Ayer en mi patio Capítulo 27
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Capítulo 27

—¿Todo en orden entonces?

Castillo de la Ensenada lanzó una de esas preguntas genéricas que una no sabía si atribuir a un optimismo irredento o a la más candorosa ignorancia.

No era improbable que lo hubiera olvidado todo desde la última visita y no tuviera la más remota idea de lo que el vientre de la paciente tumbada a su izquierda se traía entre manos.

Koldo, ataviada con la batita blanca pertinente, no se molestó en disimular la exasperación.

—Si se refiere a que en los últimos días no se me ha escapado ningún niño de entre las piernas, todo en orden. Ahora, si me pregunta por cómo estoy llevando estos últimos meses en posición horizontal y sangrando como único deporte, depende de lo que me diga usted ahora.

—Mmm —recapituló enigmáticamente el ginecólogo, atento a la pantalla.

—Y de la pinta que tenga ese hematoma, claro —apuntó ella hacia el mismo lugar, inquieta por el silencio del obstetra.

—¿Qué hematoma? —La pregunta, dirigida a nadie en particular, quedó suspendida en el aire.

La enfermera, con la confianza que dan los años y sin mucho disimulo, le acercó al ginecólogo el informe sobre la evolución del embarazo de la paciente que aguardaba a su lado, abriéndoselo por la página correspondiente.

Solo le faltó señalarle una línea con el dedo.

Koldo aguardaba, dudando entre la indignación y la esperanza.

—¿Ha desaparecido el hematoma?

Castillo de la Ensenada observó los papeles durante unos segundos.

Luego alzó la vista hacia el ecógrafo y después la miró a ella.

Le sonrió con indulgencia desde un distante y benévolo lugar, dándole su autorización para sentir un alivio que él parecía estar lejos de mostrar, seguramente porque nunca estuvo preocupado.

—¿Lo ves, mujer? Todo en orden.

—¿Entonces no hay hematoma? ¿Ha pasado el peligro?

—Veamos —recapituló el otro—. No hay hematoma, no hay pérdidas recientes, no hay episodios de dolor o molestias…

Koldo iba negando con la cabeza ante cada enumeración, lo que en realidad equivalía a una rotunda afirmación.

—El embarazo discurre ahora mismo por unos cauces perfectamente razonables —diagnosticó el doctor con satisfacción.

Koldo no daba crédito.

—Pero ¿qué ha pasado con el hematoma? ¿Mi cuerpo lo ha reabsorbido? ¿Lo he expulsado entero? ¿Podría volver a crearse uno?

—¿Qué pasa con las cosas que se han ido? Que ya no están —respondió el otro, con ese alegre hermetismo suyo.

Pocas cosas suelen tenerse tan claras en esta vida como aquello que nunca se va a saber.

Si durante aquellos sangrados salvajes se perdió algo más por el camino; en qué medida aquel episodio fue el responsable del hematoma posterior; y si aquello propició sus recurrentes y tortuosos episodios de dolor, todo ello quedaría en el terreno de las conjeturas sin respuesta.

No creía que nada de aquello hubiera podido ser evitado, pero la habría aliviado tener alguna explicación.

Una necesidad de información que a todas luces no compartía con aquel obstetra, entusiasta gestor del devenir de lo inevitable, que a Koldo de repente se le antojó profundamente ateo.

Pero ella estaba celebrando un milagro y se sentía más creyente que en toda su vida.

—¿Entonces está todo normal? —insistió.

—El embarazo sigue su curso —reiteró a su vez el médico, entrenado para no ser pillado con la guardia baja.

Benévolo, añadió—: No es necesario que ahora mismo vueles escaleras abajo, no obstante, puedes incorporarte poco a poco a tu vida normal.

Ve recuperando el mando de tu casa, riega las plantas, date mañana un paseo por el barrio…

Irás viendo cómo responde tu cuerpo. Pero no encuentro ninguna razón para que no puedas empezar a portarte como una embarazada más.

Estirando los brazos, Koldo se permitió un pequeño grito de júbilo.

—¡Parece que voy a tener que ir pensando en un nombre para mi conquistador!

Castillo de la Ensenada la miró, sin comprender.

Koldo le recordó su sugerencia, en una visita anterior, de ponerle al bebé un nombre acorde a su hazaña gestacional.

El ginecólogo se rio, fingiendo escandalizarse moderadamente ante la ocurrencia, seguro de que era una invención más de aquella embarazada tan apegada al drama. Luego pareció pensativo.

—Hernán es un bonito nombre. Y Juana. O Alejandro, como yo mismo —sugirió sin embargo, incapaz de renunciar a su particular aportación y complacido con la misma.

—¿Y qué tal Afila o Cleopatra?

Castillo de la Ensenada volvió a reírse. Este era el tipo de diversión que todavía podía proporcionarle su profesión, lo que lo retenía al pie del cañón, manteniéndolo un año más a salvo de la jubilación que lo acechaba.

—Míralo y decide por ti misma.

Alejandro Castillo de la Ensenada giró la pantalla y ante sus ojos irrumpió la onírica visión de un pequeño feto al que ya se le podía denominar como tal.

—Está en su fase «osito de gominola» —apuntó el ginecólogo, asumiendo con evidente placer la tarea de hacer las presentaciones entre madre e hijo.

Por primera vez libre de miedos y aprensiones, Koldo miró maravillada aquella forma mullida y diminuta, de la que apenas despuntaban cuatro apéndices, y a la que imaginó chapoteando en la placenta y retozando gozosamente contra las paredes del útero.

Cuando se miró en el espejo del baño de El Mascarón, vio que su rostro tenía aquel brillo especial, quizá un tanto excesivo, de una embarazada con las hormonas disparadas y las feromonas enloquecidas, sometida a temperaturas que rondaban los cuarenta grados.

No le pareció mal, en cualquier caso. Se enjuagó las manos y expuso bajo el grifo las muñecas giradas hacia arriba disfrutando del frescor del agua.

Le producía cierta satisfacción saber que aquel día el espejo no sería el único en devolverle su reflejo.

Salió del servicio recorriendo el interior de la barra con la mirada indiferente y el ojo atento.

Nada. Se encogió de hombros, dirigiéndose al taburete más cercano, apostado junto a una de las ventanas que se asomaba a La Proa.

Por muchas ganas que tuviera de proyectar la mirada hacia el horizonte para cuyo disfrute había sido diseñada, los treinta y nueve grados a la sombra del exterior eran una razón de peso para permanecer bajo el ala protectora del aire acondicionado y limitarse a hacerlo desde aquella abertura.

Pidió un vino blanco, un sauvignon neozelandés que vendían por copas y que Koldo estaba segura de que había sido cosa de Asier, y le dio un sorbo con deleite, recreándose en su fragancia ácida y expansiva, la tarjeta de presentación de lo que volvía a prometer la vida.

Cerró los párpados con placidez, segura de que aquel era su día de suerte, y la melena larga y ondulada, veteada de dorados, no tardaría en aparecer.

Un golpe seco en la pata del taburete la hizo salir de sus ensoñaciones. Abrió los ojos al tiempo que giraba la cabeza a la derecha para encontrarse con unos cristales tintados de verde a dos palmos de su nariz, lo que le hizo pegar un respingo.

—Por Dios —acertó a decir.

Tristán alzó el mango con forma de cabeza de cocodrilo del bastón con el que había golpeado el taburete en señal de saludo más que de disculpa.

Luego se giró hacia la barra, lo apoyó en ella y, mirando al camarero, dirigió su único dedo índice hacia la copa de Koldo para indicar que quería una igual.

El tipo, que en ese momento se hallaba tirando un par de cañas para un grupo del fondo, dejó la tarea que lo ocupaba a medio terminar para atender al imponente tipo que apoyaba el muñón del brazo tatuado en la barra.

Koldo supuso que aquella colonia había alimentado durante años el temible pasado de aquel personaje, y no era cosa de ponerlo en cuestión ahora por un café sin pagar o un vino que se hiciera esperar demasiado.

Mientras lo miraba beber como lo hubiera hecho de una cantimplora tras un largo paseo, se preguntó por aquella súbita camaradería que lo había llevado a hacerse notar y a acompañarla en aquel vino que a todas luces no era suficiente para su sed.

Cayó en la cuenta del motivo de su interés al tiempo que Tristán dejaba la copa, vacía, en la barra de acero y hacía una señal para que volvieran a llenársela.

También supuso que no era de los que preguntaban y que consideraba que su sola presencia era razón suficiente como para que se le ofreciera aquello que había venido a buscar sin necesidad de pedirlo.

Se obligó a revestirse de un aplomo que no tenía, mostrándose directa al responder a la pregunta no formulada.

—No he podido conseguirlo. El resto del cómic.

Se sintió como si pidiera disculpas por un dinero que no había conseguido reunir para saldar una deuda pendiente con un tipo peligroso.

—Ya veo —dijo el otro. La ausencia de decepción en el tono de su respuesta resultaba mucho más inquietante que un enfado.

—En Japón, por menos de eso te mandan cortar un dedo, ¿no? —Le salió de algún sitio a Koldo.

El librero arqueó las cejas por encima de las gafas de cristales verdes.

—Vaya con la vasca —dijo con un vozarrón divertido—.

Los japoneses son muy sutiles a la hora de pedir, por eso es tan importante saber qué es lo que quieren.

Pero yo nunca he sido de andarme con rodeos, a lo mejor soy un poco vasco también.

Me gustaría echarle un ojo a ese cómic. ¿A qué puerta hay que llamar para conseguirlo?

Koldo lo miró, sorprendida ante su franco interés y lo certero de su pregunta.

—A la puerta de arriba —le dijo—. De mi bloque, quiero decir.

Las arrugas de sus ojos se apretaron, como si la mirada tras las lentes estuviera buscando una respuesta que quedaba más allá de su propia persona.

—¿Al tipo de Píramo que llegó poco después de ti a la colonia?

Ella asintió.

—¿Lo conoces? —se interesó él.

—No más que a ti, en todo caso.

—¿También le has robado?