Capítulo 31
Lo primero que vio cuando logró despegar los párpados pegados por las legañas fue el bote de chocolate belga en la mesa cercana.
Notó su aliento dulzón al tiempo que le venía el aroma a helado derretido, caliente y rezumante.
Sintió unas breves náuseas, a las que les siguió una poderosa arcada.
Se incorporó tan rápido como pudo del sofá donde había pasado la noche, tirada boca abajo y con la boca entreabierta, dejando un hilillo de baba tras de sí.
Pudo llegar a tiempo a la taza del váter, donde vomitó una compleja papilla compuesta de helado, tortilla de patata y, supuso, el par de tragos de cerveza.
La sorprendió no ver la colilla del cigarro al que también le había dado alguna que otra calada la víspera.
Y cuando creía que ya lo había echado todo, el remordimiento aún le provocó un par de arcadas más que no dieron más fruto que algo de bilis llena de culpa.
Castillo de la Ensenada lanzaría una carcajada estentórea y navideña, fingiendo una leve indignación, al tiempo que se lavaría las manos ante los desatinos de una de sus embarazadas más conflictivas.
Se bajó el pantalón del pijama, aprensiva, comprobando que los únicos restos que había en el salvaslip eran los de los óvulos de Meriestra de la víspera.
El alivio, la sobredosis de estrógenos que inundaba su cuerpo y la resaca emocional le provocaron entonces una tormenta de sollozos que, todavía con la ropa interior a medio subir, obligaron a Koldo a sentarse en el retrete.
Cinco minutos de llanto histérico más tarde, Koldo se desvistió.
Dejó en el cubo de la ropa sucia el coqueto pijama azul que nunca hubiera imaginado el ajetreo de las horas recientes y, aún hipando, se metió en la ducha deseando que el agua le hiciera un lavado a su conciencia.
Tras asearse, con las fosas nasales inundadas del jabón de sales de La Toja y los óvulos de hormonas del día ya introducidos, se sintió razonablemente reconciliada consigo misma.
Volvía a sentirse algo mareada y los contornos a su alrededor no terminaban de definirse del todo; aquella jornada, sin embargo, la encaró con el entusiasmo de una mártir purgando sus pecados.
Estaba decidida a que aquel fuera el primer día de su nuevo embarazo.
El único detalle que la perturbaba vivía enfrente y se llamaba Esmeralda; no había olvidado su extraña aparición de la víspera acompañada de la impostora.
Así que se prometió a sí misma mantenerse alejada de aquella señora hasta que pudiera poner al corriente de todo a Iso y Macarena, que regresaban al día siguiente, y elaborar un plan de acción sensato destinado a sacarse de encima a la presidenta y sus lunáticas pretensiones de campar por sus fueros en el patio de Koldo.
Se preparó el zumo de frutas, las tostadas con aceite, tomate y aguacate y un descafeinado y, decidida a evitar los riesgos potenciales de cruzarse con ella en el patio, se recostó en el sofá, dejando vagar la vista con aquella recién encontrada serenidad.
Hacía una mañana espléndida y se sentía complacida consigo misma por la sensatez con la que estaba afrontando el día hasta que, con la relativa sorpresa de lo que uno se esfuerza en olvidar, la sobresaltó la mirada de una rana encaramada a un hatillo de viejos cómics.
—¿Los puedo tomar prestados? —le había preguntado Koldo la noche anterior al ruso, señalando el montón de tebeos—. Prometo no quedármelos.
Rafael Volkov había resultado ser un ruso nacido en Sanlúcar de Barrameda por error; un gaditano equivocado que era un poco eslavo, como su padre.
De ahí que hablara con acentos revueltos y supiera leer garabatos cirílicos, pero llevara un colgante de la virgen del Carmen a la que rezaba en su capilla de Bajo de Guía.
Era profesor, lo llamaban Volga, como al río, y en su casa solía haber cervezas, libros y mujeres, aunque esto último no hizo falta que se lo dijera.
Se había instalado en La Proa un par de semanas después que Koldo y parecía pintar lo mismo que ella, nada.
Sentado en su butaca y tras escuchar la versión abreviada de lo acontecido en la fuente que aparecía a sus pies cada vez que se asomaba por la ventana, miraba el número uno de El Ángel entre perplejo e indulgente, como si aquella enmarañada opereta lo desconcertara levemente, pero el polvo que le había procurado y su aprecio por la letra escrita lo hubieran predispuesto a una mayor benevolencia.
—Como estrategia de seducción no está mal —bromeó a cambio—; pero la próxima vez entra por la puerta.
Volga le cedió los tebeos de buen grado.
Tampoco tuvo demasiados problemas en desprenderse de la rana que iba con el lote; era de ley que aquel pequeño ídolo regresara con sus camaradas.
Se despidieron sin mucha ceremonia, como dos vecinos que se han cruzado en el ascensor.
Tal vez, se dijeron, volvieran a encontrarse.
Eran casi las dos de la madrugada y ambos, convinieron, tenían sueño.
Por suerte, la llave de su casa seguía donde Macarena la había dejado, bajo el felpudo.
Agotada, se había dejado caer en el sofá más que como si no hubiera un mañana, deseando que no hubiera habido un ayer.
Y ahora aquella inoportuna rana la observaba desde su atalaya, indiferente al candor que Koldo emanaba tras la ducha y al camino de rectitud que había decidido tomar.
Por supuesto, flaqueó. Indecisa, acarició con los dedos de los pies descalzos la suavidad del parqué de madera y, tras darle un par de pensativos mordiscos a una de las tostadas, se incorporó y tomó la rana que reposaba en la mesa grande del salón.
La observó con detenimiento, como si nunca hubiera visto una igual.
O quizá porque las había visto demasiado y quería encontrar las correspondientes diferencias.
Apenas medía doce centímetros, su color era de un verde esmeralda intenso veteado de pequeñas lágrimas azul cobalto y, como sus hermanas, contaba con dos orificios.
Uno más amplio en las fauces y uno muy estrecho en el culo, por donde, con toda seguridad, se había introducido el caño de conducción del agua del cuarto chorro.
En un gesto espontáneo, Koldo sacudió la figura junto a su oído como si fuera un sonajero.
Contra todo pronóstico, algo pareció despegarse y se dejó oír un pequeño tintineo proveniente de un objeto al que el bordillo interior del orificio de la base le había dificultado la salida.
La joven alejó el batracio de sí misma como si estuviera vivo y fuera a meterle la lengua por la oreja.
Lo miró con recelo y una incipiente codicia, similar a la lujuria.
No podía ser cierto; demasiado obvio. Una esmeralda del tamaño de una aceituna, el objeto más buscado por toda la colonia durante décadas, no podía encontrarse justo donde se la esperaba.
Extendió la mano izquierda con el gesto de quien pide una limosna y contuvo el aliento mientras, con su mano derecha, hacía girar el bicho para que aquella rana, por una vez en su vida, escupiera algo que no fuera agua.
Miró su palma con la avidez de un entomólogo ante una nueva mariposa que está a punto de catalogar.
Cuando terminó de entender la naturaleza de su hallazgo, esbozó una sonrisa torcida y, sin cambiar el gesto de la mano, se dirigió a la cocina, abrió el armario que había bajo el fregadero y lo arrojó a la basura orgánica.
Ni siquiera se molestó en lavarse las manos, aquel hueso de aceituna era tan antiguo que probablemente estuviera fosilizado.
Al menos ya tenía claro el papel de la rana durante las décadas en las que se la había considerado una pieza clave para desentrañar el misterio de la joya desaparecida.