Ayer en mi patio Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

El anciano dio señales de sentirse auténticamente sorprendido.

Su rostro, habituado a dominar la situación, mostraba una estupefacción sin reservas que, lejos de hacerlo parecer el anciano que era, le restó años hasta recordar al de un niño.

La omnisciencia, sin embargo, no tardó en volver a su expresión, como si apenas hubiera necesitado un par de segundos para recalibrar la situación y hacerse una nueva composición de lugar.

—Me parece poco probable.

—¿El qué, que vaya a recuperar el anillo?

—Que sea Teodora Galindo.

—¿Por qué está tan seguro?

—Porque Teodora está muerta.

Su tono no fue el de una gran revelación, sino el de un secreto compartido; una verdad de sobra conocida que, sin embargo, era necesario recordar.

Koldo se removió en la mecedora, inquieta, tratando de quitarse de encima aquella mirada que, a su pesar, le recordó a la de Tristán en El Mascarón. El anciano continuó:

—Lo sé porque yo mismo lo leí en su lápida.

—¿Fue usted a ver su tumba? —preguntó Koldo, incrédula.

—Me lo pidió don Gregorio antes de morir.

La había tenido localizada durante aquellos años, esperaba compensarla de algún modo.

Pero nunca encontró el momento. Ni el valor.

La desgracia, además, no tardó en pasarle factura, su salud quedó muy tocada aunque le sobrevivió un par de décadas a su hijo.

Así que yo mismo me encargué de velar por ella en la distancia y visité la tumba a su muerte.

Quería asegurarme de que todo lo que había dejado atrás estaba en orden.

—¿Cuándo fue eso?

—Oh, hace unos cuantos años. Demasiados, supongo.

—Volvió a mirarla con interés—. Murió en 1992, tenía cuarenta y siete años.

Pero desgraciadamente la muerte, que se sepa, no es una condición reversible.

Así que estoy tan convencido como tú de que esa mujer que se empeña en agasajarte con su compañía, sea quien sea, no es Teodora.

El móvil de Koldo los sacó de aquella confidencia suspendida en el pasado. Era su madre. Koldo respondió al aparato un poco espesa, como si regresara de un largo sueño.

— Ama , dame un momento —la saludó. Se levantó de la mecedora e hizo un gesto de disculpa señalando al móvil que tenía en la mano—. Esteban, disculpe, es mi madre y tengo que hablar de un asunto urgente con ella.

—Ningún problema, podemos retomar en cualquier otro momento —le respondió el otro, incorporándose también y acompañándola del patio al salón y de ahí al hall de entrada con la sutil eficacia de alguien acostumbrado a atender las necesidades de los demás—. Ya sabes dónde estamos. Y que te esperamos.

Esteban esbozó una media sonrisa difícil de interpretar que a Koldo le trajo a la memoria aquella que colgaba de una de las paredes del Louvre. Koldo se despidió de él con un gesto de confuso agradecimiento y se quedó en el descansillo, a solas con su madre.

—¡Parece que nos hemos leído el pensamiento, porque estaba a punto de llamarte! ¿Cómo va ese tobillo, mami? —le saludó su hija, animada.

—Acabemos pronto con los preámbulos —la interrumpió su madre desde Bilbao con un tono que sonó crispado—. Mi tobillo está ya perfecto; listo para subirse a cualquier escalera. Pero tengo entendido que tú no.

Con la mano que sujetaba las llaves apuntando hacia la puerta y la otra sosteniendo el móvil, Koldo no fue capaz de procesar en tiempo real el significado de lo que su madre le estaba diciendo, por lo que la pausa que esta guardó no fue debidamente aprovechada.

Su madre continuó hablando de forma atropellada; la llave se quedó dentro de la cerradura y la puerta sin abrir.

—Tengo aquí a Iso, que lo ha cantado todo como un jilguero.

No sé qué métodos ha utilizado Sisi, pero esos ojos de carnero degollado que me está poniendo tu amiga no van a servir de nada.

Ni lo que tú me digas. Iso, ponme ahora mismo el manos libres ese —su voz se alejó un momento del aparato, para volver a continuación—, que os voy a decir dos palabritas a las dos.

Solo será un momento, mientras Iso me compra un billete de autobús a Madrid, porque me voy ahora mismo para allá.

Se oyó una secuencia de ruidos que indicaba un cambio de manos del aparato con más o menos suerte, su probable caída al suelo, algún exabrupto proferido por distintas partes y el restablecimiento de las comunicaciones, esta vez en modo manos libres, ya que fue Iso quien tomó la palabra.

—Lo siento, Koldo. No sé cómo lo intuyó mi madre, pero cuando amenazó con venirse otra vez a Madrid, lo solté todo.

Aquel pequeño impasse , en cualquier caso, sirvió para que Koldo se recompusiera a tiempo para aprovechar el silencio posterior.

— Ama , dame un momento para explicarme.

Siento mucho no habértelo dicho antes; no podías hacer nada y no quería preocuparte sin necesidad.

Pero ya está todo en orden. Hoy mismo he estado en el ginecólogo y me ha dicho que el peligro ha pasado y que mi embarazo ya no es de riesgo.

Está todo en orden y, salvo imprevistos, puedo hacer vida normal.

Vamos, que ahora la cosa va en serio y ya se puede decir aquello de ¡estoy embarazada!

Un silencio sucedió a su entusiasta declaración, proferida en mitad de un pasillo en el que hizo eco. Percibía el callado aquelarre al otro lado de la línea e intuía el genio vasco de su madre librando su particular batalla.

— Ama , por Dios, no seamos disfuncionales y alégrate, anda. ¡Qué vas a ser amama !

Oyó algo parecido a un suspiro al otro lado.

—Tu madre está llorando en silencio revestida de una gran dignidad, ya la conoces. Las lágrimas surcan su rostro mientras empapan la merluza que estaba cocinando —informó Iso con tono socarrón.

—Ay, hija —se le escuchó por fin a su madre—. Cuando decías que lo ibas a hacer por tu cuenta, no me imaginaba que además de prescindir del padre ibas a hacerlo también de mí.

—Ya me conoces; soy demasiado indecisa como para estar a merced de lo que otros opinen.

—Vaya susto me has dado y qué alegría, creo que voy a sentir dentro de un rato —resumió su madre con eficacia—. ¿Seguro que está todo bien?

—Está todo bien, ama . En unos días iré a Bilbao y lo hablaremos todo con calma, ¿te parece?