Capítulo 26
Koldo volvió a mirar el móvil. Dos y media.
Echada en la tumbona, llevaba un buen rato chequeando de forma intermitente el reloj de la pantalla cada cinco minutos.
Pero el patio de Tisbe guardaba completo silencio en la más absoluta de las oscuridades.
Suspiró, imaginando que Edu no había podido escapar al agudo sexto sentido de su madre.
O que se había quedado dormido. Añoró aquel don de sumergirse en la inconsciencia con la gracia de darse un chapuzón en una piscina que el embarazo le había arrebatado.
Dormir y desentenderse. Cambió de postura en la tumbona con una mezcla aprendida de delicadeza y abandono.
Los riñones no le molestaron. Sorprendida, constató que apenas le habían molestado en los últimos dos días.
Los dolorosos episodios también se habían distanciado y no había manchas de sangre nueva ni vieja en su salvaslip.
La asombró no haberse dado cuenta hasta entonces, a pesar de que el dolor tiene esa extraña cualidad que lo convierte en protagonista según irrumpe en escena para ser relegado al olvido nada más desaparecer.
Y estaba toda esta distracción, se dijo; este gran pasatiempo que se había colado en su vida horizontal.
Volvió a tomar el viejo¡ HOLA ! Que reposaba en su tripa con sus hojas amarilleando y las esquinas, ya gastadas, curvadas hacia arriba.
Juraría que algo, un destello de clarividencia, pugnaba por emerger en su cabeza.
Tras decenas de revisiones previas, la revista mostró sus tripas de forma automática por las páginas de sociedad.
Con los sentidos sobreestimulados de los insomnes, Koldo volvió a enfrentarse a aquel Pascual Silva que la observaba pocos días antes de que la tragedia acabara con su enigmática existencia.
Se detuvo en su mirada incómoda, sus pestañas equivocadas, el rictus temerario en los labios, los tirabuzones casi enmarcados por el agua que, tras escapar de las fauces verdes, dibujaba con sus chorros una especie de nimbo en aquella moderna representación del pantocrátor.
Frunció el ceño. Acto seguido se incorporó, desapareció por la puerta que daba al salón y regresó apenas medio minuto después con la otra revista en la mano.
Se dirigió a la tumbona, pero esta vez no se recostó.
Sentada en el borde de la misma, abrió El Caso por la página marcada, la dobló por la mitad y, cogiendo el ¡ HOLA !
Por la página que seguía abierta, puso ambas fotos a la misma altura, comparándolas.
La de Pascual recostado en la fuente y la del charco de sangre que se extendía de forma grotesca sobre la superficie del patio y alrededor de la misma.
El aura casi mística de la primera había sido sustituida en la segunda por un macabro halo, pero en ambas imágenes el líquido y la humedad eran protagonistas, y los chorros de agua rubricaban el resultado con su particular coreografía. Los chorros.
Trató de concentrarse en la imagen, hasta que ahogó una exclamación. Se reprendió a sí misma por no haber reparado antes en ello.
Solo unos días separaban aquellas dos fotos.
Además de un muerto y aquel detalle insignificante que discurría paralelo en el tiempo y que podía guardar relación.
O no. En el caso de la primera foto, encuadrada de forma amplia y generosa para permitir que el lector de la revista disfrutara de las bondades de aquel patio privilegiado, las cuatro ranas originales le ofrecían al retratista su mejor perfil y sus correspondientes cuatro arcos de agua ponían todo su empeño en ejecutar su grácil acrobacia con una elegancia que parecía ensayada.
En la foto de El Caso , cuyo plano era mucho más cerrado, el recorrido de los hilos de agua seguía siendo el mismo, pero el dibujo resultante no.
Koldo quiso asegurarse rastreando a lo largo y ancho de la superficie del papel, pero no.
La siniestra foto no solo reclamaba toda la atención del lector sobre aquella mancha oscura resultante del deceso, sino que se había tomado de tal manera que solo había captado las siluetas de tres de las cuatro ranas.
El hecho de que la cuarta figura se hallara fuera de cuadro había hecho más difícil percibir su posible ausencia, pero lo que sin duda faltaba era su correspondiente dibujo en el aire.
El encuadre no permitía saber si, coincidiendo con el incidente, la rana había dejado de funcionar o fue entonces cuando desapareció.
Pero una cosa era indiscutible: el cuarto chorro brillaba por su ausencia.
Entusiasmada, Koldo dejó las revistas a un lado.
Quizá la rana siguiera allí, estropeada.
O puede que se esfumara con el anillo. A lo mejor, quien buscaba el anillo se llevó la figura.
Con un gesto de cabeza, rechazó la idea de que se tratara de una rara coincidencia, solo dos hechos aislados creando confusión al coincidir en el mismo plano temporal.
No tenía la más remota idea de lo que aquello podía significar.
Ni de si era viable que aquella pequeña novedad pudiera arrojar la más mínima luz sobre el asunto del anillo.
En cualquier caso, era algo. Algo que nadie hasta ahora había comentado, puede que algo sobre lo que nadie hubiera reparado.
Y sobre lo que habría que reflexionar. Pero aquel no era el momento.
Volvió a mirar la hora en el móvil, presa de la impaciencia.
Dos y media. Se resignó ante la idea de que Tifón ya no aparecería. Pero no a quedarse de brazos cruzados.
Procurando hacer el menor ruido posible y embriagada por su propio hallazgo, se dirigió al armario de herramientas del lateral del patio, lo abrió con cuidado y, mirando a izquierda y derecha, como si fuera a robar en su propia casa, sacó la escalera allí guardada.
Consciente de que eso era justo lo que no debería estar haciendo, pero incapaz, en aquella pequeña huida hacia adelante, de comedirse, alzó la escalera a pulso, dudando sobre dónde dirigirse.
Decidió empezar por la esquina que daba a la autoescuela, convencida de que aquel era el espacio menos prometedor y su inspección sería meramente rutinaria.
Se despojó del kimono, afianzó la escalera y procedió, descalza y con cuidado.
Miraba con disimulo a los pisos superiores, temerosa de que alguien con tan poco sueño como ella se asomara al exterior, tratando de huir de aquel calor tóxico e irrespirable, y la pillara en tan comprometida situación.
En última instancia, podría aducir que el recipiente que recogía el agua del aire acondicionado, y que reposaba sobre la prolongación de su porche, había rebosado y tenía que vaciarlo para evitar el molesto goteo.
Pero ninguna luz ni ventana medio abierta parecía indicar que nadie estuviera pendiente de aquella inusual sombra recortada entre dos alturas.
Tampoco las ventanas del ruso, que encaramada ya en lo alto de la escalera quedaban ahora a su izquierda, únicamente separadas por el prolongado alféizar que hacía las veces de techo de su salón y dormitorio, parecían acusar su presencia.
Con las ventanas cerradas y las persianas hasta abajo, ignoraron la figura que en aquel instante se asomaba con cierta timidez al recinto del 1. º A de Píramo.
No se equivocaba con respecto al patio de la autoescuela.
Con excepción del irregular perfil de su muro que, visto desde el exterior, acentuaba aquella evocadora estampa naval, el patio era apenas un cascarón vacío.
Un vaso de yogur que alguien se hubiera dedicado a rebañar con una cuchara hasta dejar limpio.
Suelos lisos, paredes inmaculadas. Trescientos sesenta grados de cemento puro eclosionando en el calor de la noche.
Ni un tiesto, ornamento o mal rincón bajo el que cobijarse cuando el sol apretara, con excepción de la sombra que pudiera proporcionar el propio edificio.
Ochenta metros cuadrados de historia barrida por medio siglo de sucesivos cambios de manos; negocios fallidos que, de forma consecutiva, se habían encargado de borrar de manera inconsciente pero eficaz la huella de un pasado cuya mala fortuna, sin embargo, parecía haberles sobrevivido, devorándolos uno a uno.
Inquieta ante la estéril estampa y la elocuencia de aquel vacío, desanduvo el camino, descendiendo con cuidado.
Acto seguido y sin pensarlo demasiado, se dirigió a la esquina correspondiente a su salón, la del muro colindante con el de los Trebujena.
Afianzó la escalera y, ascendiendo de nuevo apenas cinco escalones, se hizo con un palco de honor al patio de sus vecinos.