Capítulo 32 #2
Entonces los oyó. Fueron tres educados golpes en la puerta de entrada que, sin embargo, sonaron como si llamaran desde dentro.
Porque así fue. Recortada por la luz que proporcionaba la puerta abierta de la entrada y con el halo fantasmal de las persianas recién bajadas, una voluptuosa Esmeralda, con la falda ceñida al cuerpo, hacía el gesto de llamar solo para alertar de su presencia, porque no había puerta cerrada alguna que la impidiera entrar.
—Estaba abierta —saludó con su sugerente voz de barítono.
Koldo notó que se le helaba la sangre. La puerta no estaba abierta; ni siquiera seguía la llave bajo el felpudo.
Debía haber tomado el juego de llaves de la garita de Paco, en la recepción de Píramo.
O puede que sí, que se hubiera dejado la puerta abierta y fuera ella la que estaba siendo presa del delirio.
—Qué oscuro tienes esto, ¿no? —prosiguió la presidenta como si tal cosa, buscando el interruptor más cercano.
Sus movimientos, su voz, parecían los mismos de siempre; Koldo no pudo percibir nada en ella que delatara una personalidad haciendo aguas. Aquella ausencia de señales delatoras, lejos de tranquilizarla, la inquietó todavía más.
—Estaba cerrando todo para irme —contestó. Esperaba que Esmeralda no notara nada raro en su tono apresurado.
Su interlocutora por fin dio con el interruptor. El salón se iluminó de forma súbita, como un día radiante habitado por dos personas obligadas a mostrar alegría al encontrarse.
—¿Y eso? —La miró extrañada—. ¿Qué ha pasado con el reposo?
Se aproximó despacio. Demasiado, pensó Koldo.
Luchó contra la tentación de apartarla de un empujón y salir corriendo, pero solo llevaba una camiseta encima de sus muslos desnudos y estaba descalza.
Tampoco sabía qué haría al huir ni de qué lo hacía exactamente.
Así que se quedó quieta y trató de sonar alegre, cortés y no premeditada.
—Oh, buenas noticias. Acaban de decirme que todo va bien. Así que por fin puedo hacer vida normal. Ahora mismo me iba a arreglar, he quedado para celebrarlo.
Esmeralda asintió, aleteando la sombra azulada de sus párpados.
—Cuánto me alegra oírte. Un poco de aire y movimiento te sentarán bien.
Y eso pareció cuando sonrió al mirarla. Puede que la alegrara sinceramente la noticia. O la posibilidad de que fuera a ausentarse más a menudo de casa.
—Había venido por lo del patio —prosiguió la presidenta—.
El seguro de la propiedad habló con el perito porque quería que le diera una fecha para acercarse a inspeccionarlo.
Venía a consultarte el mejor día creyendo que no te moverías de aquí.
Pero ahora parece mejor aprovechar una ausencia tuya y quedarme yo supervisando, así te quitamos de molestias, ¿no te parece?
—Añadió, resuelta en su empeño. No parecía el día en el que Esmeralda tuviera pensado despojarse de su máscara ni hacer una gran revelación, así que prefirió seguirle el juego.
—Claro, claro. Me parece bien. Déjame que me organice y la semana que viene te digo cuándo estaré fuera para que puedan acercarse —le respondió con vaguedad.
Esmeralda la miró satisfecha, como si hubieran cerrado un trato de suma importancia.
Luego, lejos de irse, avanzó un par de pasos, se sentó en el sofá más cercano al patio y sacó un abanico de entre las carnes de su pecho con el que comenzó a darse aire.
El chas chas chas del abanico se mezcló con el cling cling cling de los abalorios de su pulsera.
—¿Quieres tomar algo? —le preguntó Koldo, en contra de su voluntad.
—No, estoy bien, gracias —respondió la otra sin mirarla, como si en realidad estuviera en su salón y no en el de Koldo, y se hubiera olvidado por completo de la presencia de esta.
Ambas guardaron un silencio que Koldo no se atrevió a romper.
Tampoco le hubiera gustado que la invitaran a adivinar qué se cruzaba por la cabeza de Esmeralda en aquel momento; su mente parecía haber naufragado en algún lugar y la joven se estremeció pensando en el momento en que iniciara su regreso.
—Me voy a vestir —le dijo a cambio—. Solo tardo un momento.
Desapareció por la puerta del fondo que conectaba el salón con el dormitorio, esbozando un gesto de desesperación cuando perdió de vista a la presidenta.
Dudaba entre seguir haciendo la maleta, vestirse a toda velocidad o esperar a que su visita se aburriera de sí misma y decidiera irse por donde había venido.
Entonces cayó en la cuenta. Había dejado los tebeos encima de la mesa, justo enfrente del chasquido del abanico de Esmeralda.
No recordaba cuál era el cómic que reposaba sobre el resto, ni si este estaba abierto por la página donde el nombre de la presidenta no aguardaba a otra cosa que a ser leído por quien lo cogiera.
Se estremeció. Desde luego, no iba a quedarse para averiguarlo.
Notando el latido de su corazón en ambos oídos, confió en que el repentino silencio del abanico al otro lado de la pared no fuera el preludio de nada aciago, sino una prolongación de aquel estado semicatatónico en el que parecía sumida.
Miró las persianas con pesar; de haber seguido abiertas, le habría resultado más sencillo escabullirse en silencio hasta el patio y subir por las escaleras hasta la casa del ruso.
Pero accionar el mecanismo era demasiado ruidoso, la pondría sobre aviso.
Fastidiada por lo desafortunado de aquella situación, echó mano de un pantalón ligero que colgaba sobre la silla del dormitorio, se lo puso sin molestarse siquiera en abotonárselo y cogió las sandalias con una mano mientras, con el móvil en la otra, se dirigía de puntillas hacia la puerta que desembocaba en el distribuidor.
Una vez allí, asomó con cuidado la cabeza hacia el salón tratando de atisbar el perfil de Esmeralda.
Si seguía sentada en el sofá, calculó, únicamente la vería deslizarse hacia la puerta de la entrada una vez estuviera en el pasillo principal, y para entonces sería demasiado tarde, apenas la separarían cuatro metros hasta alcanzar la puerta de entrada.
Sabía que no tenía mucho margen para dudar.
Respiró hondo y se embarcó en aquella huida hacia delante que solo le llevaría tres segundos.
Pero, a punto de alcanzar su objetivo, algo salió a su encuentro a través del umbral de la cocina.
Se paró en seco, tratando de entender lo que la separaba de la meta prevista.
Tardó un instante en darse cuenta de que Esmeralda ya no estaba sentada en el sofá a sus espaldas y apenas dos en identificar que el objeto que se recortaba en la mano de esta, ahora frente a ella, no era su abanico, sino el filo de una hoja que la presidenta empuñaba por su mango de madera.
Se trataba del cuchillo japonés que Asier se había dejado meses atrás en casa.
Necesitó algo más para entender la intención de Esmeralda, cuyos iris verdes se posaron en ella con un brillo desquiciado.
—¿Qué pretendes hacer, Esmeralda? —le preguntó, incrédula.
—Lo mismo que hicieron con Dora hace medio siglo. Ni más ni menos que lo que se había buscado.
Sintió que las piernas le fallaban. Aquella señora había perdido la cabeza por completo.
La joven dio un par de pasos atrás, calculando la dirección que le convenía tomar en la bifurcación que se abría a sus espaldas.
Optó por retroceder hacia el salón, donde la luz seguía encendida, sin perder de vista a la presidenta, que avanzaba a medida que ella retrocedía.
La alivió pensar que la puerta que aguardaba bajo la marina evitaba dejarla encajonada a merced de aquella desequilibrada y le ofrecía una vía de escape alternativa.
—Pero ¿qué te hizo a ti Teodora? —preguntó con verdadero deseo de entender, más que como estrategia para ganar tiempo.
La presidenta se detuvo y miró a Koldo con una mezcla de locura y sorpresa, como si le pareciera de muy mal gusto que su interlocutora desconociera la respuesta.
—¿Que qué me hizo? Quitármelo. Arrebatarme a Pascual —lo dijo como si la respuesta fuera obvia.
—¿Pascual y tú? —Muy a pesar suyo, fue el turno de Koldo de confirmar su teoría.
Aquello puso furiosa a la presidenta; saltaba a la vista que Esmeralda no consentía que se ignorara lo que para ella había sido una verdad oficial.
—¡Íbamos a casarnos! —soltó con un chillido—.
Me convenció para venirme de Barcelona cuando trasladaron la editorial a Madrid; suya fue la idea de alojarme en La Proa, ni más ni menos que en la casa que estaba frente a la suya, y él fue el primero en hablar de boda…
¡Me lo prometió todo! Pero a los pocos meses se embarcó en uno de esos locos viajes suyos y cuando volvió ya no era el mismo.
Lo notaba frío y distante, esquivo. Al poco, volvió a irse y fue cuando se trajo con él a aquella fulana de Miami.
¡Dora! La mosquita muerta, tan tímida, tan modosa, tan educada…
Pascual no solo tuvo la desfachatez de pedirme que la acogiera y le dejara una habitación en el piso que tenía yo aquí, en La Proa, sino que la introdujo en su círculo íntimo y empezó a exhibirla por todo Madrid como un trofeo mientras ella se pavoneaba sin pudor colgada de su brazo.
Se paseaban por El Retiro tan acaramelados, los veían cenando en el Ritz como dos tortolitos y luego se iban de fiesta a Pasapoga; todo lo que siempre dijo que iba a hacer conmigo.
¡Hasta que un buen día aparece con aquel anillo de pedida! ¡La muy zorra!
A pesar de la distancia, Koldo notó en su rostro los espumarajos de rabia con los que Esmeralda pronunció aquella última palabra, lo que la hizo retroceder un paso más hasta que sus muslos tropezaron con el brazo del sofá.
Reacia a quedarse ahí atrapada, comenzó a rodearlo para convertirlo en una especie de parapeto tras el que protegerse de su agresora, mientras seguía preguntando, en parte por saber y en parte por tenerla distraída.