Ayer en mi patio Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

—Entonces el anillo se volatilizó —certificó Tifón, que regresaba en ese momento por el mismo lugar y con el mismo procedimiento que había utilizado cinco minutos antes.

La revista fue recibida con júbilo por parte de Koldo e Iso, que no pudieron ocultar su alborozo ante la perspectiva de hacerse con una nueva pieza del puzle.

Manoseado, con el color algo ajado y la inconfundible pastilla roja enmarcando el nombre de la cabecera, el ejemplar correspondía a junio de 1964 y en su portada se veía a una feliz familia de elegantes artistas.

El interior, en blanco y negro, exhibía bodas, casas, fiestas…

Iso fue pasando las páginas hasta llegar al objeto de sus pesquisas y cavilaciones: el anuncio del enlace.

El artículo era breve, como correspondía a los ecos de sociedad de la época.

El magnético retrato de un intenso Pascual Silva, apoyado en el borde de la fuente en aquel patio de nostálgica y distendida elegancia, aparecía en la parte superior de la página, bajo el título «Enlace del heredero del imperio editorial Odisea Silva, Pascual Silva, con su prometida, la americana Teodora Galindo».

Lo que interesaba era dar cuenta del rutilante evento y facilitar todos los datos que denotaran la alcurnia del mismo: la asistencia de varios diplomáticos y un par de ministros al enlace debido a las buenas relaciones del empresario y padre del novio; la confirmación asimismo de la duquesa de Alba, buena amiga de Gregorio Silva, y la posible presencia de una joven Marisol, a la que meses atrás se le había atribuido un fugaz romance con el propio Pascual; la ceremonia religiosa, que sería conducida en Los Jerónimos; el vestido, concebido y ejecutado en el mayor de los secretos por el modisto Pertegaz; el banquete nupcial que aguardaba en el Ritz.

Lo más probable es que la revista ya hubiera pactado la exclusiva de la boda, fatalmente prevista solo unos días más tarde.

—Qué pena me está dando —suspiró Iso, enjuagándose un conato de lágrima durante uno de esos arrebatos de ternura que los cercanos a ella conocían tan bien.

—A Antonio Sánchez, el dueño de ¡ HOLA !

, tampoco debió de hacerle ninguna gracia —apostilló Macarena—.

Por aquella época, contaba mi padre, nadie que importara se casaba en Madrid sin su permiso, no fuera a ser que don Antonio tuviera apalabrada otra exclusiva y las fechas le vinieran mal.

Y mira por dónde, esta boda se canceló de espaldas a él.

Al margen de lo desafortunado de toda muerte, lo cierto es que la idea de que aquel artículo saliera a la calle el mismo día en el que encontraron el cuerpo de Pascual Silva sumergido de mitad para arriba en la fuente junto a la que se encontraban cenando en aquel preciso instante estaba lejos de dejar a Koldo indiferente.

No se trataba de mal rollo; hay una fecha de caducidad para que los sucesos, por muy truculentos o trágicos que sean, afecten de manera directa a las personas.

La distancia en el tiempo siempre ha sido el mejor de los paliativos, la manera de establecer la necesaria ajenidad y poder asistir a ellos en diferido.

Los sentimientos que le sobreviven son la civilizada incredulidad por lo acontecido, un atisbo de pena romántica y ese morbo que lo envuelve todo desde la distancia.

Todo eso estaba ahí, desde luego, pero había algo más; una inesperada inquietud de la que no conseguía detectar el motivo.

Koldo seguía pensativa, una hora más tarde, todavía recostada en la tumbona después de que todo el mundo se hubiera marchado.

La sobremesa se había dado por concluida en el momento en que Maca empezó a trajinar con los platos del postre y mandó a su hijo a la cocina con los restos del flan.

Esmeralda e Iso siguieron su ejemplo, en un ir y venir de bandejas, botellas y manteles que, desde su obligada convalecencia, Koldo observaba distraída y sin que la hicieran sentir culpable.

En uno de aquellos viajes, y con la excusa de ir al servicio, interceptó a Tifón en el distribuidor.

El chaval escuchó su propuesta con una incredulidad rayana en entusiasmo.

—¿Quieres que esta noche salte de patio en patio?

Asintió en respuesta con el mismo juvenil y poco cabal fervor del muchacho.

Se dijo que toda espera requiere de una compensación, y estaba dispuesta a sumirse en el letargo indefinido de aquel embarazo a cambio de ver avances paralelos en esta otra empresa que se había propuesto.

Consciente de que no necesitaba persuadirlo, siguió explicándose de todos modos, en un intento de dotar de consistencia aquella alocada idea con argumentos de dudoso peso.

—Es mejor que visitar la autoescuela de día y pretender que quieres sacarte el carné con dieciséis años, ¿no? Además, ya lo has hecho otras veces. —Le guiñó el ojo.

Iso aparecía en aquel momento por el umbral de la cocina, así que se dispersaron con rapidez, no sin que antes Koldo tuviera tiempo de susurrarle unas breves instrucciones.

—A las dos. Te espero en el patio.