Capítulo 24
Koldo se sentía un poco ridícula con el bizcocho en las manos, pero procuró poner una expresión afable y cercana mientras se sabía observada a través de la mirilla que asomaba bajo una chapa de metal en la que se podía leer Trebujena.
La puerta estaba vieja, pero la alfombrilla apostada a sus pies resplandecía, como si nadie se hubiera animado a usarla hasta entonces.
Sus cerdas, limpias y henchidas, provocaron una extraña inquietud al evocar su episodio más reciente en la planta de arriba.
Se preguntó cuándo recibiría la visita de su vecino, pero alejó la idea con un rápido gesto de cabeza al tiempo que la puerta se abría.
A pesar de su edad, el rostro del señor Trebujena se asomó con medida curiosidad; su mirada todavía preservaba cierta juvenil lucidez que a Koldo le previno de comportarse con aquella desinhibida simpatía que solía permitirse en presencia de personas de edad muy avanzada, a las que presuponía benévolos y faltos de reflejos.
Se sintió observada con detenimiento, quizá demasiado.
—Soy la vecina nueva. —Hizo un gesto con la cabeza señalando la puerta contigua y luego alzó el bizcocho como si fuera una ofrenda sagrada.
El anciano Esteban Trebujena dirigió su mirada al pastel; levantó el papel de aluminio y miró el interior, enarcando las cejas en lo que a Koldo le pareció un gesto de sorpresa. Aquella expresión, dirigida a un producto tan prosaico, la pilló desprevenida.
—¿No le gusta el bizcocho?
—Oh, me encanta —se disculpó el hombre. Acto seguido, tomó ceremoniosamente la bandeja de manos de Koldo, y todavía a un lado de la puerta cada uno, volvió a escrutarla. Temió que la cerrara sin invitarla a pasar.
—Supongo que también tendrás un rato para quedarte a merendar —le dijo por fin.
Koldo le dispensó su sonrisa más inocente.
El piso, con una distribución equivalente pero inversa al suyo, tenía un parqué mucho más antiguo y las paredes recubiertas de gotelé.
Más allá del taquillón de madera se adivinaba el mismo distribuidor y, enfrente, un salón cuya pared izquierda discurría en paralelo a su propia casa.
Los muebles eran clásicos y agradables; había una estantería bien surtida de libros, cojines y tapetes tejidos distribuidos aquí y allá, un par de escenas de caza colocadas en una pared y un bonito jarrón de flores secas en la mesa de comedor.
Frente al antiguo televisor y con los ojos cerrados, una anciana de pelo blanco con un cuidado recogido en la nuca parecía dormitar en un sillón orejero de terciopelo granate.
La piel que la envolvía recordaba a un finísimo y delicado pergamino que estuviera a punto de resquebrajarse. No le extrañaría que rondara el siglo.
—¿Su madre? ¿Está dormida? —susurró, fastidiada por lo inoportuno de su propia visita. Y por lo poco provechosa que resultaría si le fallaba la mitad de sus interlocutores.
—Oh, desde luego, está dormida. Pero no es mi madre —dijo el señor Trebujena, divertido.
Koldo miró a la mujer, aprensiva. Tal vez fuera su esposa, pensó, amonestándose por su torpeza. Este se rio ante su azoramiento.
Todavía encantado con la ocurrencia, el anciano se colocó detrás del sofá orejero y, cogiéndolo por unas manillas que a Koldo le habían pasado desapercibidas, lo inclinó hacia sí mismo hasta apoyarlo sobre unos ruedines en los que tampoco había reparado.
Con cuidado, guio la improvisada silla de ruedas a lo largo del salón hasta hacerla desaparecer por la puerta del fondo que, si aquella casa se correspondía con la suya, daría sin duda al dormitorio principal.
Aguardó a que el señor Trebujena regresara, mientras se dejaba reconfortar por el agradable olor del bizcocho.
—Hora de la siesta —dijo a la vuelta—. ¿Me acompañas a la cocina? Me estaba preparando una infusión.
—¿De verdad no molesto?
—Palabra —dijo el anciano tras indicarle que se sentara en una silla y destapar el bizcocho, que dejó en la mesita—.
Angelito, esto huele de maravilla. —Se inclinó para percibir el olor aún tibio del bizcocho mientras Koldo se removía incómoda en la silla—.
¿Sabes? —continuó, mientras el olor del pastel se mezclaba con el de su poleo menta y el descafeinado que le había pedido Koldo—.
Los bizcochos son como las balas y cada molde como una pistola; deja sus propias muescas.
De esa manera se puede seguir siempre el rastro para saber quién es el culpable, o de quién es el mérito.
Sobre todo, si está tan bien hecho como este.
Ajeno a la incomodidad de la joven, Esteban Trebujena colocó las tazas, un cuenco con terrones de azúcar moreno y una jarrita de leche en la misma bandeja que las dos generosas porciones de bizcocho, y la invitó a volver al salón.
—Mmm —se relamió con teatral deleite tras morder el bizcocho que todavía sostenía en la mano—. Solo he probado uno igual de esponjoso y su dueña nunca ha querido darme la receta. Pero tú tienes que ganarte a los nuevos vecinos, ¿me equivoco?
Supuso que aquel obsequioso juego del gato y el ratón no era sino un pequeño escarmiento como pago a sus deseos de fisgar.
Y, la verdad, no le pareció mal; en cierto modo, le hacía sentir menos culpable.
Estaba sentado en la butaca contigua al tresillo al que había emplazado a la joven y, o mucho se equivocaba, o tendría que transitar por un tedioso peaje de preguntas sobre sí misma antes de que el anciano considerara oportuno contarle algo de interés.
Se obligó a mostrarse paciente mientras le dirigía otra amable sonrisa.
—¿Sabes que también tienes un vecino nuevo arriba? —La pregunta la dejó fuera de juego—. Es en parte siberiano, de un pueblo llamado Yakutsk; el más frío del mundo, tengo entendido. Tienen un mamut disecado conservado a la perfección —añadió con insólita erudición.
Siberia. Otra vez.
—Qué curioso. Yo estoy leyendo un libro sobre Siberia —dijo ella un tanto tontamente.
—Oh, lo sé —apuntó el anciano.
Contuvo una expresión de sorpresa. No sabía si por la precisión de la información que el vecino manejaba sobre su persona, o por la humillante perspectiva de que también supiera cómo había llegado el libro a su poder.
—¿Se les sigue el rastro, como a los bizcochos? —dijo sin pensar.
El señor Trebujena lanzó una espontánea carcajada al aire, limpia y sonora. De pronto, pareció que tenía cuarenta años menos. Y que era miembro de algún tipo de agencia de inteligencia pillado en pecado.
—Tristán es un buen amigo —observó, contribuyendo a sacarla de dudas—. De aquí de La Proa, de toda la vida. De vez en cuando viene; nos trae la compra y algún libro —dijo, señalando la nutrida estantería.
Teniendo en cuenta el íntimo conocimiento sobre repostería comunitaria y aficiones lectoras del que el señor Trebujena estaba haciendo gala, Koldo intuyó que el anciano disponía de sobrados recursos con los que hacerse con información vecinal clasificada de la más diversa naturaleza.
Y que ella no estaba siendo una excepción.
No era de extrañar que estuviera disfrutando más que ella del encuentro que la propia Koldo había propiciado.
—Amelia no puede valerse por sí misma, y a mí no me gusta demasiado salir —añadió el anciano, como si leyera sus pensamientos y pretendiera restarle incomodidad compartiendo su propia idiosincrasia doméstica—.
Es mi hermana, aunque yo soy bastante más joven que ella —aclaró con gentileza—. ¿Te gusta esto?
—En realidad, mucho.
—¿En realidad?
Koldo reflexionó un momento antes de contestar.
—Había oído hablar ya de La Proa. Mi abuela vivió en Madrid brevemente hace muchos años y siendo niña, entre otras historias, nos habló de un barco perdido en mitad de la capital.
Pero nunca imaginé que acabaría viviendo en él.
La oportunidad surgió de la forma más tonta y la idea me hizo cierta gracia.
Hizo una pausa para reflexionar, decidiendo jugar la carta de la sinceridad.
—Lo que ocurre es que es difícil entrar a vivir aquí y mantenerse al margen de lo que es… y de lo que fue. Esta colonia por dentro es todavía más fascinante que contemplada solo desde el exterior.
Instalado en su sillón, el señor Trebujena cruzó las piernas animándola a seguir, así que optó por ir directa al grano, esperando que la honestidad le diera mejores frutos que el parloteo amable.
—Antes de poner un pie en el piso de al lado, ya me lo habían contado todo sobre La Proa, la editorial Odisea, la saga de los Silva, el tema de los edificios con nombre de mito… O eso creía. Porque resulta que cada día me entero de algo nuevo que me pilla por sorpresa.
Miró al anciano, esperando un gesto de aprobación que la animara a seguir.
Por primera vez, la juvenil mirada del señor Trebujena se mostró en toda su intensidad, como un interlocutor omnisciente que tuviera guardadas todas las respuestas y solo estuviera esperando a que alguien se las pidiera para entregarlas.
—El otro día cayó en mis manos un número antiguo de la revista El Caso ; una especie de crónica negra sobre algo que sucedió en mi propia casa hace más de medio siglo.
Apretó el acelerador para dejarse de preámbulos y soltarlo de corrido.
—No sé si le parecerá un atrevimiento que me haya presentado así, pero acabo de enterarme de que ustedes, mis vecinos de al lado, también forman parte de esa historia del pasado que, al fin y al cabo, sucedió en mi propia casa. En esa fuente donde cada día pongo mis pies a remojo.
Calló un momento, porque no sabía muy bien cómo continuar; pero él lo hizo por ella.
—Y estás muerta de curiosidad.
Koldo asintió, permitiendo que la avidez se reflejara por primera vez en sus pupilas. La respuesta del anciano no pudo ser más generosa.