Capítulo 27 #2
Si se detenía a pensar, no estaba segura de que el tipo de relación que había establecido con su vecino de arriba fuera mucho más saludable que la que había cimentado con el librero a raíz del hurto.
Koldo se preguntó por la naturaleza, un tanto tortuosa, de los vínculos que estaba cultivando en aquella colonia, asumiendo sin mucha dificultad su parte de responsabilidad en los mismos.
—Tenemos nuestros más y nuestros menos —resumió—. Pero fui a verle. Y cuando le pregunté por el resto del tebeo, me dio la impresión de que no sabía de qué le hablaba. Es como si el cómic campara a sus anchas por la casa, pero él no tuviera nada que ver.
La explicación, lejos de dejarlo perplejo, le hizo esbozar una formidable sonrisa bajo el bigote en la que Koldo echó de menos un diente de oro. Luego, a pesar de las lunas verdes, notó que volvía a observarla con una taimada y divertida atención.
—La Proa es una caja de sorpresas, ¿eh?
Koldo tuvo la sensación de que aquel comentario tenía varias lecturas, alguna dirigida a ella, lo que la hizo sentir inquieta. Una tercera voz, que irrumpía desde el interior de la barra, se sumó en ese momento a la conversación.
—Una matrioska sería un símil mucho más apropiado —sugirió aquella voz cálida con tono juguetón.
Koldo y Tristán se giraron al mismo tiempo para encontrarse con Asier, que empuñaba un vaso vacío en la mano como si fuera una de esas muñecas rusas de madera de cuya mitad superior te vas desprendiendo solo para encontrar en su interior, y de forma sucesiva, una figura igual, aunque de menor tamaño.
—La Proa —enumeró Asier, haciendo un gesto similar al de abrir un tarro para después lanzar la tapa ficticia por los aires—.
Odisea Silva. —Volvió a quitar una tapa imaginaria—.
El Ángel . —Chas—. Baltasar de Figueroa.
—Chas—. Pascual Silva. —Chas—. Un dedo amputado.
—Chas—. Un anillo fabuloso. —Chas—. Un número uno desaparecido…
—Tras el último y dramático «chas», Asier se acercó al grifo de la cerveza y se puso a tirar una caña al tiempo que le guiñaba un ojo a Koldo.
Sin saber qué opinar sobre aquella improvisada escena, esta le dio un trago a su vino, observando que Tristán hacía lo propio.
Sorprendida, observó un temblor en su mano al depositar la copa vacía en la barra que no había percibido otras veces.
No fue la única en notarlo. Ni el librero en darse cuenta de la dirección de sus miradas.
—El pasado —les dijo a modo de explicación.
Asier y Koldo, uno a cada lado de la barra, lo observaron con curiosidad tras aquella inesperada y casi poética salida.
—La otra noche, mientras me daba un baño, me puse a temblar como una bestia.
Empecé a marearme y supuse que si perdía el conocimiento, podría escurrirme y acabar ahí ahogado, en mi propia bañera.
Una muerte memorable, desde luego. Conseguí quitar el tapón antes de perder el conocimiento y un par de horas después me desperté allí dentro, con fiebre, escalofríos y el pellejo arrugado.
Me vestí como pude y me fui a urgencias.
El médico tenía la misma cara que yo cuando me lo dijo.
Malaria. La contraje en Camboya hace más de cuarenta años, cuando me dedicaba a transportar mercancías por el Mekong.
Entonces me la vi venir; pero cuando te apoyas en un bastón es otra cosa, te rompe las pelotas.
—Joder —acertó a decir Asier.
—Todo vuelve —reflexionó el otro en voz alta. No se percibía lamento alguno en su voz, solo observaba los hechos con estoica diligencia—. A veces irrumpe, incluso.
A Koldo le pareció por un momento que no se refería a la enfermedad.
No únicamente, al menos. Se sintió observada con expresión inescrutable.
Como si los ocupara el mismo secreto y él delegara en ella la autoridad de desvelarlo.
A continuación, el librero chasqueó la lengua con resignación dando a entender que daba por concluida aquella conversación, echó mano de su bastón y señaló con la empuñadura dorada la copa de vino blanco del que ella se había contentado con dar tres sorbos.
—¿Qué era?
—Un sauvignon neozelandés —respondió Koldo.
Tristán asintió.
—En casa tengo una botella del whisky que solía beber cuando pasé allí una temporada. Hoy puede ser un buen día para terminarla. No hay nada que un buen trago no pueda curar. O terminar de matar.
Lo vieron desaparecer bajo la luz inclemente del exterior, como un titán enorme y renqueante, con su única mano apoyada en el bastón. Por supuesto, se fue sin pagar.
Koldo no pudo contenerse.
—Es como un edificio cayéndose a pedazos.
—Aún tardará un rato en venirse abajo —reflexionó Asier, optimista.
—Se ha acercado él, supongo que por lo del cómic. Le he dicho que es cosa del vecino de arriba; no sé si he hecho bien. ¿Crees que irá a verlo? No me gustaría ver a esos dos juntos y de mal humor. Ni siquiera por un tebeo. Y menos sobre el techo de mi casa.
—Cosas peores han pasado en La Proa, y casi todas bajo el techo de tu casa —le dijo el otro con soma.
Koldo lo observó. El cabello le caía en bucles dorados sobre los hombros, enmarcando aquel rostro aniñado y equívocamente inofensivo, capaz de llenarse de ángulos orientales con una sola sonrisa.
Él también la miraba, tratando de leer a través del hecho de haberla encontrado sobre un taburete de El Mascarón con una copa de vino en la mano.
—No sé si esto son buenas o malas noticias —le dijo al final, a la espera de saber cómo seguir aquella conversación.
Koldo abrió la boca en una sonrisa.
—Estoy celebrando. De momento.
Él le devolvió la sonrisa, más aliviado por no tener que verse en una situación complicada de gestionar que por la noticia en sí.
—Entonces te acompaño —le dijo, llenando de nuevo su vaso, chocándolo contra la copa de Koldo y dándole un buen trago, como si servirse las cervezas más cómodamente fuera el único motivo de estar al otro lado de la barra—.
Brindo por ese pequeño y prometedor bastardo que no se parecerá a mí por muy poco, pero que tiene mucha belleza que heredar.
Koldo correspondió a su gesto alzando la copa con una mueca y dándole un último trago. Luego la dejó en el mostrador sin terminar.
—Estaré en casa. Todavía con ganas de celebrar —dijo acto seguido, en un tono neutral y aparentemente informativo.
Asier recogió su vaso y la copa de Koldo, sonriendo.
—Reserva alguna para otro día —le respondió, besándola en el rostro, para después ponerse a fregar vasos y copas y anulando con ese cariñoso gesto cualquier posibilidad de continuidad en el momento presente.
Koldo se reconvino en silencio. Había olvidado que a Asier le gustaba tanto sorprender como poco que dirigieran sus planes.
Pero la irritación no le duró demasiado.
Se apeó del taburete disfrutando del hecho de poder estirarse sin remordimientos y gozando de la perspectiva de que ir caminando a casa, lejos de un riesgo, fuera ya una actividad prescrita por su doctor.
Se despidió hasta otra con divertida resignación.
—Adiós, querido.
Se aventuró en el duro rigor estival, consciente de que sería fagocitada por el calor y de que sus pupilas serían incapaces de apreciar los contornos durante unos instantes.
Sí le dio tiempo, no obstante, a advertir la figura que se cruzaba con ella en la puerta del Mascarón, y a sentir el frescor húmedo de su pelo negro, como si en lugar de transitar por la canícula, su dueña acabara de brotar de una fuente.
Su vecina, cómo no. Llevada por un pálpito, Koldo se giró un momento y lanzó una mirada fugaz a través del umbral antes de desaparecer por la esquina de La Proa; lo justo para distinguir aquella exuberante melena esparcida sobre el mostrador, enredada entre las vetas de cabello dorado que asomaban del otro lado, mientras sus propietarios unían sus rostros en un gesto cuya intensidad no pudo ver, pero sí adivinar.
Sonrió para sí. Su histórico juego de seducción volvía a puntuar a favor del vasco.
Sin embargo, ni eso pudo arruinar su día.