Capítulo 32
Al caer la tarde, recostada en el sofá mientras se comía un melocotón, pasó revista al resto de tebeos con la sensación de curiosear sobre una reliquia familiar.
Se trataba de números antiguos de El Ángel , sin el interés para un coleccionista ni los rasgos delatores de Pascual Silva del primer número, pero entretenidos.
Islas repletas de piratas, mujeres y ron, costas africanas, escaramuzas con ingleses, un encontronazo tropical con varias amazonas y un jaguar…
El último cómic, sin embargo, cambiaba drásticamente de registro.
Dos estupendas y curvilíneas jovencitas, con la ropa ceñida propia de los años cincuenta, miraban al lector desde la portada: una morena de expresión audaz, estilo más urbano y con lo que parecían unas llaves de coche en la mano, y una rubia de aspecto dulce, con un delantal a la cintura y sujetando una espumadera.
Luisa y Susi, tan distintas, tan hermanas , rezaba el título.
Asier le había contado que el fenómeno del tebeo femenino en España había empezado a percibirse de forma tímida en los años cuarenta, pero que fue a finales de los cincuenta cuando eclosionó.
Bruguera lanzaba Sissi , dirigida a un público femenino adolescente, a la que le seguirían Lilian, azafata del aire , y Mary Noticias , evidenciando que el sector apostaba por personajes que dieran respuesta, en clave edulcorada, a los sueños de realización, emancipación y aventura del público femenino.
Silva también irrumpiría con las hermanas Luisa y Susi : una dibujante de cómics femeninos morena y chispeante y otra rubia, de expresión dulce, dedicada a sus labores.
La primera, siempre entrometida, era quien lideraba las aventuras, y la segunda, con el proverbial sentido común del ama de casa, la ayudaba a salir de los aprietos.
Tuvieron un éxito sin precedentes entre las jóvenes de la época porque todas encontraron un alter ego en el que reflejarse.
El tebeo reposaba en su regazo, lleno de aquel encanto cursi que en la época parecía casi transgresor.
Pasó las páginas curioseando a través de las atolondradas peripecias de Luisa y de los trazos gráciles y femeninos que la dibujaban.
Observándola, volvió a sorprenderla aquella desconcertante inclinación suya por crear simbiosis entre personajes ficticios y realidad, potenciada por la intensidad con la que estaba viviendo los acontecimientos recientes.
Aquel solapamiento de identidades, fruto de un exceso de estímulos simultáneos en su cabeza, le generaba en este caso concreto una inquieta perplejidad.
Cada vez que observaba la contoneante silueta de Luisa, con su encantador descaro, era la figura contundente de su vecina de enfrente, la desfachatez de aquella imprevisible e inestable señora, lo que le venía a la cabeza.
A medida que pasaba las páginas y veía el cabello negro y los ojos verdes de la joven ilustradora, la asociación iba ganando fuerza, como si esa creación ficticia fuera un trasunto de la enajenada presidenta de la colonia.
Aquel espontáneo sincretismo la confundió de tal manera que en una de las ilustraciones en la que Luisa tenía el brazo en el gesto de quien llama a un taxi, Koldo creyó reconocer, asomando por la manga de la chaqueta, una pulsera muy similar a la que Esmeralda llevaba siempre abrazada a su muñeca.
La embargó una incrédula desazón, como si el delirio se hubiera vuelto a apoderar de ella, y no pudo evitar comenzar a pasar páginas de forma atropellada.
Mientras zarandeaba el cómic en busca de otra viñeta con la que refutar o confirmar aquella súbita sospecha, se dio cuenta de que no solo había apremio, sino el destello de la clarividencia.
Por fin dio con ella. Ahí estaba, en una de las últimas páginas: era un plano cercano de Luisa, que se tocaba el pecho con aparente temor, mientras de su muñeca colgaban los conocidos abalorios: monedas doradas y esmeraldas del mismo color de sus ojos.
Se incorporó en el sofá como un muñeco accionado por un resorte.
Recordó aquella vanidosa costumbre de algunos ilustradores y dibujantes de cómics de la época de sellar sus creaciones con su propio rostro.
Pascual Silva ni siquiera había sido el primero en hacerlo, pero la proximidad editorial de aquel ejemplo le sugirió que quizá no anduviera desencaminada.
Más despacio, sabiendo ya lo que buscaba, fue retrocediendo página a página hasta llegar a la parte anterior de la portada, donde probablemente se hallaría la pequeña mancheta en la que, además de los datos de publicación, distribución y comercialización de la revista, se verían reflejados los nombres responsables de alumbrar aquel tebeo.
Encabezada por la pastilla donde se leía el nombre de la editorial, enmarcada por una greca, y bajo el cargo en mayúscula de Gregorio Silva como fundador y presidente de la misma, se desgranaba una pequeña plantilla.
Ahí estaba, liderando los tres nombres que se mencionaban dentro del departamento de ilustración, el suyo: Esmeralda Márquez.
Boqueó un poco por la sorpresa, a punto de tragarse el hueso de melocotón.
Se sentía como un pez fuera de la pecera, pero no se atrevió a asomarse al patio en busca de aire.
En su lugar se fue a por un vaso de agua a la cocina y luego paseó alrededor de la casa, entrando por una de las puertas de paso al dormitorio y saliendo por la otra hasta acceder al salón, desde donde inició nuevamente aquel recorrido circular.
Necesitó un par de minutos hasta que su pulso se aplacó.
Mientras, trataba de poner en contexto aquella información que arrojaba nueva luz sobre la que, ahora ya lo sabía, fuera empleada de los Silva.
Seguramente se trató de una de las ilustradoras que se trajeron desde Barcelona, a la que luego se tragó la historia y que regresaba ahora desde el pasado obsesionada con el anillo y con Pascual Silva.
Pero ¿qué vínculo se había tejido entre aquella empleada de la editorial y el hijo del propietario?
¿Un desquite profesional? ¿Un secreto compartido?
¿Una pasión silenciada? Esmeralda, según contó, había llegado a Madrid por amor; ¿el de Pascual?
¿Correspondido tal vez? También había quedado recientemente viuda en Barcelona y fue en ese momento, al parecer, cuando decidió regresar a la capital.
Algo debió desordenarse en su cabeza; quizá la muerte de su marido propició una suerte de paranoia, el delirante repunte de un asunto pendiente; un brote fuera de control.
O la muerte posterior del Cordobés, que reavivó su frenesí por desandar sus pasos y husmear de nuevo por aquella colonia, tal vez tratando de dar con el remoto rastro del anillo.
Pero entonces Koldo irrumpió en sus vidas y ocupó la casa.
Y ahora actuaba con una loca temeridad suplantando personalidades y buscando remover los cimientos de su patio con informes falsos en aras de su particular desvarío.
No podía creer en la celeridad con la que las verdades comenzaban a atropellarse unas a otras, después de décadas en las que apenas una mínima revelación se había dejado caer sobre el eco ya silenciado de la anterior.
Trató de perfilar una estrategia. Llamaría a Iso y cogería el primer autobús a Bilbao.
No se iba a quedar otra noche más a merced de una chiflada obsesionada con un pasado en el que la había embarcado a ella también.
Ya en casa de su madre, vería cómo proceder.
Avisaría a Esteban Trebujena desde allí, ahora no albergaba dudas de que había mucha información que había preferido no compartir con ella por el motivo que fuera.
Esmeralda acababa de llegar, pero debía haberla reconocido.
Maca en cambio no, era todavía una niña; debía ponerla sobre aviso.
¿Y Tristán? Coincidieron en el pasado; ¿habían llegado a hacerlo en el presente? ¿Se habrían reconocido?
Marcó el número de Iso. Comunicaba. Luego el de su madre, para estar segura de cómo se la iba a encontrar si hacía un viaje sorpresa a Bilbao.
Confiaba en notarla animada y con las noticias recientes ya asimiladas, pero decidió no decirle que proyectaba dormir esa misma noche en casa para no preocuparla.
Ella misma colgó antes de que su madre cogiera porque tenía una llamada entrante. Era Iso.
—¿Tienes un momento?
—¿Vas a darme otro susto? —La advirtió la otra.
Koldo sonrió al teléfono.
—Pero no el que te imaginas, tranquila. Esta llamada hubiera debido ser una de esas largas conversaciones llenas de detalles que te habrían encantado mientras te explicaba lo que ha pasado con el vecino de arriba; en su lugar, voy a hablarte de mi vecina de enfrente.
Y en algo no te equivocas. Es una llamada de auxilio.
Trató de relatarle los acontecimientos por orden y sin atropellarse; no fueron más de quince minutos.
Iso estuvo de acuerdo en que lo mejor que podía hacer era poner tierra de por medio.
Además, le debía esa visita a su madre y ahora podía viajar.
Allí podían pensar en cómo proceder y volver juntas a Madrid con un plan.
Iso se encargaría de cogerle el billete y enviárselo al móvil, ella solo tenía que ocuparse de meter tres cosas en la maleta y salir para avenida de América.
Colgó mucho más calmada. Se dirigió en dirección al patio y accionó las persianas eléctricas para bajarlas.
Estas iniciaron aquel familiar zumbido sordo que neutralizó la posibilidad de cualquier sorpresa indeseada, y se dispuso a encaminarse hacia el dormitorio para hacer el bolso y dirigirse al intercambiador.
Estaba apenas a quince minutos andando y era la manera más rápida de salir para Bilbao.