Capítulo 29
La frente de Koldo estaba perlada de sudor y el cabello se le había pegado a la nuca tras la llamada telefónica.
Certificó para sus adentros que hablar con su madre podía calificarse de deporte de alto riesgo y que se estaba tomando con demasiada ligereza la sugerencia de Castillo de la Ensenada de incorporarse a su vida normal.
No estaría de más poner un rato el móvil en silencio.
Quizá incluso fuera un buen momento para abrazar el sofá y retomar ese libro de Siberia que se había convertido en comparsa silenciosa de estos meses.
Iba siendo hora de terminarlo y clavar una chincheta más en aquel mapamundi de travesías imaginadas. Alguien pareció estar de acuerdo.
—¡Koldo! —le gritaron desde el interior de su propia casa—. ¿Se puede saber qué haces de pie y vestida?
La joven sabía que ningún ladrón se molestaría en amonestarla, pero no pudo evitar un vuelco en el corazón al oír el grito proferido por Macarena desde la cocina. La señora se asomó al salón al mismo tiempo que Koldo se echaba la mano al pecho.
—Maca, casi me meo encima; ¿cómo se te ocurre?
—¿Quién esperabas que fuera, Pascual Silva?
Se la veía extraña sin su delantal. Vestía un fino chándal rosa, calzaba unas deportivas con cuña y llevaba las uñas pintadas en dos tonos, lo que le imprimía cierto exotismo inesperado.
—Buenas noticias —le dijo, buscando amansarla con la misma fórmula fallida que había utilizado con su madre—; el ginecólogo me ha dicho que todo está en orden y que ha pasado el peligro. Tengo luz verde para hacer vida normal.
Con los ojos a media asta y un trapo de cocina a rayas en la mano, Maca guardó silencio. Solo un momento.
—Si acabas de entrar por la puerta, quiere decir que hoy ya te has fundido la parte de vida normal que te corresponde.
En silencio, Koldo se vio obligada a darle la razón. Pero no dejaba de sorprenderle lo poco inclinada a celebraciones que estaba resultando la gente a la que le había dado la buena nueva.
—Escucha, sé que hoy te encantaría dedicarte a recorrer los patios del vecindario acompañada del calavera de mi hijo.
Sí, sí. —Alzo la mano del trapo, reclamando un silencio que nadie había interrumpido—.
A mí no me la dais. El otro día lo intercepté a tiempo, mala suerte.
Pero resulta que nos tenemos que ir ahora mismo para Albacete.
Al hijo de mi cuñada le han quitado los puntos del carné y no tiene quién la lleve mañana al hospital, así que le ha tocado a mi Eduardo hacer de buen samaritano.
Koldo obvió el dato, hasta cierto punto significativo, de que su Eduardo no tendría todavía ni diecisiete años.
—Conduce de maravilla desde los catorce —le aclaró esta con orgullo, al margen o no de que estuviera leyendo lo que pasaba por su cabeza.
—Y tampoco tendrían puntos que quitarle.
Macarena asintió, insensible a la ironía.
—Eso también. Pero vamos, va a ser cosa de un día. Para pasado mañana esperamos estar de vuelta en Madrid; hasta entonces, procura no hacer mucha vida normal —le dijo, alzando el dedo índice de manera admonitoria—. Y ahora, si me haces el favor, a la siesta.
Koldo supuso que Macarena se iría por la misma puerta por la que había entrado sin decirle qué había venido a hacer. La Proa era un coladero de vecinos y su casa había sido definitivamente engullida por la dinámica imperante. Pero la madre de Eduardo se redimió justo a tiempo.
—Te he puesto una lavadora que voy a tender ahora. Tienes una tortilla de patatas en la encimera para cenar y te he dejado un salmorejo y unas albóndigas en la nevera para mañana. Con salsa de zanahorias y su punto de nuez moscada, como le gustan a mi Eduardo.
El rostro de Koldo se ensanchó en una sonrisa que Maca desestimó con un golpe del trapo en el aire.
—Lo más importante. También te he dejado el documento de la junta de vecinos de hace dos años en el salón.
Una pena que se me pasara la convocatoria de la última, porque ahí hubiera puesto yo los puntos sobre las íes.
He intentado coincidir con Esmeralda en el patio para hablarlo con ella, pero la señora no se ha asomado por ahí.
Te recomiendo que se lo comentes tú en cuanto tengas ocasión.
El apartado de las humedades es, palabra por palabra, igual que el de la última junta extraordinaria.
—Hizo una breve pausa—. Supongo que son buenas noticias. Raras, pero buenas, al fin y al cabo.
Koldo recibió la información con el mismo receloso entusiasmo con el que se lo trasladó Macarena. No sabía si sentirse aliviada o extrañada.
—¿Eso qué quiere decir? ¿Que hay un malentendido y no hay humedades? ¿No debería bajar al Mascarón para enterarme bien?
—Ya lo he hecho yo nada más encontrar los papeles —prosiguió su vecina—. En El Mascarón no hay humedades. No las ha habido desde hace dos años y yo me ocupé de solucionarlas.
Que la amenaza de una fuga presuntamente originada en su patio fuera, en realidad, fruto de una confusión o un fallo administrativo, era una gran noticia. De la intención detrás de dicho error o presunto entuerto, sin embargo, no sabía hasta qué punto preocuparse.
—En fin —desestimó su vecina—, hoy ya no puedes hacer nada.
Excepto echarte un rato, cenar un poco de tortilla más tarde e irte a dormir temprano.
Voy a tender tres trapos y cuatro bragas que tenías en el cubo de la ropa sucia y me voy.
No quiero oírte en el rato que esté aquí.
Cerraré con llave y la dejaré debajo de la alfombra, que nunca se sabe.
Koldo asintió a todo sin protestar; sabía que no era mala idea echarse media hora.
Y olvidarse de patios, ranas y anillos. La tarde había refrescado lo suficiente como para garantizar que sus sábanas le dieran una fresca bienvenida.
Y sumergirse en ellas le aportó el mismo placer que zambullirse en una piscina de aguas azules.
Decidió abandonarse un rato a su caricia.
No duró demasiado. Un sonido que al principio no supo identificar y que, tras el tercer tono, dedujo que era la vibración de su móvil demandando su atención desde el salón, la animó a incorporarse pasados los doce tonos.
No esperaba ninguna llamada, pero nunca había sabido vencer la curiosidad de saber quién se tomaba la molestia de reclamarla durante lo que consideraba un periodo de tiempo tan prolongado como para rozar la descortesía o ser decididamente urgente.
La sorpresa que le procuró el nombre que aparecía en la pantalla no pudo ser más agradable.
Temerosa de que Maca la viera de nuevo en pie, salió al patio mientras respondía.
—¿Don Braulio? —dijo con un murmullo.
Interpretando aquel tono de manera equívoca, el venerable joyero, uno de sus nonagenarios predilectos, carraspeó antes de saludarla y se disculpó creyendo que aquel no era el mejor momento.
—¡En absoluto! —le respondió ella con su tono más jovial una vez salió al patio y volteó la puerta—.
Usted siempre es oportuno. Quien tiene la molesta costumbre de requerir de sus valiosos conocimientos soy yo, y usted, la cortesía de no negármelos nunca —bromeó, mientras se ponía el kimono que colgaba del respaldo de una de las sillas de mimbre.
La temperatura estaba cayendo en picado.
—No seas lisonjera —la reprendió el anciano con amable severidad—. Pero me alegra que puedas compartir conmigo un poco de tu tiempo. Quería comentarte algo a lo que vengo dándole vueltas desde nuestra última conversación, y que todavía no he decidido si es pertinente o un absoluto disparate.
Con la misma insaciable curiosidad que venía persiguiéndola desde que su destino se cruzara en aquella casa con el de Pascual Silva, Koldo se recostó en la tumbona, dispuesta a no perderse ni una palabra de lo que el veterano joyero tuviera que contarle.
—Siete u ocho años más tarde de la tragedia sobre la que hablamos el otro día, y durante una subasta en Londres, un grupo de joyeros españoles nos reunimos en el bar del hotel Dorchester para tomar unas copas mientras repasábamos las piezas subastadas aquella tarde.
A los joyeros de mi época solía gustamos hablar de piedras tanto o más que de mujeres —se excusó—, así que una cosa llevó a la otra y de una piedra saltamos a otra hasta que un colega portugués se refirió a una esmeralda que había tenido la oportunidad de tasar años atrás y cuyo recuerdo todavía le sobrevenía en sueños; sin duda, la más sobrecogedora que jamás hubiera tenido ocasión de acariciar con sus propios dedos.
Se trataba de una portentosa piedra de treinta y nueve quilates que, según recordó, parecía irradiar una luz propia, de un verde profundo, como si un fuego opaco la iluminara desde el interior.
Casualidades de la vida, constituía la piedra central de un pendiente, y el cliente quería separar la piedra del resto de la pieza, vender el pendiente y tasar la piedra.
Recostada en la tumbona y con el móvil pegado al oído, un escalofrío se propagó por la espalda de Koldo, acentuado por el frescor que comenzaba a imperar en el patio, instándola a abrazarse a su propio kimono.
—¿Cree que se trataba del otro pendiente?
—Se me pasó por la cabeza, no te voy a engañar.
La coincidencia no dejó de sorprenderme, pero por aquel entonces tenía asuntos más urgentes de los que ocuparme y no le di demasiadas vueltas.
Ahora las cosas han cambiado. —Rio para sí ante la obviedad del comentario—.
Tras la conversación que mantuvimos el otro día, no he podido dejar de pensar en aquel otro pendiente; también me he planteado si la memoria no me estaría jugando una mala pasada, forzando una casualidad intrascendente en una sugerente segunda parte de mi relato.
Movido por un pálpito, sin embargo, la semana pasada me propuse localizar al portugués.
No fue fácil, la joyería había cerrado hacía décadas.
Pero mi nieta dio con un negocio en Oporto dedicado a la alta relojería que llevaba el mismo apellido de aquel hombre.
Lo había fundado uno de sus hijos, con quien no tuve problemas en contactar.
Me explicó que su padre había fallecido quince años atrás.
Tras darle el pésame, me lamenté en voz alta de no poder hacerle la curiosa consulta que me había animado a buscarlo cuatro décadas después de nuestro último encuentro.
Su hijo, que había heredado de su padre la fascinación por las piedras y al que afortunadamente le gustaban los misterios, se mostró seducido por la historia que le conté y encantado de solucionar mis dudas.
Su madre, me dijo, todavía guardaba los libros de cuentas y los cuadernos de notas a los que, al parecer, su padre era tan aficionado.
Me devolvió la llamada ayer mismo. Me confirmó que aquel trabajo y aquella tasación tuvieron lugar en la joyería de su padre.
El nombre no se correspondía con el de Pascual Silva, pero por lo particular del encargo y las características de la esmeralda no había error posible.
Además, su madre, que por aquel entonces ayudaba en la joyería, lo recordaba perfectamente.
«Tenía una mirada extraña —recitó, replicando sus palabras—; como si fueran los ojos de una mujer los que miraran a través de aquel hombre».
Koldo dejó escapar una exclamación.
—¡Entonces era Pascual! ¡Estaba vendiendo el otro pendiente de la pareja!
Al otro lado, el anciano temía que lo que iba a decir a continuación tal vez fuera más propio de un desvarío senil que de un relato. Sin embargo, las fechas eran las que eran.
—Falta un detalle significativo para completar la narración. Y, de acuerdo con los libros, los cuadernos y lo que dice su viuda, no hay error posible. El encargo fue hecho en noviembre de 1966, dos años después de la tragedia que tuvo lugar en el patio de su casa.