conseguí llevármelo a tomar un whisky , le aseguré que todo había sido un error y que lo único que tenía que hacer era estarse callado; nadie lo había visto y nadie podía culparlo de nada, le aseguré. Yo me ocuparía del resto.

Tragó saliva, tratando de ordenar sus atropelladas ideas, a medio camino entre el recuerdo y el delirio. Koldo aguardó, aún parapetada tras el sofá.

—Supongo que fue entonces —prosiguió— cuando nuestra angelical Dora se encontró el cristal de casa resquebrajado y, con el alma zozobrante, acudió a ver qué le ocurría a su enamorado.

Todo se desmandó. El dedo, el anillo, el suicidio…

Dora, explicaron, escapó al norte y el chaval, decían, regresó a su pueblo de Albacete.

En realidad, nunca se volvió a saber de ellos; su huella se perdió en La Proa para siempre.

Es como si se los hubiera tragado a todos este patio —añadió, señalando en dirección al exterior de la casa—. A todos. A Pascual, a Dora, a Tristán…

A pesar de lo extravagante de la situación, Koldo no pudo evitar manifestar su sorpresa.

—¿Tristán?

—Sí, Tristán; el chaval que trabajaba para Pascual y su padre, el chico de los recados, la víctima de mi engaño. El joven que bebía los vientos por mí, al que seduje en mi piso y que jamás volví a ver.

La coincidencia del nombre asombró a Koldo de tal modo que, por un momento, olvidó que su interlocutora era una demente con un arma blanca en la mano.

—¿El tipo de la librería de abajo? —sugirió en contra de su voluntad, como si ella misma no entendiera lo que estaba preguntando.

La carcajada que profirió entonces Esmeralda le heló la sangre. Era una risa desquiciada; la reacción desproporcionada a un chiste malo, también la promesa de una inminente revelación.

—En la librería de abajo no hay ningún Tristán.

En ocasiones, la comprensión de algo evidente lleva más tiempo del esperado.

Le ocurrió cuando vio la sangre en su ropa interior en aquel viaje en tren; cuando se encontró su dormitorio de la época universitaria revuelto y sus pertenencias esparcidas por el suelo; cuando Esmeralda la aguardaba en el umbral de la cocina empuñando un cuchillo.

El cerebro se dedica a rebuscar hipótesis alternativas que resulten más cómodas de asimilar que ceñirse a la peregrina evidencia.

Esta vez necesitó que alguien que ni siquiera estaba en su sano juicio se lo explicara.

—Tristán lleva los mismos años bajo tierra que el tipo de abajo convenciéndose de que lo es.

Koldo volvió a intentar entender, sin éxito.

—¿Qué quieres decir?

—No te hagas la tonta conmigo, muchacha.

Me habéis tenido más de medio siglo engañada, y me habría muerto así de no haber regresado a Madrid, pero os ha salido mal, ya ves.

Al poco de morir mi marido pensé que había llegado el momento de volver a Madrid, de reencontrarme con mi pasado.

No daba crédito cuando vi la oportunidad de comprar la casa.

Fue un impulso que seguí sin pensar demasiado.

Al principio me sentía tan ridícula, ejerciendo de presidenta y tratando de reavivar los fantasmas del pasado, que me arrepentí de haber hecho caso de aquella loca corazonada.

Entonces lo vi. Seguramente no hubiera pisado esa librería en mi vida, pero esa afición suya a visitar a los Trebujena hizo que nuestros caminos se acabaran cruzando y terminó por llamar mi atención.

Al principio creí que se trataba de un espejismo, de una broma pesada de mi subconsciente.

Es verdad que habían pasado muchos años.

Y él hacía lo posible por evitarme. Pero a alguien no lo definen solo una mirada oculta tras unas gafas o un bonito cabello que ya perdió.

No se puede dejar de ser quien se es, y no puedes dejar de saberlo si te cruzas con él.

Por fin lo entendió. La lucidez la poseyó con la precisión con la que la fulminaría un rayo.

Hace cincuenta y cinco años no fue Pascual Silva quien murió en esa fuente.

Tampoco era ahora Tristán quien caminaba renqueante apoyado en su bastón, mientras su cráneo de mariscal, sus gafas tintadas, el muñón y sus tatuajes intrigaban al vecindario.

Tristán era Pascual Silva. El volátil y temperamental heredero, el inquietante personaje que poblaba las leyendas de La Proa, el galán de tirabuzones dorados y mirada de mujer.

Koldo no tuvo mucho margen para asimilar aquella revelación. La presidenta daba por hecho que aquel era un conocimiento compartido y sus inquietudes iban en otra dirección, por lo que había reanudado su particular ofensiva.

—Pero no pretenderíais que no moviera un dedo viendo cómo Pascual campaba a sus anchas por La Proa y tú, mi pequeña Dora, por esta casa, como si nada hubiera pasado, mientras los dos fingíais que el anillo seguía desaparecido.

Koldo constató que la lucidez había abandonado por completo a la presidenta. Mezclaba presente y pasado con un pavoroso convencimiento.

—¡Por Dios, Esmeralda! ¡Soy solo la vecina nueva!

Estás empeñada en que sé algo que desconozco, incluso has enviado a una señora que se hace pasar por Teodora para sonsacarme; ¡y la mitad de lo que sé, lo sé por ella!

—se atrevió a protestar Koldo casi como una súplica, incapaz de procesar tanta información.

—Y ni siquiera te engañó, por lo que veo. Qué dinero más mal empleado —se lamentó la otra, sin darle en realidad demasiada importancia—. Tenía que haberlo hecho yo desdé el principio.

—¿Hacer qué? —se desesperó la joven—. ¡Esmeralda, por favor! ¿Qué crees que te puedo contar yo que tú no sepas?

La presidenta negó con la cabeza mientras chasqueaba la lengua.

—No sigas por ahí. Esos cómics no solo me han delatado a mí; también a ti —dijo, señalando con la cabeza en dirección a la mesa donde reposaban los tebeos—. Sé que has encontrado el primer número de El Ángel .

Koldo maldijo en silencio su mala suerte.

—Pero eso no quiere decir que también tenga el anillo.

—También he visto la rana.

Sin querer, su vista se dirigió en dirección a la mesa donde reposaba aquella figura que se disponía a asistir a un nuevo drama con la misma impasibilidad con la que presenciara el primero, décadas atrás.

La joven gimió ante el peso de aquel razonamiento que, aunque equivocado, ella misma había tenido un día antes.

Sabía que era inútil, pero trató de hacérselo ver a la presidenta.

—Esmeralda, la rana estaba junto con los tebeos, no te lo voy a negar. Pero el anillo no. Si alguna vez estuvo, alguien se lo llevó tiempo atrás.

La aludida esgrimió una sonrisa bondadosa que a Koldo le puso los pelos de punta.

—No esperaba que fueras a decírmelo a las primeras de cambio. Siempre lo niegas todo, Dora.