Ayer en mi patio Capítulo 25
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Capítulo 25

Estaban sentados alrededor de un hule con mazorcas de llamativos colores que Maca había tenido la previsión de traer consigo.

Era ya de noche, y los mosquitos ejecutaban sus pertinentes coreografías en tomo a la lamparita alojada bajo el cenador antes de lanzarse en busca de las venas más fragantes.

Macarena se dio un cachetazo en el brazo que asomaba por la manga de su bata de verano, aplastando uno antes de hacer sitio para los langostinos en salsa americana que Tifón había preparado en la cocina de Koldo con ayuda de Iso.

La enfermera enumeró las botellas abiertas que habían dejado, medio vacías, en la encimera de la cocina.

—Cava, coñac, vino blanco… Si este guiso soplara, daría positivo, Tifón.

—Hombre, se ha evaporado todo —lo defendió pacíficamente la embarazada antes de meterse en la boca el pedazo de pan que había untado en la cazuela y mientras sus ojos se comprimían con deleite—. Tienes la mano de tu madre para la cocina.

—Yo voy a seguir un poco más con la ensaladilla —informó Iso, echando mano de la fuente que había traído la madre del chaval y llenándose el plato por segunda vez.

Tifón había esperado hasta el último momento para confesar que su madre había decidido invitarse a cenar, pero nadie les había advertido de que se iban a encontrar con una segunda invitada sorpresa aguardando junto a Macarena y su ensaladilla rusa.

Esmeralda volvió a llenar las copas de Iso y Maca, además de la suya propia, con la botella de verdejo que había traído, mientras Tifón y Koldo la miraban hacer con algo de envidia y resentimiento.

Todos, a excepción de la enfermera, se entregaron a los langostinos.

A Tifón le caían gotas de salsa americana muñeca abajo, mientras Esmeralda chupaba una de las cabezas con el meñique alzado.

Koldo hizo un alto para aplicarse un vaso de agua con hielo en las mejillas.

El calor, lejos de remitir, parecía haberse comprimido, como si hubiera hecho una apuesta por caber todo dentro de aquel patio.

Había algo pegajoso, una especie de bochorno, en el ambiente.

Iso miró al cielo, donde no se adivinaba una sola nube.

—Si no fuera Madrid, diría que va a caer una buena.

—Me recuerda a Barcelona —asintió Esmeralda.

—¿Viviste allí? —preguntó Iso.

—Soy de allí —recalcó la otra con un giro de pestañas y haciendo tintinear con orgullo las piedras de su pulsera mientras se tocaba el generoso escote.

—Pues te hacía madrileña; tienes un aire de chulapa que no veas. —Le guiñó un ojo Iso.

El comentario pareció agradarla; dejó escapar una media sonrisa ante lo que consideró una lisonja y decidió que el piropo bien se merecía una explicación.

Siempre había sido un culo inquieto, confesó.

En sus años mozos el amor la arrastró hasta Madrid, pero para cuando aquel galán de cine negro, contó, se la quiso jugar, ella ya le había hecho la cama y pasado página.

Entonces decidió irse a Ibiza, animada por una curiosidad muy continental y seducida por todo lo que se contaba de aquel novedoso y exuberante lugar.

De paso quería probar suerte con sus figuras de cerámica y medirse como artista.

Su desparpajo le granjeó una oportunidad al frente de una pequeña tienda de souvenirs y artesanía, donde no consiguió vender mucho de lo suyo, pero cuya ventana abierta al mundo tampoco desaprovechó.

—Nunca fui una hippy , a mí lo del amor libre me interesó siempre lo justo; me parecía una ordinariez —apuntó, como corroborando una obviedad—. Pero los extranjeros, siempre por orden, se me daban de maravilla; me los metía a todos en el bolsillo.

Uno de ellos fue un escocés que, después de varias semanas de romance con la española, se la llevó a Edimburgo con la promesa de cambiar su condición de miss por la de Mrs .

Por el camino acabaron montando una galería de arte que, por lo visto, no fue demasiado mal, pero un día Esmeralda, cansada de esperar una boda que no llegaba, decidió que había tenido lluvia suficiente para varias vidas.

Aquella decisión coincidió con una inesperada visita de negocios a la galería de un tipo de Igualada.

Regresaron juntos a Barcelona y tuvieron dos hijos y una tienda de marcos.

Pero los chavales empezaron a volar solos hacía años y a ella como que le dio envidia.

Así que cuando su marido murió, cambió los marcos por un torno y alguna que otra canita al aire. Hasta el otro día.

—Que me dio por recordar mi paso fugaz por la capital, y aquí estoy desde hace un año.

—Joder con la rompecorazones —silbó Iso—. Estás hecha una aventurera —añadió con admiración.

Los ojos de Esmeralda volvieron a ejecutar uno de sus desvergonzados vuelos en caída libre, esta vez dedicado a su joven admiradora.

—Aún estoy en forma, no te creas —la advirtió.

—Unas tanto y otras tan poco —le respondió la otra compungida, señalando con la cabeza a su amiga embarazada, que seguía aplicándose frío en la cara sin perder el hilo.

—Oye —respondió la aludida al momento, señalándose la barriga—, que bien poca falta me ha hecho.

—Muy claro lo tenías tú —observó Maca.

—Mi padre murió prematuramente, fue de repente —explicó Koldo—. Así que fue una suerte que me tuviera muy joven; me dio tiempo a disfrutarlo. Y yo no estaba dispuesta a esperar por nadie.

—A mí me admira —confesó Maca—. Otro gallo le hubiera cantado al padre de este si me hablan a mí de esto hace unos años —reflexionó, ajena a la mirada de su hijo.

—Y tú, ¿qué sabes del padre? —aprovechó aquel giro Esmeralda, sin pudor alguno—. ¿Te dejan elegir cómo lo quieres?

Koldo rio para sí. Cada vez que había coqueteado con la idea de ser madre soltera, lo primero que le venía a la cabeza era cómo sería el donante; o, más exactamente, qué información poseía la inseminada sobre el mismo y, no sin cierta inquietud, de cuánto margen de elección dispondría.

Cuando la maquinaria se puso en marcha, estas incógnitas pasaron a un segundo plano.

No tanto por hacer sitio a una revelación tan abrumadora como la asunción de la maternidad en solitario, sino por una cuestión mucho más prosaica como era el devenir del embarazo.

Desde aquella primera toma de decisión que implicaba una operativa mucho más compleja y costosa —no solo en lo económico— que echar un polvo, el día a día la había absorbido de tal manera que aquellas dudas habían dejado de tener interés para ella.

Hacía falta alguna Esmeralda de vez en cuando que se atreviera a señalar al elefante.

—Pues poca cosa, la verdad; apenas te dan datos del donante —respondió—. Solo conozco la edad. —Hizo una pausa que logró el efecto deseado—. Diecinueve años.

—¡Joder! —exclamó Tifón sin poder evitarlo—. Por qué poco…

Su madre lo miró con ojos de trueno. Y Esmeralda tampoco se amilanó.

—Pero entonces, ¿te puede salir ruso el niño?

—Esmeralda, por Dios bendito, ¿cómo le va a salir ruso? —La amonestó Maca. Luego quedó en silencio para, acto seguido, dirigirse a Koldo—: ¿Te puede salir ruso el niño?

Tifón puso los ojos en blanco.

—Se busca cierta afinidad; procuran que se parezca a ti en lo básico. Te hacen preguntas y van rellenando casillas.

—Así es como se hacen las quinielas, niña —objetó Maca. No parecía muy convencida.

Koldo pidió silencio, miró con envidia las copas de vino y, como quien no quiere la cosa, se sirvió una. Aprovechó que Iso estaba ocupada quitándosela de las manos y buscando un lugar lejos de su alcance, para darle un buen trago al vino de su amiga antes de continuar.

—A ver, se procura que haya similitud en los rasgos y la constitución —certificó Koldo—. El tono de la piel, el color de los ojos… —siguió enumerando.

Esmeralda tampoco parecía muy convencida.

—¿Eso es todo?

—A grandes rasgos, sí.

—No me parece mucha garantía. Te puede salir cualquier cosa. Te puede salir cura —le dijo en tono informativo.

—O autómata —advirtió Maca.

—Pero, mamá, ¿tú sabes lo que es eso? —se desesperó su hijo.

—Sí, claro. Gente de esa que camina dormida.

Incapaz de asistir por más tiempo a aquella conversación, Tifón se fue a por el postre.

—Mi sobrina, te diré, estuvo pensando en hacer lo mismo.

Pero en Estados Unidos. Por lo visto allí —la instruyó Esmeralda— te dejan elegir el padre a la carta.

Todo lo eliges. La carrera que ha estudiado, si escribe poesía, su signo del zodiaco.

Hasta el parecido con tu galán favorito, fíjate. Te lo podías haber encargado allí.

—Esmeralda, no agobies a la niña —la reprendió Maca—. Lo hecho, hecho está. —Volvió a quedarse pensativa un momento—. Pero, hija, Koldo, que también eso lo podías haber mirado mejor.

Luego guardó silencio, reflexiva.

—Yo, la verdad, ahora que este no me oye, me lo hubiera pedido como Jean-Paul Belmondo. Ojo, que a mi Edu no lo cambio por ningún hijo a la carta, ¿eh? Pero con los morros de Belmondo y menos afición a la lectura, pues mira…

—Yo me lo hubiera pedido con los ojos de Paul Newman —opinó Esmeralda.

—Yo con las tetas de la vecina —se sumó Iso.

Koldo la miró con reprobación.

—Estás perdiendo el hilo de la conversación, amiga.

Edu salía en ese mismo instante con un flan en la mano, varios cuencos y un puñado de cucharas.

—¿He oído tetas?

Al tiempo que dejaba el flan sobre la mesa, su madre le dio una colleja. Luego observó el postre con severidad.

—Habría traído un bizcocho, pero le ha dado por desaparecer.

La mirada de Maca, clavada en ella, le recordó a Koldo la mirada que le dirigió al librero cuando tenía la guía de Siberia metida en el bolso.

—Lo tomé prestado —claudicó con cierta vaguedad, extendiendo las manos en señal de que no tenía nada más que ocultar.

Ante el expectante silencio de Maca, se vio obligada a proseguir—: Fue la excusa para hacerles una visita a los vecinos; quería que me hablaran de Pascual Silva. Del día en que lo encontraron aquí.

Esmeralda fue la primera en romper el silencio.

—Ya estamos otra vez —dijo, alzando los ojos al cielo.