Ayer en mi patio Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Los Trebujena, le explicó, habían trabajado para la familia Silva desde siempre.

Bueno, quizá eso fuera decir mucho, pero al menos sí desde antes de que él naciera y, por supuesto, desde que él recordaba.

El padre de don Gregorio, don Gil Silva, había formado parte en su momento del comité que alumbraría el proyecto definitivo del Metro de Madrid, inaugurado el 17 de octubre de 1919 por Alfonso XIII .

Aquella primera y flamante línea subterránea cubría a lo largo de ocho estaciones una distancia de tres kilómetros y medio, de Puerta del Sol a Cuatro Caminos.

De algún modo, colocaba a Madrid en una especie de vanguardia tecnológica con otra docena de escogidas capitales mundiales, mientras alardeaba de ser una pionera también en lo social, dando la bienvenida en sus taquillas a algunas de las primeras mujeres que se incorporarían al mercado laboral español.

Aurora Romero fue una de aquellas afortunadas pioneras.

Su amable eficacia y, tal vez, la destreza con la que sabía ondular su media melena para resaltar sus suaves facciones le granjearon la paternal protección de Gil Silva y una nueva oferta de trabajo cuando, al desposarse con Manuel Trebujena, se vio obligada, de acuerdo con las normas de la empresa, a abandonar su puesto.

Aquella moderna empresa solo deseaba que sus empleadas se desempeñaran de cara al público mientras la soltería garantizara que no hubiera honra alguna susceptible de mancillar.

Resumiendo, sus padres, Manuel Trebujena y Aurora Romero, acabarían sirviendo en casa de los abuelos de Pascual Silva; y ellos llevaron con admirable diligencia la intendencia del propio don Gregorio hasta que este lo dejó todo para irse a Barcelona.

Pero, como si un vínculo invisible tirara de ellos aun cuando ambas familias hubieran puesto kilómetros y años de por medio, su hermana Amelia y él continuaron con esta labor cuando la familia Silva regresó a Madrid, cumpliendo así la última voluntad de la madre de don Gregorio de volver a reunir a los Silva y los Trebujena.

—En fin —suspiró el anciano tras aquel breve resumen familiar—. Todo lo que sucede acaba siendo inevitable, ¿no crees?

Koldo asintió, sin saber muy bien cuántas lecturas se atrevía a extraer de aquella sentencia.

—Don Gregorio era un humanista, pero muy práctico; un tipo que siempre supo tener sus negociados en tierra santamente sujetos, al menos lo suficiente como para evitar bajar en la medida de lo posible del plano intelectual que le gustaba habitar con la garantía de que todo iba bien.

Su padre, don Gil, le había dejado un buen patrimonio que él no tuvo ningún interés en aumentar, pero sí la sensatez de preservar, de modo que le permitiera dedicarse a los libros y la filosofía, que es lo que de verdad le interesaba.

Pero Pascual era otra cosa. Sanguíneo, volátil, intenso y seductor.

Emprendedor, arrebatado e inconstante. Y muy poco dócil.

Aquellos años de posguerra española, además, no eran los mejores para dar rienda suelta a una personalidad así, y menos con la visibilidad con la que le permitieron hacerlo los recursos familiares.

Se le relacionó con los círculos políticos menos apreciados por el régimen, mantuvo amistades muy poco recomendables, sus flirteos fueron todos menos discretos, tuvo roces con la censura, sus salidas y entradas constantes del país generaban inquietud…

—Madre mía, ¿me vas a decir que Pascual era un espía y que lo eliminó el régimen?

Esteban se rio con ganas ante la ocurrencia.

—No, Pascual era una fuerza de la naturaleza sin manual de instrucciones que, en cierto modo, se buscó su propia ruina. Llevándose a su padre por delante.

Esteban pareció sumirse en sus pensamientos mientras Koldo aguardaba, con el plato de bizcocho, ya vacío, sobre sus rodillas.

Los preliminares siempre venían bien; uno agradecía que le pusieran en contexto.

Pero, si tenía que ser honesta, ella en realidad había venido a saber de primera mano qué sucedió la noche de autos.

Un timbre los sacó de sus respectivas ensoñaciones.

Esteban alzó su dedo índice, señalando a continuación un teléfono con forma de góndola que, sujeto todavía a la pared a través de un cable, reclamaba su atención.

Koldo lo observó con la misma maravillada extrañeza con la que hubiera contemplado una paloma mensajera.

—¿Me das un momento? —se disculpó él.

Koldo asintió mientras el anciano se incorporaba y se dirigía a coger el teléfono, que seguía sonando en la esquina del aparador.

—¿Le importa que vaya un momento al baño?

—Claro, angelito —le respondió el otro—. Como en tu casa, ya sabes dónde encontrarlo.

Koldo se sentó en la taza sin poder evitar un suspiro de alivio, como cada vez que inspeccionaba el estado de su salvaslip y comprobaba que seguía inmaculado y sin manchas.

Aquel gesto que practicaba cinco o seis veces al día le quitaba años de vida.

Cómo envidiaba a todas aquellas mujeres que podían bajarse la ropa interior sin preocupación.

Sentada en la taza, miró alrededor, curiosa.

El cuarto de baño tenía el mismo tamaño y distribución que el suyo, incluso el mismo estilo de baldosa con ondas en tonos arena.

Los productos de aseo eran otra historia, claro, pero todo estaba primorosamente limpio.

Cuando terminó, se lavó las manos inspeccionando su rostro en el espejo que colgaba sobre el lavabo: tenía el lustre subido por tanta hormona, constató.

Una pena que estuviera tan desaprovechado, añadió para sí misma, encogiéndose de hombros.

Salió un poco ensimismada, sin mayores intenciones de nada.

Pero, igual que en su casa, el cuarto de baño le ofreció una salida doble.

La que se dirigía de vuelta al salón, donde oía la voz amortiguada de Esteban al teléfono tras la puerta, o la que llevaba hacia el dormitorio principal en el que Amelia dormía, y cuya puerta adivinó entreabierta.

Llevada de una curiosidad un tanto atolondrada, hizo caso de un primer impulso, dirigiéndose hacia allí.

Pero en lo que tardó en cubrir la corta distancia que iba del baño al dormitorio, sus gestos se volvieron mucho más intencionados y sus pasos, más silenciosos; una última mirada hacia atrás según giraba la puerta del dormitorio la alertó de que lo que estaba haciendo en ese momento era cualquier cosa menos inocente.

De todos modos, terminó de abrir la puerta y se coló en el dormitorio.

Amelia respiraba con delicadeza, tumbada sobre la cama y con un ligero echarpe cubriendo su estómago.

A pesar de que la persiana estaba echada, los decididos haces de luz que se colaban por los huecos permitían identificar su figura en la cama y la disposición de la estancia, e interpretar cada detalle con cierta minuciosidad.

El gran armario empotrado, la pequeña butaca donde reposaban varias prendas, la cómoda con bonitos objetos de tocador ya pasados de moda…

Esteban había debido de conformarse con la habitación menor del piso, dejándole a su hermana el dormitorio principal con el acceso correspondiente al patio.

Un hermano atento y considerado, se dijo para sí misma con aprobación, mientras sus ojos reculaban, volviendo sobre el tocador.

Dos fotografías, en sendos marcos de plata, reposaban sobre el mismo, ofreciendo a la mirada cada vez más adaptada de Koldo una mayor información.

Uno de ellos, muy antiguo, era un retrato de familia delante del elegante pórtico de una casa.

Koldo imaginó que la niña y el niño eran los hermanos Trebujena, y que el posado había tenido lugar delante de la entrada de la vivienda de los Silva.

La otra imagen, también en blanco y negro, era la de un apuesto e inquietante joven.

Koldo notó cómo su corazón pegaba un pequeño bote al reconocerlo.

Sin pensarlo mucho y movida por la curiosidad, se acercó hasta el tocador en tres cuidadosas zancadas y tomó el marco entre sus manos.

Pascual Silva la miraba con sus penetrantes ojos enmarcados por el negro de aquellas pestañas imposibles, matizados por la amabilidad del blanco y negro, desde cincuenta años atrás.

Sus rizos rubios, bien engominados, asomaban por debajo del sombrero; vestía un elegante traje en tonos claros con chaleco y corbata gruesa, y se apoyaba indolentemente en el borde de su fuente. La de ambos.

La joven observó el retrato, desconcertada.

No tanto por el evidente carisma de la figura central, ni siquiera por tener delante la pieza fundamental de todo aquel extraño puzle, su fuente.

Lo que no podía dejar de observar, lo que la había pillado con la guardia baja, era el patio.

Las familiares líneas de su fuente reposaban en el centro de un espacio que le resultaba extrañamente desdibujado.

Porque la extensión de aquel lugar no se correspondía en modo alguno con las dimensiones del patio que ella tan bien había aprendido a reconocer.