Ayer en mi patio Capítulo 30
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Capítulo 30

El estado que se apoderó de Koldo al colgar al señor Atienza fue parecido al que había poseído al propio joyero al hacer la llamada.

Cada nueva pieza que contribuía a armar aquella historia, por momentos delirante, acababa añadiendo una nueva incógnita a la misma.

Teodora Galindo, la mujer que aquella impostora tan interesada en su casa decía ser, estaba muerta.

Pascual Silva, la única baja oficial de aquel fatídico día, parecía haber vuelto a la vida.

Echada en la tumbona, la joven observó de reojo aquellas tres ranas mudas y obstinadas que la acompañaban en sus cábalas, deseando saber lo que ellas sabían, y resignada a que lo único que sus bocas vomitaran eternamente fuera agua.

Sintió nacer la irritación ante el chorro incesante de aquellas cariátides color esmeralda.

Inmunes a lo que acontecía a su alrededor, incluso a la súbita desaparición de una de ellas, se entregaban con imperturbable actitud a su monótono cometido: generar agua, escupir agua; engendrar agua, propagar agua. Solo agua, agua, agua…

Se despertó sobresaltada. Y mojada. Tardó apenas un instante en entender que seguía echada en la tumbona del patio, y algo más en interpretar la razón de la humedad.

Era de noche y llovía. Las gotas surcaban su rostro como si hubiera estado llorando y la envolvía una ligera sensación de falta de aire, como si el cerebro, en el tránsito de la inconsciencia a aquel húmedo despertar, no supiera interpretar la naturaleza del momento y hubiera decidido que se ahogaba.

Se incorporó, como activada por un resorte, y trató de abrir la puerta que daba al salón.

Estaba cerrada. Comenzó a aporrear el cristal.

En aquel patio que se encharcaba por momentos, Koldo asumió que, por mucho que lo golpeara, nadie acudiría en su ayuda.

Resignada, giró sobre sus pasos y se cobijó bajo el cenador.

Macarena había debido cerrar la puerta antes de marcharse, creyendo que Koldo dormía plácidamente entre las sábanas de su propia cama, a salvo en su dormitorio.

La realidad, en cambio, es que la lluvia caía alrededor del toldo creando una especie de marco en cuyo centro aparecía la curiosa imagen de la joven, envuelta en un kimono, sentada sobre la mesa y con las piernas alzadas sobre una silla.

No era el peor de los escenarios; la gruesa tela del toldo le protegía lo suficiente y no hacía tanto frío en realidad.

Pero no había solución inmediata a la vista y aún podía empeorar.

Como corroborando sus propias reflexiones, en aquel preciso instante la tormenta se erizó como una ola a punto de romper y se precipitó a su alrededor con la furia desatada de una intensa explosión.

Tres o cuatro relámpagos, a los que siguió muy de cerca el estrépito de sus correspondientes truenos, indicaron el momento exacto en el que el temporal surcó los cielos de La Proa.

Koldo creyó ver cómo uno de ellos caía entre Eurídice y Orfeo.

Duró poco. Tras apenas diez minutos torrenciales donde nadie habría podido escucharla en caso de haber gritado pidiendo ayuda, el cielo comenzó a aplacarse y la acometida perdió intensidad, permitiendo oír la lluvia en lugar del estruendo.

Con aquellas gotas espaciadas llegó el ruido de regueros, cañerías y canalones por donde el agua vomitada iba buscando su camino hacia las tripas del edificio.

En el patio, que se había convertido en una suerte de embalse, comenzaba a dirigirse hacia los dos desagües principales, generando pequeños remolinos a los pies de la mesa donde Koldo aguardaba sin saber muy bien qué.

Cogió el móvil; estaba sin batería. Suspiró para sus adentros.

No sabía calcular la hora; tampoco habría podido hacerlo en caso de que las nubes hubieran permitido ver la altura a la que se encontraba la luna.

Pero intuía que era alrededor de medianoche, no muy entrada la madrugada.

Y estaba encerrada fuera de su casa. El sinsentido no podía ser mayor.

Supuso que no era la mejor hora para buscar auxilio en alguna casa vecina, pero no tenía muchas más opciones.

Eso, o pasar la noche en vela sentada sobre una mesa.

Un ruido la sacó de sus cavilaciones, iluminando aquel negro patio con un rayo de esperanza.

Provenía de la casa de la presidenta; la puerta que daba al patio pareció abrirse sin que ninguna luz acompañara a aquel gesto y dos bultos emergieron al exterior.

En plena oscuridad, se intuía más por el movimiento que por las manchas en sí.

También por los susurros. Koldo, que tenía ya la boca abierta para pedir ayuda, volvió a cerrarla.

—Lo más fácil es pasar en plena noche y mirarlo todo a conciencia —dijo una voz de mujer.

—¿Y los vecinos? —le respondió otra.

La primera, certificó, era la voz de barítono de Esmeralda, que siguió hablando.

—Soy la presidenta, algo se me ocurrirá. Asomémonos un momento.

Koldo contuvo el aliento cuando vio que ambos bultos descendían en silencio, asomándose ante la pequeña franja abierta que comunicaba los dos patios.

Subida a la mesa, mimetizada parcialmente tras una de las columnas de la pérgola y quieta, supuso que su presencia pasaría desapercibida si nadie esperaba encontrarla.

—Tiene que estar ahí —insistió la presidenta.

—Esmeralda, en la fuente no hay nada; te lo aseguro. Solo esa estúpida baldosa que encontré buscando el anillo —respondió la otra mujer.

Desde la mesa, Koldo se asomó con cautela, intentando adivinar algún indicio en las sombras, pero las figuras, que habían quedado al otro lado de la mampara, ya se estaban incorporando.

—Hago lo que me digas, pero no creo que sirva de mucho. ¿Quieres que vuelva?

La segunda mujer, ya en pie, apoyó el brazo en el murete al dirigirse a Esmeralda, permitiendo que la mano asomara parcialmente al patio de Koldo.

No fue necesario que la luna emergiera en aquellos momentos para que la joven distinguiera con claridad que aquella extremidad no tenía todos los dedos que se hubieran esperado en ella.

Notó cómo las órbitas se le dilataban, mientras el latido de su corazón se aceleraba hasta convertirse en una bomba capaz de drenar toda la sangre de su cuerpo.

—Estoy pensando otra cosa.

Temió tontamente que el latido interno de sus vísceras la delatara.

Para su fortuna, la mano mutilada fue retirada del murete y ambas mujeres desaparecieron por donde habían venido.

El chasquido de la puerta del salón de Esmeralda al cerrarse fue la señal para poder volver a respirar.

Solo le quedaba una opción. Cuando logró apaciguarse lo suficiente y el único recuerdo de la tormenta era un patio mojado, bajó de la mesa con cuidado, evitando resbalarse.

Se quitó el kimono, que no era la prenda más cómoda para maniobrar, y se despojó de las alpargatas, cuyas suelas de esparto tienen la mala costumbre de engordar con el agua y ponerse rígidas.

Descalza, se dirigió hacia la puerta que daba al salón.

En su lateral aún seguía apostada la escalera.

Procurando no hacer ruido, la abrió y se aseguró de que quedaba bien afianzada en el lado que daba al patio de los Trebujena.

Vestida con un pijama corto de algodón azul cielo que había comprado en un mercado de prendas antiguas y tendría la misma edad que el suceso responsable de todo aquel barullo, comenzó a ascender con cuidado mientras echaba miradas de reojo, atenta a cualquier nuevo movimiento en casa de la presidenta.

Una vez arriba, se asomó con cuidado al patio de Esteban y Amelia.

Solo tenía que subir al porche y dejarse caer un poco más allá, en el lado de los Trebujena, teniendo cuidado de hacer pie en el murete y utilizar la silla del día anterior como apoyo intermedio antes de llegar al suelo.

Dejó escapar un gemido al caer en la cuenta de que la silla había desaparecido.

Y se maldijo en silencio mientras recordaba que ella misma había sido la responsable de que Esteban la cogiera esa misma tarde para su improvisada merienda.

Valoró la distancia entre la parte superior de la pared y el suelo sin la existencia de la silla.

En circunstancias normales se hubiera dejado caer sin problema, pero en su estado la cosa cambiaba de forma drástica.

Si Esteban hubiera sido la persona que ocupaba el dormitorio que daba al patio, habría podido susurrar hasta despertarlo, pero era su hermana quien lo ocupaba.

Y en caso de gritar lo suficiente como para que el anciano la oyera desde el fondo del piso, no tenía ninguna duda de que Esmeralda también lo haría y sabría que había sido testigo de sus recientes maniobras en el patio.

Encaramada a la escalera y con sus opciones agotadas, sacudió la cabeza tratando de hallar en algún recoveco el eco de una idea.

Fue entonces cuando sus ojos tropezaron con una ventana, apenas a un metro de su radio de acción.

La persiana levantada y el cristal entreabierto generaban una sutil corriente de aire que parecía requerirla.

Y la situación era lo suficientemente desesperada como para prestar atención a aquel canto de sirenas.

Sin que lo viera venir, Koldo había quedado apostada a la altura exacta del salón a oscuras del vecino ruso.

En su interior solo se adivinaban siluetas informes, bultos desdibujados en un espacio que hasta el momento había tomado la decisión de no mirar.

Pero la necesidad y, por qué no, la curiosidad, pudieron más.