Ayer en mi patio Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Si los cálculos no la engañaban, aquel espacio era unas tres veces mayor que el suyo.

Al fondo se adivinaba la fachada principal de La Proa, con su ornamentado perfil.

De acuerdo con la perspectiva, la foto había sido tomada desde la porción de patio que correspondería a la casa en la que se encontraba ella ahora: la de los Trebujena.

En otras palabras, aquel espacio abarcaba todos los patios a este lado de Píramo, compilando aquel extenso mar de baldosas hidráulicas.

Un par de alambicados bancos y varias elegantes jardineras, todo de hierro forjado y colocado con estudiado cuidado, creaban la ilusión de que aquel espacio pertenecía a un bonito parque de la primera mitad del siglo pasado.

Al fondo, muy por detrás de la fuente, el patio concluía en un pequeño y coqueto cenador cubierto que acentuaba aquella impresión, y en primera línea se adivinaba una porción de mesa.

Estaba vestida para el desayuno, con su servicio de café de fina porcelana y bandejas de plata distribuidas sobre un primoroso mantel de hilo blanco.

Parecía el lugar donde solía desayunar Pascual.

Las mamparas de cristal opaco seguían estando presentes, pero solo servían para separar Píramo de Tisbe.

En su conjunto, sin embargo, conferían una extraña sensación de familiaridad: un mismo lugar, un escenario distinto.

Se quedó absorta contemplando la foto; absorbiendo la novedosa distribución del patio, asimilando cada nuevo detalle.

No supo cuánto tiempo había pasado, pero cuando volvió en sí le pareció que demasiado para una visita al baño.

Por suerte, Amelia seguía dormida y Esteban no parecía haberla echado aún de menos.

Aliviada, volvió a dejar el retrato sobre la cómoda sin hacer ruido y, girando sobre sí misma, se escabulló del dormitorio, deshaciendo el recorrido.

Al llegar a la altura del baño, contempló, consternada, que se había dejado la puerta abierta.

Si Esteban había salido del salón, era imposible que no se hubiera dado cuenta.

No había que ser un lince para imaginarla fisgando por la casa.

Con el estómago encogido, atravesó el distribuidor y se dirigió hacia el salón poniendo su expresión más radiante e inocente.

Esteban observaba algún lugar indeterminado de un periódico cuando su irrupción le obligó a alzar la vista.

En su mirada no parecía haber enfado, ni reproche, ni siquiera disimulo. Solo un amable interés. Ella no tuvo tiempo de disculparse, porque la pregunta que le siguió a aquella mirada confirmó que Koldo había interpretado su gesto correctamente.

—¿Lo has reconocido?

Las excusas que Koldo traía preparadas murieron mientras la respuesta más honesta que se le ocurrió se abría paso en su lugar.

—Sí, de la revista que me dejaron.

Esteban asintió.

—Era parte de la familia —continuó él, adelantándose a justificar la circunstancia de que un retrato del señorito Pascual se encontrara en el tocador de su hermana, junto con otros recuerdos de carácter sentimental.

Algo que a Koldo le habría llamado la atención de no haberle trastornado tanto la visión de aquel patio suyo en tiempos más boyantes.

Sin duda, aquellos fueron los años dorados de la casa y de toda aquella familia.

—Fue mi hermana la que se lo encontró en el patio.

Aquella era nuestra tarde libre y regresamos a casa dando un paseo después de ir al cine en la Gran Vía.

Recuerdo que vimos El verdugo , de Berlanga.

Trágicamente oportuno. Suponíamos que el señorito aún no había vuelto, así que ella se adelantó a abrir las ventanas para que se refrescara la casa y yo me fui al cuarto a cambiarme de ropa y a cepillar mi chaqueta y mis zapatos.

No oí ningún ruido, nada que pudiera llamarme la atención.

Eso fue lo extraño. Amelia solía hacer ruido en la cocina, canturreaba, se asomaba por la puerta a recordarme algo y volvía a desaparecer.

Tampoco me la crucé cuando me asomé al piso principal para asegurarme de que todo estaba en orden para cuando el señorito regresase.

Era como si se hubiera volatilizado —añadió con un gesto de pena, para proseguir con el mismo tono de amable y difusa tristeza—.

En cierto modo, así fue. Cuando por fin se me ocurrió asomarme al patio, primero vi la sangre, luego el cuerpo.

No entraré en detalles, creo que esa revista daba demasiados.

Pero ahí estaba también mi hermana. Sentada en uno de los bancos, en silencio, y sin poder apartar la vista de aquella escena horripilante.

Tardé muchos años en superarlo, pero Amelia nunca lo hizo.

Koldo, que había escuchado todo aquello todavía de pie, buscó instintivamente el brazo del sofá más próximo a la butaca del anciano para sentarse cerca de él.

Cogerle la mano se le antojó demasiado teatral y la actitud de su interlocutor tampoco parecía requerirlo; saltaba a la vista que, al menos en su caso, el tiempo que distaba de aquellos acontecimientos había ayudado a paliar los daños que estos le hubieran podido ocasionar.

Si no los compartía más a menudo, era debido no tanto al dolor que pudieran generarle como a no hallar un interlocutor cualificado.

Ella, por su singular situación, lo era.

Y aquella constatación la animó a seguir indagando.

—¿Por qué cree que lo hizo? ¿Piensa que ella pudo llegar a engañarlo?

Se dio cuenta de que en su pregunta, en un tono mucho más elevado del que pretendía, había matices de incredulidad, de morbo mal disimulado e incluso de un reproche sin destinatario claro.

A pesar de lo entrometido de la misma, Esteban siguió sin parecer molesto.

Muy al contrario, meditó su respuesta, como si buscara renovar el formato con el que compartir una reflexión que se había hecho ya mil veces.

—Angelito, aquel día puso fin a demasiados engaños arrastrados desde mucho tiempo atrás, y comenzaron otros que durarían todavía más —dijo un tanto enigmáticamente—; pero créeme si te digo que Teodora no fue responsable de ninguno de ellos.

Aquel, sin duda, hubiera sido el momento perfecto para mencionarle la visita sorpresa de aquella mujer que se hacía llamar así.

La contuvo la necesidad de ordenar primero sus ideas.

Era un tanto egoísta no ofrecer nada a cambio de aquella provechosa tarde, pero también le constaba que Esteban no se lo había contado todo.

Y no le disgustaba la idea de tener algo que ofrecer en una futura visita.

Un reloj de cuco la sobresaltó; también hacía años que no veía uno de esos. Se lo quedó mirando embobada.

—¡Hora del baño! —exclamó Esteban de pronto, incorporándose con agilidad.

Por un momento, Koldo creyó que se dirigía a ella, pero enseguida cayó en la cuenta de que se refería a su hermana. Y de que la conversación había terminado.