Capítulo 31 #2
El alijo de cómics seguía aguardando en la mesa del salón.
Alzando el dedo índice, como quien cae de pronto en la cuenta de otra asignatura pendiente, se acercó a la biblioteca, tomó un papel de encima de varios libros y se acercó de nuevo a la mesa, uniéndolo en un ceremonioso gesto al primero de los cómics, a modo de cubierta.
Sonrió para sí, satisfecha. La fuente estaba completa, y ahora también el número uno, incluida la portada.
Con la segunda tostada todavía en la mano y disfrutando del privilegio de estar de pie, fue hojeando aquel venerable ejemplar de El Ángel que tantos quebraderos de cabeza había ocasionado entre los coleccionistas.
La historieta comenzaba en pleno océano Atlántico, con el avistamiento de otro barco en el horizonte.
Al parecer, pertenecía al corsario inglés lord Exquisite, némesis de Baltasar de Figueroa, que se proponía el abordaje de La Fragata Blanca.
Asomando desde el interior de su barco y como el gran héroe que era, El Ángel irrumpía en cubierta con sus tirabuzones rubios cayendo en cascada, los ojos de mujer, una casaca roja, el mono en el hombro y toda su exultante apostura.
La batalla se sucedía a lo largo de las páginas.
En ella participaban con ardorosa fidelidad el imponente y calvo Tesauro, su segundo de a bordo, y otro de sus incondicionales, Techo, un personaje cómico magníficamente dotado para las piruetas que ejecutaba a través de velas y mástiles y que siempre culminaba dejando K.O.
a uno de los enemigos. Entre las páginas y los enfrentamientos se sucedía la evocación nostálgica de los remotos lugares hasta los que Baltasar había viajado, los recuerdos de otras batallas y otras victorias y las imágenes de distintas damiselas en las que se recreaba con sentimientos que oscilaban desde la admiración incondicional al candor más ingenuo: la venerable mecenas lady Sun; la apasionada princesa siciliana Fuoco, la guerrera oriental Chi O.
Todo tenía un manifiesto aroma crepuscular.
Koldo seguía masticando tostadas y pasando páginas, absorta en la narración, hasta que sobrevenía el enfrentamiento entre el protagonista y lord Exquisite, un petimetre acicalado, ridículo y extremadamente hábil con la espada.
La tragedia se veía venir. El español era traicionado por uno de los suyos, sobornado por el inglés, que le clavaba un puñal en el costado, distrayéndolo del ataque del corsario.
Techo arremetía contra el traidor y Tesauro daba buena cuenta del inglés, no sin que antes Baltasar hubiera recibido una estocada fatal.
Agonizando en cubierta y rodeado de sus fieles, el español dedicaba su último pensamiento a la única dama que había ocupado su corazón: la difunta beata Rosalva de Mateo, que descansaba en su tumba del convento de Santa Catalina, en la isla de Tenerife, y a la que ya no podría rendirle sus respetos.
No albergaba posesiones en tierra, le decía a su tripulación, todo lo cosechado en el mar seguía ahí.
Pero deseaba recuperarlo y redimirse ante Dios y su adorada, destinándolo a las obras de caridad que el convento de Santa Catalina considerara adecuadas.
—¿Dónde podemos recuperarlo? —preguntaba el fiel Tesauro.
—Acercaos —decía Baltasar de Figueroa, con su último aliento, sabiendo llegada su hora final.
Su tripulación tomó buena nota del lugar donde se ocultaba el tesoro de Baltasar de Figueroa; sin embargo, Koldo no pudo enterarse.
No es que el cómic concluyera ahí, pero esa era la última viñeta a su disposición.
Incrédula, Koldo cayó en la cuenta de que faltaba la última página.
Giró sobre sí mismo el tebeo mutilado, mientras la perplejidad daba paso a la frustración y esta, a las cavilaciones.
El tebeo había sido despojado de su primera y de su última página.
La acción quizá fue intencionada, pero también pudo tratarse de un gesto natural cuando alguien desmiembra una revista por el placer de desmembrar, y estas páginas son las primeras que uno tiene a su alcance.
Supuso que ambas fueron arrancadas al mismo tiempo y debieron correr el mismo destino.
Koldo retrocedió a las circunstancias en las que la portada fue a parar a su patio y fue entonces cuando recordó que los proyectiles lanzados por el hijo de Olga, la mujer que, entre otras cosas, limpiaba en casa de Volga, habían sido más de uno.
Atragantándose con el último pedazo de tostada, abrió la puerta del patio.
Esquivó por muy poco la escalera, que seguía apostada a un lado como testigo mudo de las andanzas de la víspera y, olvidándose de cualquier gesto de prudencia destinado a evitar atenciones no deseadas por parte de la presidenta, se dedicó a buscar afanosamente entre tiestos y jardineras el paradero de aquella esquiva bola de papel que debía de aguardar en letargo, como un capullo esperando su transformación, desde hacía varias semanas.
Tardó casi diez minutos en dar con ella.
El proyectil reposaba sobre la tierra de una maceta, tras una tupida hortensia de flores azules que no sobreviviría a los rigores estivales de Madrid, pero que había sido un regalo de Iso que ahora lucía en su máximo esplendor. Koldo suspiró al ver el papel arrugado.
Aquella hortensia siempre sedienta tenía dos caños de agua del sistema de riego por goteo en lugar de uno; las plantas habían sido regadas con manguera en más de una ocasión y el patio había padecido la demencial tormenta de la víspera.
Lo tomó entre los dedos con delicadeza, sabiendo lo que encontraría.
Una bola acorchada, pegada a sí misma como papel maché, que fue resquebrajándose y llevándose restos de unas partes pegadas a otras, con la tinta diluida, escenas fragmentadas y textos ilegibles.
Solo una viñeta, casi hacia el final, sobrevivía parcialmente.
En ella se adivinaba a Baltasar, recostado en la misma posición que en la parte del tebeo que había sobrevivido, el único ojo reconocible ya cerrado y un fragmento de texto proferido por alguien: «… nse en paz».
Koldo se lo quedó mirando, sintiéndose abrumada por una singular melancolía.
No se trataba de la ocasión perdida, ni de la decepción por haber llegado a acariciar algo que finalmente se le había escapado.
Si había un mapa, no lamentaba su desaparición.
Sí, en cambio, la conclusión de aquella historia; la muerte del personaje, aquella última página que no dejaría nada atrás cuando se cerrase.
Recordaba sus epifanías lectoras de cuando era niña, la manera en la que las historias y los personajes resonaban en su persona con la fuerza de las primeras impresiones, la nostalgia de saber llegado el desenlace, el fin de la maravilla.
Aquella difusa tristeza infantil se parecía mucho a la que sentía ahora.
Todavía con los restos de la bola en la mano, regresó al salón donde aguardaban los tebeos.
Aquel seguía siendo el número uno de El Ángel , con su portada para demostrarlo.
No es que de un cómic pudiera esperarse una presencia sobrenatural como prueba de una existencia casi legendaria, pero Koldo estaba segura de que cualquier coleccionista le concedería esa cualidad a aquel ejemplar único, lisiado y maltrecho, tantas veces buscado y milagrosamente recuperado en casa de su creador.
El resto, potenciado por su mutilada condición, seguiría siendo pasto de leyenda, y podía seguir compartiendo con el anillo desaparecido el mismo plano ignoto de la fabulación.