Ayer en mi patio Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

—¿Sabes de dónde ha salido esa rana? —volvió a preguntar en cambio, conservando la incoherencia de aquel intercambio que pretendía ser una conversación.

—Lo imagino. —La suavidad con la que pronunció aquella «g», la inflexión final alargada como un quejido, le recordó a aquel vendedor de coquinas que había montado un restaurante en Bilbao—. Lo que no sé es cómo sabías dónde buscarla.

Lo dijo sin preguntar, observando lo obvio y disfrutando de su propia perplejidad.

Una vez familiarizado con aquel elemento discordante que era Koldo, el tipo seguía pareciendo menos interesado en forzar la situación con preguntas que en disfrutar de que su natural discurrir fuera llenando los huecos necesitados de información.

Quizá por eso se inclinó a un lado y tiró del cordel que asomaba de una antigua lámpara de pie, en un gesto que recordó al de un agente iluminando al sospechoso en la sala de interrogatorios.

La luz tenue que irradiaba la pantalla amarillenta hizo que Koldo parpadeara e iluminó el salón, que pareció todavía más viejo y desordenado.

El ruso, como seguía llamándolo mentalmente, volvía a estar tocado del que parecía su uniforme de estar por casa; gafas a modo de diadema y camiseta de publicidad sobre bóxers holgados.

Sus ojos, que ahora despedían destellos grises, la observaban fija y plácidamente.

Aguantó su escrutinio. De un modo inextricable había llegado a ser esa vecina loca que tiraba fragmentos de maceta contra el cristal, lanzaba agua por la ventana, vomitaba en el felpudo y allanaba salones en plena noche; algo que empezaba a tenerla tan perpleja a ella misma como suponía que debía estarlo él.

No consiguió sostener la mirada por más tiempo.

Trató de sobreponerse paseando los ojos por el salón hasta que volvió a recalar en el batracio, lo que la inquietó más, si cabe.

Bajó la mirada hasta la cerveza, que aguardaba en su mano.

Le dio otro trago para ganar tiempo hasta que se giró de nuevo hacia el tipo.

Y, de repente, lo que vio no le pareció del todo mal.

O fue entonces cuando cayó en la cuenta.

El despliegue de los hombros bajo la camiseta, las piernas cruzadas, la displicencia sujetando la cerveza, la ataraxia que parecía envolverlo.

Notó cómo su lengua se removía, inquieta.

No se lo pensó demasiado. Le dio un último trago a la lata, que apoyó con un rápido gesto sobre la mesa, y la rodeó hasta colocarse a dos palmos del tipo, que permaneció imperturbable.

Se inclinó hacia delante, apostó las palmas de ambas manos en los respectivos brazos del sofá de cuero y, en un gesto aparentemente inquisitivo, acercó su cara a la del ruso, tan cerca que percibió su aliento.

Luego abrió la boca, hizo palanca con sus labios sobre los suyos y lo besó.

No supo muy bien cuándo su gesto se convirtió en el de ambos, pero oyó su propia exclamación cuando unas manos la atraparon por detrás y la arrastraron hacia adelante, obligándola a sentarse a horcajadas mientras sus piernas apresaban las caderas del otro y le marcaban el ritmo.

En algún momento las gafas del ruso, apoyadas en su cabeza, cayeron al suelo.

Fue visto y no visto. Con el pelo pegado al rostro, la espalda sudorosa y los miembros inertes, se dijo que eran los cinco minutos mejor empleados de los últimos dos meses.

Se encontraba con la ropa del revés, tirada en el sofá de un desconocido y la satisfacción dibujada en el rostro.

Hasta que un miedo súbito la invadió por completo.

De un salto se puso en pie y se pasó la mano entre las piernas, introduciendo con delicadeza la yema de los dedos.

Las miró con aprensión. Estaban húmedas y pegajosas, pero no había rastro de sangre.

Suspiró, aliviada, al tiempo que se tiraba de nuevo en el sofá, permitiendo que aquella placentera sensación de calma regresara a su cuerpo mientras el extraño miraba al techo con los ojos entrecerrados.

—Podías pagarme, como a la rubia de las tetas grandes —le salió de algún sitio.

Este giró la cabeza, mirándola con renovada curiosidad.

—¿También vas a limpiarme la casa?

—¿Entonces no cobra por sus otros servicios?

—¿Tú sí?

Decidió abandonar aquel jardín donde había vuelto a meterse ella sólita, cambiando de tercio.

—¿Tienes un cigarro?

Aspiró el humo con esa dedicada atención que solo le imprimen quienes conocen lo excepcional de un privilegio.

Se conformó con un par de caladas e introdujo la colilla en la lata de cerveza.

Oyó cómo esta se apagaba. Luego, observando de reojo al ruso, que también fumaba en silencio a su lado, creyó llegado el momento de abandonar posiciones y batirse en retirada.

No se trataba de una cuestión estratégica; al fin y al cabo, su presencia en aquella casa era un disparate de principio a fin.

Pero sí de supervivencia; aquel desconocido parecía desatar en ella las más extrañas reacciones y no quería imaginar cuál podía ser la siguiente.

Además, la invadía un sueño sobrenatural, y lo único que quería era echarse a dormir y dejar que la inconsciencia le permitiera olvidar por unas horas su errática y extravagante conducta reciente.

Rezó porque la llave de Macarena siguiera debajo del felpudo, no se encontraba con fuerzas de desandar el camino y afrontar la inmensidad del ridículo que la esperaría de vuelta.

Miró alrededor en busca de una excusa mientras el otro la observaba a través del humo del cigarrillo, que sostenía con las puntas de ambas manos, casi pegado a las yemas de los dedos, con algo parecido a una afectuosa curiosidad.

—¿Cómo sabías que tenía la rana?

Koldo suspiró, consciente de lo legítimo de la pregunta y de lo estúpido de la respuesta. Se salió por la tangente.

—¿Cómo es que la tenías?

El tipo se rio entre dientes al notar su quiebro. Luego se quedó pensativo, con el cigarro todavía en la punta de los dedos, dudando sobre la respuesta más precisa.

—En realidad no la tenía, sino que estaba aquí cuando llegué.

Se levantó de un salto, se colocó los bóxers con naturalidad y le hizo una señal a Koldo con el dedo índice para que lo acompañara.

La otra se incorporó y se recolocó la ropa con cierta precipitación.

Luego siguió sus pasos hasta que llegaron al distribuidor de su piso, el lugar a partir del cual se accedía al salón del que venían, al hall de entrada y al pasillo de acceso al dormitorio y el baño principales.

Y que quedaba, calculó sin mucho margen de error, justo encima del suyo.

El ruso hizo a un lado una vieja alfombra de motivos geométricos con el pie, dejando al descubierto el viejo parqué.

El suelo parecía recortarse dibujando un rectángulo de un metro cuadrado, en el centro del cual la madera se veía mucho más clara y brillante.

—Este hueco se cubrió varios años más tarde que el resto —le dijo.

Koldo lo miró sin comprender del todo.

—En tu distribuidor ya no habrá ni rastro y al techo de tu casa le habrán dado muchas manos de pintura desde entonces. Pero estoy bastante seguro de que este hueco era el acceso a unas escaleras que conectaban esta planta con la de abajo.

—¿Tu casa y la mía eran un dúplex? —exclamó sorprendida.

La sobresaltó el inesperado papel que comenzaba a reclamar aquella segunda planta de La Proa en el trágico vodevil que se había desarrollado hacía más de medio siglo en el piso inferior.

Rio para sí al imaginar la respuesta de Esteban, en caso de que se le ocurriera increparle por no habérselo contado.

El ruso contempló su reacción; un gesto que la hizo sentirse repentinamente suspicaz.

—¿Por qué me cuentas todo esto?

—Porque todo lo que tiene que ver contigo es bastante entretenido —contestó él, como si la respuesta fuera evidente.

Luego le señaló una doble altura sobre sus cabezas; un desnivel que dejaba el primer tramo del pasillo a menor altura que el resto y remataba el cambio de nivel por un tablón.

No recordaba haber visto aquello en su piso, seguramente porque en la primera planta no existía.

Aquel tablón era en realidad una trampilla y el techo bajo, un altillo.

—La rana salió de ahí —le explicó él, alzando el tablón para que ella pudiera verlo—. La bajé para el hijo de Olga, la mujer que viene a limpiar.

—La rubia de las tetas.

El ruso torció la boca en una mueca de asentimiento. Koldo se puso de puntillas, intentando ver el fondo del altillo. Parecía estar vacío.

—No había nada más —negó el otro—. Solo una caja con la rana. Y unas revistas antiguas.

Se lo quedó mirando, incrédula.

—¿Revistas o cómics?

La caja, vieja y entreabierta, aguardaba en el salón al que habían regresado.

Era una de las que Koldo había visto desde la ventana, un poco antes de allanar la casa.

Reteniendo la respiración, se arrodilló, apartó las tapas y sacó el contenido con ambas manos.

Un remolino de polvo se enredó entre los amarillentos haces de luz de la lámpara de pie cuando sopló sobre las primeras viñetas de un tebeo al que le faltaba la cubierta.

Era la una y cuarto de la madrugada cuando Baltasar de Figueroa le sostuvo la mirada desde esa primera hoja con aquellos fríos e inquietantes ojos de mujer fatal.

Se sintió sobrepasada por todo lo que había pasado en apenas una hora.

Y buscó a alguien con quien compartirlo.

Incrédula y maravillada, se tropezó con el rostro del ruso, quien, todavía de pie, la observaba con interés. Entonces cayó en la cuenta.

—¿Y tú quién coño eres?