Capítulo 26 #2
El lugar, en consonancia con lo que ya conocía de la casa perteneciente a la pareja de hermanos, se veía pulcro y ordenado.
La estructura de un toldo, recogido en esos momentos, ofrecía a la vista el mismo suelo de colorida baldosa hidráulica que el suyo.
Sobre este reposaban varias sillas de enea distribuidas en tomo a una mesa de forja.
Las paredes del murete exhibían platos de loza en tonos marrones y verdes, colgados aquí y allá.
A lo largo del espacio que separaba el muro de las mamparas de cristal se habían ido instalando tiestos, algunos de geranios y otros de enredaderas, que ascendían a través de las celosías de madera dispuestas sobre el cristal para tal fin.
En una esquina descansaba una mecedora. En suma, era el lugar perfecto donde merendar bizcocho con limonada, echar la tarde entregada a las labores de costura, abandonarse al rítmico balanceo con un libro sobre el regazo y abanicarse como si los últimos cincuenta años nunca hubieran tenido lugar.
También para esconder un anillo, pensó. Observó con interés la docena de aspidistras, diseminadas aquí y allí en sus sobrios tiestos de terracota.
Elegante a su manera austera, amante de la sombra, pero acostumbrada al calor de las mesetas, centinela de los patios de España, Koldo se sintió repentinamente identificada con aquella planta que crecía despacio y sin urgencias, formulando cada hoja, idéntica a la anterior, con la paciencia de Penélope entregada a su labor infinita.
Si una aspidistra adulta podía alcanzar los cien años, aquellas, por su exuberancia, bien podían haber sido anteriores a la trágica fecha, y testigos de la misma.
A saber qué albergaban en sus entrañas, se dijo Koldo, notando cómo su boca salivaba.
En la pared del fondo creyó vislumbrar una hornacina muy parecida a la suya que parecía cobijar a otra virgen recubierta de prometedores mantos y faldones.
Trató de desechar la temeraria idea que comenzaba a rondarla, incapaz de sacársela de encima.
El patio de los Trebujena estaba cerrado a cal y canto, las persianas también echadas y el aire acondicionado, delatado por el ruido que hacía el aparato exterior, a pleno rendimiento.
En el dormitorio que daba al patio, además, dormía Amelia Trebujena, una presencia mucho más tranquilizadora de cara a sus propósitos inmediatos que la de su hermano Esteban.
No debería de ser difícil llevarlo a cabo, concluyó, examinando el terreno.
La artificial prolongación de su salón y su dormitorio, que le había arrebatado un par de metros al patio, quedaba a la altura de su cintura.
Solo necesitaba auparse hasta ahí, gatear un poco y, ya en el otro patio, deslizarse de espaldas hasta hacer pie en el murete de ladrillo de los Trebujena.
Asomada de puntillas al espacio anexo, observó la presencia de una silla de enea que había sido oportunamente apoyada a sus pies de forma que, tras hacer pie en la primera repisa del muro, podía seguir descendiendo hasta el suelo utilizando esta como punto intermedio sin que el descenso requiriera de una mínima acrobacia o entrañara ningún riesgo.
Se retiró el pelo hacia atrás para cogerse un moño con la goma que llevaba en la muñeca mientras notaba el nacimiento del cabello en sus sienes y en su nuca húmedo por el calor de la noche.
Había elevado ya una de las rodillas hacia el alféizar cuando un cambio en la intensidad lumínica de la noche la llevó a bajarla de nuevo y girarse sobre sí misma por puro instinto.
Su mirada, que fue barriendo todo el edificio de Tisbe, acertó a ver una sombra sobre la casa de Tifón que, sin embargo, no terminó de registrar, ya que su atención fue reclamada de forma más contundente por el piso más cercano a la fachada exterior.
Un haz de luz que provenía de una de sus ventanas le dio de lleno en los ojos, al tiempo que las persianas se abrían del todo y una de las jovencitas que lo habitaban asomaba la cabeza sin esperar encontrar a una mujer encaramada a una escalera, como un mono colgado de una palmera.
La chica tenía una larga melena oscura que le caía más allá de la ventana, un grueso labio superior y un cepillo en la mano.
Se quedaron mirándose fijamente, deslumbradas por sus respectivas presencias.
Apenas fueron un par de segundos. Luego la joven procedió a cepillarse la melena como si tal cosa, dejando que la larga cabellera se tensara con las lentas embestidas de las cerdas del cepillo en aquella noche sin aire. A continuación, volvió a mirar a Koldo.
—¿Sabes que hoy es la noche más calurosa del año? —le dijo, como si fueran dos vecinas asomadas a sus respectivas ventanas que hubieran coincidido tendiendo la ropa. Su voz era muy dulce y hablaba muy despacio mientras seguía cepillándose el cabello negro.
—Seguramente hasta mañana, que será aún peor —predijo Koldo, por decir algo.
La joven detuvo un momento la tarea que la ocupaba para observar mejor a Koldo con la cabeza ladeada, como hacen algunos animales.
—No —se limitó a decir.
—¿Cómo?
—Mañana por la noche lloverá de forma torrencial y los patios se llenarán de agua. Tu fuente parecerá una barca. —Esto último lo recitó como un verso, o tal vez como una profecía, mientras reanudaba el cepillado.
Koldo no pudo evitar que a su cabeza acudiera la imagen de las lamias; unas criaturas de la mitología vasca que viven en los ríos, por las noches cepillan sus largas melenas con peines de oro y cuya belleza resulta tanto más perturbadora porque sus pies son palmeados, como los de los patos.
Un escalofrío recorrió su espalda, obligándola a agarrarse mejor a la escalera.
La joven pareció notarlo, fijando su mirada en ella.
—¿Subes o bajas? —le preguntó entonces con candor, como si hasta ese instante no hubiera reparado en lo particular de la situación de su vecina—.
Subir parece más prometedor —añadió traviesa, abriendo la boca en una sonrisa que no llegó a esgrimir, pero dejó asomar unos pequeños dientes que le recordaron a los de alguna pequeña criatura del bosque.
Consciente de que estaba alargando innecesariamente aquella ridícula escena, Koldo le dio la espalda a la joven sin responder e inició el descenso.
Una vez aterrizó en su propio patio, volvió a mirar a la chica, que había reconducido su melena hacia el otro hombro y cuyo rostro ahora le daba la espalda, oculto tras la espesa cabellera.
El espectáculo, cayó en la cuenta, no estaba destinado a ella —no del todo, al menos—, sino al adolescente que, a oscuras, se había asomado a una de las ventanas del piso alojado sobre el de la presidenta.
El chaval conocía los movimientos y horarios de las jovencitas de al lado mejor que ellas mismas, y estas, que se sabían objeto de su atención, no tenían reparo en obsequiarlo con aquellas pequeñas exhibiciones.
Suspiró, plegó la escalera y, tras dejarla apoyada en el muro cercano al salón, se adentró en su casa resignándose a otra madrugada de calor.