Ayer en mi patio Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Esteban conoce mis bizcochos —observó Maca, todavía ocupada en la cuestión inicial.

—Por si sirve de algo, lo identificó al momento —confesó Koldo.

—Es que no lo hay mejor —observó sucintamente la otra.

—¿Podemos centrarnos en el tema que nos ocupa, por favor? —protestó Iso.

Los asistentes escucharon durante los cinco minutos que Koldo tardó en resumir su breve pero intenso paseo por la morada de los vecinos, incluyendo el eficiente, aunque fugaz, allanamiento de dormitorio.

Les describió la situación, los haces de luz colándose por las rendijas de la persiana, ella de puntillas y a cámara lenta, y la hermana de Sebas sumida en un ligero sueño, mientras Esmeralda se tocaba el pecho conteniendo el aliento y Maca fruncía el ceño.

Se detuvo en el instante en el que cayó en la cuenta del retrato de Pascual Silva, observándola con intensidad desde la cómoda de Amelia Trebujena.

—Era una foto impecable —les explicó—. Él estaba apoyado en esta misma fuente, al lado de una mesa donde alguien había estado desayunando: el periódico abierto, la servilleta abandonada con elegancia, una taza de café a medio terminar…

Llevaba un traje claro y un sombrero calado, como si se hubiera escapado de una peli de cine mudo.

Su mirada taladraba el objetivo y parecía que iba a alcanzarme. Tenía unos ojos…

—Ojos de mujer fatal —apuntó Iso.

Koldo asintió agradecida.

—… Me desconcertaron. Pero entonces caí en la cuenta de lo más curioso; algo de lo que su presencia en aquella imagen había logrado distraerme hasta entonces.

Y que no se me había pasado por la cabeza.

Todas las terrazas a este lado del edificio conformaban antes un único y enorme patio que se correspondía con esta casa, la casa de Pascual Silva.

Todo esto —dijo, señalando a este lado de Píramo— que entonces le perteneció a él, habría sido ahora mi propio patio.

Maca la obsequió con una de esas miradas suyas carentes de fe en la humanidad.

—Será posible. ¿Este es tu gran descubrimiento?

—Nadie me lo había contado —se defendió.

—Pero si sale hasta en el ¡ HOLA !

La joven la miró sin entender.

—Esa foto que dices, la de Pascual, es de una sesión que le hizo la revista tres días antes para anunciar el enlace y que se publicó el mismo día de la tragedia.

—También es mala suerte —comentó Iso, mientras Tifón se ponía en pie.

—¿Traigo la revista? Sé dónde la guardas —se ofreció, guiñándole un ojo a su madre.

El displicente parpadeo de su madre funcionó como una autorización.

Para sorpresa de Esmeralda únicamente, el chaval tomó el atajo interior.

Tras echar mano de una silla, se colocó con un pie en el saliente del ladrillo y tomó impulso.

Pasó al otro lado a través de la mampara gracias a uno de aquellos ágiles saltos que Koldo ya le había visto ejecutar en alguna ocasión, mientras su madre seguía rumiando algo.

—Fíjate que yo creo que ese es el origen de las humedades —certificó—. El lío este que se trajeron haciendo pedazos el patio como si fuera un cuarto de ternera.

La embarazada quedó por un momento pensativa ante la alusión.

Las humedades, claro. El origen de estas se remontaba al momento en el que la terraza se desmembró.

Era perfectamente plausible que alguna cañería quedara dañada.

También era posible que, en las obras necesarias para materializar aquel arbitrario reparto de espacios, alguien encontrara algo.

O que aquello permaneciera todavía, sin hacer ruido, en alguno de aquellos compartimentos que antes conformaban un único todo.

Volvió a venirle a la cabeza la imagen del cubrerradiador, arrancado de la pared. Y luego la de Asier.

Maca, ajena al lunático divagar de Koldo y todavía absorta en cavilaciones domésticas, retomó el hilo.

—¿Y qué es eso de que hay otra vez humedades, Esmeralda? No me digas que van a acabar levantando el patio para buscar la fuga.

—Esperemos que no —negó la otra—; pero, en todo caso, los costes correrían por cuenta de la comunidad.

—A esta pájara igual le tranquiliza que digas eso —le respondió su vecina, señalando con la cabeza a Koldo—, pero a mí, ni pizca. Estoy hasta aquí de derramas. Me saqué de encima El Mascarón y a mi marido porque eran un saco roto, pero esta comunidad está empezando a coger los mismos malos vicios.

—A mí no me importaría que levantaran el suelo; a lo mejor encuentran lo que no buscan… —sugirió Iso.

La partición de aquel gran patio en tres parcelas menores fue, según Macarena creía recordar, una decisión que el señor Silva tomó poco tiempo después de la tragedia.

Al pobre hombre le quedaron pocas ganas de volver a pisar aquella casa, al menos tal como estaba mientras su hijo vivió en ella.

Y enseguida la puso a la venta. De alguna manera, aquello marcó el comienzo del fin de la editorial.

—Partió la casa en tres partes, dispuesto a deshacerse de todas ellas.

La de aquí atrás se la dejó a los Trebujena, por los servicios prestados.

De la tuya se apropió el Cordobés —le dijo a Koldo—; y la de allá pasó de mano en mano, como la falsa moneda, entre diversos miembros de la plantilla de Odisea que iban sucediéndose según despedían al anterior; se dijo que estaba gafada.

Y aunque el cuerpo se descubrió en la parte central del patio, donde la fuente, se empezó a correr el rumor de que en realidad era en ese lado de allí donde había sucedido, digamos, el acto más truculento.

De estar gafada se pasó a decir que estaba maldita, y a los pocos meses nadie quería alojarse allí.

Acabó vendiéndose. Y desde entonces nadie ha vuelto a vivir ahí.

Yo creo que es propiedad de algún fondo de inversores.

Montaron una peluquería, pero apenas duró un par de años.

Luego la ocupó un dentista, que puso allí su consulta.

Tres años a lo sumo. Después llegó un bufete, una agencia de viajes…

, ahora, una autoescuela; ya veremos si cumple el año.

Todos esos negocios duran lo justo para correr un tupido velo y servir de cebo a los siguientes, que llegan despistados y sin que nadie les advierta de la historia que hay detrás hasta que es demasiado tarde.

Pero los que vivimos aquí vemos cómo unos llegan y otros se van.

Y sabemos que va a ser cosa de dos días. Vaya si lo sabemos.

Maca pareció ir a persignarse, pero el gesto acabó convirtiéndose en un ademán supersticioso con el que pretendió ahuyentar el mal fario. Mientras, Iso ponía en palabras lo que rondaba en la cabeza de Koldo.

—Pero entonces el anillo pudo haber ido a parar a cualquiera de los tres patios…

—Fueran uno o tres —respondió Maca—, el patio lo registraron a conciencia. La única que pudo haberlo sacado de allí es Teodora, pero nos consta que salió sin dedo y, por ende, sin anillo.