Ayer en mi patio Capítulo 28
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Capítulo 28

Nadie había ido a arreglar el aire acondicionado y, sentada en el sofá, notaba la camiseta de tirantes pegada a la espalda.

Aquel tedio sofocante, carente de la carga de preocupación que la había tenido retenida hasta entonces en el sofá, se había tornado volátil durante la tarde.

Necesitada de distracción, decidió hacer una visita pendiente.

Se tomó su tiempo en la ducha, disfrutando de no sentirse acechada por aquella insaciable horizontalidad que la había reclamado para sí a lo largo de aquellos dos meses.

Percibió el champú serpenteando por sus largos cabellos y el frescor en la piel cuando salió.

Bañó su cuerpo en leche hidratante e inhaló el aroma dulzón del karité, lo que le llevó a recordar aquel vestido ligero, de evocadora espalda descubierta, abandonado a su suerte en el armario.

Se vistió, cogió las llaves y, con el pelo todavía húmedo barriendo su espalda, se dispuso a subir a la planta de arriba.

No había tenido aún tiempo de cerrar la puerta cuando una silla de ruedas le salió al paso, interceptándola en plena misión.

Eran los hermanos Trebujena; asomaban por el umbral del montacargas y la casa de Koldo les pillaba de camino a la suya.

Amelia, con su atildado recogido de tonos malvas, dormitaba en la silla con la cabeza ladeada.

Esteban hizo gala de aquella amable sorna que, al parecer, era marca de la casa.

—¿Hoy no hay bizcocho? —La saludó, inclinándose con cortesía.

Su hermana estaba cubierta por una delicada manta y él llevaba una fina chaqueta gris, que no parecían fuera de lugar, como si las personas de cierta edad estuvieran exentas de vestir de acuerdo con la climatología. Más aún, como si estuvieran exentas de padecerla. Koldo negó con la cabeza.

—Se me acabaron los bizcochos.

—No te preocupes. A mí no —le dijo, abriendo la puerta de su casa e invitándola a pasar.

Koldo no se lo pensó demasiado; el piso de arriba podía seguir esperando. Y no quería desaprovechar una buena excusa para volver a curiosear en casa de sus vecinos. Le hizo un gesto para que aguardara un momento y desapareció dentro de su casa, para volver al poco con algo en la mano.

—Pero a cambio traigo una revista —dijo, levantando El Caso a la altura de los ojos de Trebujena como si fuera una Biblia y estuviera decidida a evangelizarlo—. Y una pregunta.

—¿Solo una? —bromeó el anciano, que entró empujando la silla y dejó la puerta abierta para que Koldo los siguiera—.

Venimos ahora de la revisión de Amelia; la voy a acostar un rato para que descanse antes del baño y voy a por ese bizcocho.

¿Qué te parece si merendamos en el patio?

—le propuso, dejándola en el salón mientras él pasaba al dormitorio de su hermana.

El calor en el patio debía de ser indescriptible, pero Koldo supuso que no tendría una ocasión mejor para echarle un vistazo de manera autorizada.

—Me parece que moriremos. Pero cuente usted conmigo.

—Oh, no lo creo. El mundo a veces cambia en menos tiempo del que crees.

Tenía razón.

Sentada en la mecedora y con una porción de bizcocho en el plato que tenía acomodado sobre las rodillas, Koldo le daba sorbitos a un vaso de descafeinado con hielo con la expresión de extrañeza de alguien que intuye que la están estafando, pero no sabe cómo.

El cielo, con la llegada de unas nubes repentinas, había adquirido matices grises.

Y el calor casi metafísico de días anteriores había dado paso a un bochorno dulzón donde la temperatura caía a la par que la tarde.

Todo había sucedido en el tiempo de una ducha.

Desconfiada, levantó el cuello para ver si el patio contiguo estaba siendo poseído por el mismo drástico cambio atmosférico o es que el de los Trebujena gozaba de un microclima particular.

—Oh, no te preocupes. En tu patio va a llover tanto como en este.

—¿Cree que va a llover? —le preguntó sorprendida, recordando de sopetón las palabras de aquella exótica vecina del segundo, de larga melena oscura y con la manía de entrometerse silenciosamente en sus asuntos. Al parecer, entre sus muchos talentos también se encontraba el de la clarividencia.

—Es una dana de esas. La gota fría de toda la vida, vaya —le dijo Esteban.

Koldo observó al pulcro y jovial anciano que sostenía una fina taza de porcelana entre los dedos.

El pelo blanco peinado hacia atrás, aquella chaqueta gris perla que dejaba asomar los cuellos y puños de una camisa impoluta y la mirada atenta, rodeado de aspidistras, crucigramas a medio terminar y una hermana de la que cuidar.

Se preguntó por su historia, más allá de la de los Silva.

Quizá atender las veleidades de Pascual, superar la tragedia y después concentrarse en las necesidades de su hermana no le dejaron margen para mucho más.

O puede que los patios de La Proa generaran una fuerza centrífuga que succionaba a sus habitantes; una energía capaz de arrastrarlos hacia un eje central del que eran incapaces de escapar.

Pascual Silva fue fagocitado por su mismo epicentro; las hermanas Josefa y Dolores permanecieron años cautivas a su alrededor y ella misma estuvo dos meses a su merced, como si el patio emitiera en una frecuencia magnética a la que solo sus habitantes fueran sensibles.

Quizá Esteban y Amelia Trebujena solo eran otras dos víctimas atrapadas en aquel patio lleno de aspidistras durmientes y bonitos platos clavados a la pared.

—¿Cuál era la pregunta? —Esteban interrumpió sus reflexiones, solícito.

—¿Esos platos no serán de Puente del Arzobispo? —respondió ella, en cambio.

El anciano asintió. Si la pregunta no era la que esperaba, no lo demostró, entusiasmado ante el conocimiento de su invitada y la posibilidad de alardear de sus raíces con ella.

—En efecto. En mi pueblo hay una gran tradición alfarera.

La artesanía de Talavera de la Reina, el municipio vecino, es la que se ha llevado todo el reconocimiento histórico, y dicen que los de Puente del Arzobispo no lo hemos sabido llevar deportivamente.

Pero no es cierto. Además, ese verde esmeralda solo es comparable al de las piedras que evocan.

Koldo no supo interpretar si el comentario era una sencilla muestra de orgullo o una alusión velada a la joya desaparecida.

—Toda esta loza tiene ya unos cuantos años. Y cierto valor, sentimental, sobre todo —añadió él.

—¿Son de la misma época que mi fuente?

—No solo son de la misma época, sino que tienen el mismo origen familiar. Pertenecieron a los Silva durante generaciones. Gregorio mandó traer la fuente y los platos de la casa familiar de Toledo cuando, tras venir de Barcelona, se instalaron en la colonia.

—¿Así que este patio está así desde la época de la editorial?

—A grandes rasgos, sí. Las aspidistras tienen casi tantos años como yo. Y esta misma mesa es la que utilizaba Pascual para desayunar; aún conservamos el mantel de hilo blanco en algún cajón.

Koldo recordó la foto que descansaba sobre el tocador de Amelia, la misma que se había publicado en la revista ¡ HOLA !, donde se adivinaban los restos de un elegante desayuno.

—¿Por qué no me dijo el otro día que el patio era uno solo en aquella época?

Esteban ladeó la cabeza sonriendo con inofensiva afabilidad.

—Porque no me lo preguntaste.

Fue entonces cuando se decidió.

—Seguramente sea una casualidad, pero en el retrato que hicieron de Pascual Silva días antes de su muerte, las cuatro ranas que tenía la fuente estaban intactas.

El día de la tragedia, en cambio, solo había tres.

O al menos solo funcionaban tres de ellas, porque no hay señales del chorro de agua de la cuarta en la foto que se tomó.

Koldo depositó el plato ya vacío en la mesa y tomó la revista que había traído consigo.

Obediente, esta se abrió por la página buscada.

Según se la tendía a Esteban, se sintió hasta cierto punto culpable por obligarle a volver a ser testigo de aquella sangrienta imagen. Pero la curiosidad era más fuerte.

—¿No le resulta extraño? Es como si se hubiera desvanecido en ese intervalo.

Esteban miró la imagen, que conocía de memoria, por consideración hacia su invitada. Luego le tendió la revista sin cambiar de expresión.

—Cierto. En ese intervalo perdimos varias cosas. Y la rana, te lo aseguro, no fue la más importante.

—¿No cree que el paradero de la rana pueda estar relacionado con el del anillo? —insistió ella.

—De poco serviría si no sabemos dónde está la rana, ¿verdad?

Esteban se estaba entreteniendo a costa suya.

Era un juego inofensivo y ella quien lo había propuesto, pero había algo llamativo en el hecho de que el anciano estuviera dispuesto a jugar.

Se lo quedó mirando, consciente de que no le contaría nada que no quisiera y con la sospecha de que, en realidad, llegado el caso, tampoco le importaría hacerlo.

Pero no sabía muy bien cómo abordarlo. Aquella extraña dualidad fue la que le animó a ser ella la que se confiara.

—¿Sabe que últimamente me ha estado haciendo visitas una señora que dice ser Teodora Galindo?

—¿Aquí? ¿A La Proa?

—Primero se hizo pasar por una especie de experta en arquitectura histórica que estudiaba la naturaleza de las colonias en Madrid.

Después, cuando confesó su presunta identidad, me contó una historia, bastante verosímil y rica en detalles, sobre lo ocurrido entre Pascual Silva y ella.

Me pidió que le enseñara la casa; dijo que había venido a recordar.

Luego, en un aparente rapto de sinceridad, me aclaró que le gustaría recuperar el anillo.