Ayer en mi patio Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

El salón, un poco menos amplio que el suyo debido a la prolongación de la que se benefició la planta inferior décadas atrás, se veía aletargado, tal vez agradecido de que lo hubieran olvidado por un rato, pero dispuesto a ponerse en marcha en cualquier momento.

Varias revistas, algunas abiertas, tapizaban el sofá de cuero; un par de latas de cerveza, abiertas también, reposaban a sus pies; una pila de colada esperaba tumo en el sofá que estaba frente a ella, y un televisor de pantalla plana y unas dimensiones capaces de proporcionar sombra durante el día a gran parte del salón presidía el lado más cercano a Koldo.

Se puso de puntillas y estiró la cabeza para mirar por encima del mismo, de forma que sus ojos pudieran procesar nuevos detalles.

Diseminadas aquí y allá, acertó a ver media docena de cajas.

Abiertas algunas, cerradas todavía unas cuantas, como una mudanza a medio empezar o seguramente sin interés por terminar del todo.

A diferencia de su salón, en este no había biblioteca de obra, pero sí una muy funcional, colocada en la pared izquierda, con una considerable cantidad de libros.

Los observó perpleja, pero no había luz suficiente como para identificar los títulos.

Siempre podía intentar asomarse un poco más.

Echó el cuerpo hacia atrás, buscando con la cabeza la ventana que quedaba más allá, la del dormitorio.

Estaba abierta, pero con las persianas echadas.

El silencio la reafirmó para continuar con su trabajo de campo, ya más afianzada en la escalera, con las manos apoyadas en esa especie de porche que formaba la prolongación del techo de su propia casa y el cuerpo echado hacia adelante, inclinado hacia la ventana.

Con la cabeza ladeada, la vista le dio lo suficiente como para leer un par de títulos.

Cirílico. Chasqueó la lengua, fastidiada.

¿Qué esperaba? Se disponía a probar suerte con el siguiente lomo cuando sus ojos, cada vez más acostumbrados a la semipenumbra de aquel espacio, la arrastraron hacia arriba, a la parte alta de la estantería.

Frunció el ceño para entender mejor las líneas de aquella pequeña silueta que reposaba en quietud, cuyo color no se adivinaba del todo, pero cuyos rasgos, como invocando algo, miraban hacia el cielo.

Tenía los ojos fijos y la boca abierta, como si toda su existencia se redujera a atrapar algo, una gota quizá, que nunca acababa de caer del todo.

Koldo notó cómo las costillas le pinchaban la carne al tiempo que la impresión le hacía perder el equilibrio momentáneamente.

Abandonó el apoyo improvisado del porche para asirse de nuevo con fuerza a la escalera mientras jadeaba.

Luego se tapó la boca con su propia mano, volviendo a observar aquello.

Ahí estaba, ajena al mundo y a todo lo que de él devenía, esquiva como solo quienes ignoran que son buscados pueden serlo, la pieza nunca cobrada, el trofeo más codiciado, la pieza extraviada. La cuarta rana.

Si Koldo hubiera sido capaz de razonar en aquel momento, no habría sabido decidir si le sorprendía más su hallazgo o que solo un día antes hubiera deducido que su desaparición quizá se remontara al momento mismo de la muerte de Pascual Silva.

Arrastrada por lo que casi parecía una revelación y borracha de adrenalina, luchaba contra aquella pulsión que conocía tan bien: la inevitabilidad.

No lo pensó demasiado. Volvió a apoyar las manos en el porche de su propia casa y, tomando impulso, inclinó el peso hacia delante y subió primero una rodilla, y luego la otra.

A cuatro patas, se acercó con un pequeño gateo en dirección a la ventana abierta y se asomó por el marco.

Silencio absoluto. Con cuidado de no romperlo, giró las piernas hasta dejarlas colgando dentro de la casa y, tras apoyar la izquierda sobre un taburete cercano que no había visto desde la escalera, se dejó caer con suavidad en mitad de aquella desordenada calma.

Descalza y de puntillas, avanzó con cuidado hasta colocarse a la altura de la figura que, no obstante, seguía estando por encima de su cabeza.

Alzó los brazos, la cogió con las manos y la acercó hasta su rostro.

No había duda. La acunó, con la mirada extasiada y un poco perdida, como si llevara tiempo ansiando hacer con ella aquello que nunca había podido hacer con las otras.

Se preguntó si robar algo que en realidad le pertenecía sería robar.

Pero, sobre todo, se preguntó qué hacía en aquella casa.

No se decidía a decantarse por ninguna de las teorías que le venían a la cabeza.

O bien el ruso desconocía todo lo referente a aquel hermético batracio, lo que sería decepcionante, o bien estaba al tanto, lo cual, en cierto modo, sería aún peor.

Con la rana en brazos, se dispuso a proseguir aquella huida hacia adelante, buscando la puerta que daba al hall de salida.

Lanzó una última mirada hacia la ventana, aún abrazada a la figura, antes de dirigirse a la puerta.

Pero no pudo continuar con su retirada. Recortado en la penumbra, sus contornos bien dibujados, el ruso la observaba con una expresión que el susto que la invadió no le permitió discernir.

El blanco de los ojos apareció y desapareció de su rostro un par de veces, quizá en un pestañeo motivado por la incredulidad.

Quedó definitivamente estabilizado al tiempo que la figura, cuya lenta reacción resultó más aterradora si cabe que si hubiera saltado sobre ella gritando, avanzó un paso.

Si el estado de Koldo hubiera estado lo más avanzado, seguramente habría roto aguas.

En su defecto, notó cómo la ropa interior se le mojaba, y esta vez sabía que no era sangre.

La voz del tipo rompió aquel loco silencio.

—Dame una razón para no llamar a la policía.

La petición, en aquel tono grave cuyas inflexiones, alcanzó a darse cuenta, no eran del todo extranjeras y sí de una extraña familiaridad, le pareció inexplicablemente dialogante, algo que quedó muy lejos de tranquilizarla. En realidad, debería estar cumpliendo su amenaza.

—¿Por qué no lo haces? —La pregunta sonó más a un ruego que a un desplante.

El ruso, si es que lo era, avanzó otros dos pasos, invadiendo su espacio vital con aquel cuello ancho y encarándola desde uno de los ángulos de su nariz torcida.

Frunció la mirada, como si intentara descifrar un enigma, y Koldo rezó porque la perplejidad siguiera neutralizando cualquier otra medida de carácter más violento mientras trataba de serenarse lo suficiente como para darle una explicación.

Entonces cayó en la cuenta. En realidad, no la había.

Lo que se le había antojado como un puñado de buenas ideas, una serie de pasos lógicos y casi inevitables motivados por la necesidad, la había llevado a la más insensata de las situaciones.

Se vio a sí misma, tras irrumpir por la ventana y en paños menores, con la rana en brazos.

Ahí fue cuando le dio la risa nerviosa. Le nacía de la boca del estómago y, por más que hizo por contenerse, se le escapaba a borbotones por la garganta.

Se preguntó si estaría volviéndose loca por momentos, si sería aquel tiempo disparatado, la inactividad continuada, el delirio hormonal.

No tuvo tiempo de decidirlo, porque la tragedia de su sino la conmovió hasta tal punto que la risa se tornó en llanto y en ese mismo instante se puso a llorar.

Desquiciada y ruidosamente. Fue entonces cuando el hombre, que no había llegado a avanzar más allá de aquellos primeros pasos, pareció dudar y comenzó a retroceder.

Muy despacio, como si fuera una pequeña e impredecible criatura salvaje a la que no fuera conveniente darle la espalda, dio marcha atrás paso a paso hasta que atravesó el umbral de la puerta por el que había llegado y desapareció.

La situación se transformó en cuestión de segundos en una suerte de lunática fantasía.

El salón parecía haber sido abandonado a su suerte y solo los hipidos de la presunta asaltante rompían la quietud de aquel tranquilo patio de vecinos durante una noche de tormenta.

El tipo regresó al poco tiempo. Habituada a la misma, la oscuridad era ya una luminosa penumbra, y Koldo observó con sorpresa cómo este le tendía una de las dos latas que traía consigo.

El olor que se desprendió de él con el movimiento también la pilló desprevenida; olía a fresco, a sal y a viento, como si hubiera salido de la propia tormenta.

Tras devolver de forma un tanto torpe la figura de la rana a la estantería de donde la había cogido minutos antes y quedarse momentáneamente paralizada, aceptó la lata.

Estaba fría, casi tan helada como el olor de su anfitrión, y el contacto con su palma, sumado a la tregua que se deducía del gesto, la tranquilizó lo suficiente como para observar al tipo que, tras sentarse en el sofá, había cruzado las piernas con aceptable elegancia y balanceaba una de sus chancletas en su dirección mientras le daba un largo trago a su lata.

No parecía estar a la espera de una explicación; parecía limitarse a contemplar con aire remoto el cuadro, sin duda patético, que se le ofrecía ante los ojos.

Se diría que cualquier demanda de información pudiera estropear las conclusiones que estaba sacando por sí mismo.

O tal vez se limitaba a beber cerveza con una pasmosa ausencia de interés, como si Koldo fuera una polilla dando bandazos en busca de luz y su partida fuera tan inminente y poco excitante como su llegada.

Pensativa, abrió la lata con un chasquido cuyas gotas le alcanzaron la cara.

Le dio un par de tímidos tragos a la cerveza, mirando a los atractivos ojos claros del tipo por encima de esta.

—No eres solo ruso, ¿verdad?

—¿Solo ruso? —Lanzó una carcajada.

Y a Koldo, las rotundas eses de aquella respuesta no le sonaron tan rusas.