Ayer en mi patio Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

«Amaro Rodríguez-Felipe y Tejera Machado, más popularmente conocido como Amaro Pargo, fue un corsario, prestamista y comercial español», rezaba la entrada de la Wikipedia.

Resumiendo, un pirata, corsario y capitán de fragata, nacido en La Laguna, Tenerife, en 1678 y procedente de familia adinerada, que participó en la carrera de Indias logrando una gran fortuna, y con una única debilidad: su devoción por sor María de Jesús de León y Delgado, conocida como la Siervita, una monja que, al parecer, fue la responsable de sacar el lado más piadoso del pirata.

—Está enterrado en su tierra natal, en La Laguna, en una sepultura con lápida de mármol sobre la que, además del escudo familiar, se exhibe el símbolo pirata. Palabra.

—¿Y este Amaro Pargo es el personaje en el que se inspira Baltasar de Figueroa?

—Parece que sí. ¿Recuerdas aquel tipo con el que coincidió Pascual en una noche de farra en Barcelona?

¿El que decía descender del pirata en cuestión?

Amaro Pargo, cuya devoción por la Siervita impidió al parecer que se casara, sí tuvo un hijo ilegítimo con la cubana Josefa de Valdespino.

Después de aquella conversación se empezó a rumorear que algunos de los viajes de Pascual al otro lado del charco eran, en realidad, expediciones.

Que fue en busca del tesoro, vaya. Y hubo quienes dijeron que lo encontró.

En efecto, Pascual hizo varios viajes al Caribe, La Habana y Venezuela, aunque quizá solo buscaba negocios turbios, contratos rentables y mujeres bellas.

—Claro, así es como acabó conociendo a su prometida, Teodora —apuntó Koldo, con voz ensoñadora. De repente, había cosas que veía desde un nuevo ángulo—. Y de allí es de donde vino la famosa esmeralda.

—De allí pudo venir el anillo, sí —afirmó Asier, ajeno al hecho de que la sortija hubiera sido en origen un pendiente—. Pascual podría haber estado tras la pista del tesoro de Amaro Pargo.

Como teoría era muy romántica, pero incluso Koldo podía ponerle ciertas objeciones a aquella hipótesis.

—Fue a buscar un tesoro, lo encontró, ¿y lo dejó ahí? Porque nadie vio ni rastro de él, con excepción, quizá, de la esmeralda.

—Bueno, yo más bien creo que el hallazgo del anillo le indicó que andaba en la buena dirección, pero no le dio tiempo a ir a buscar el resto; murió antes.

Koldo asintió, pensativa.

—Puede ser.

—Sin embargo, sí tuvo tiempo de hacer otra cosa mucho más loca y más acorde a su temperamento.

Ella lo miró inquisitiva, animándolo a seguir.

—Según se rumorea, el número uno de El Ángel , en realidad, empezaba por el final de su vida.

Baltasar de Figueroa abordaba su último barco, peleaba hasta su último aliento y, herido de gravedad por una espada, aguardaba en su lecho de muerte la extremaunción.

Ahí es donde hacía un repaso de sus andanzas, no sin antes dedicarle su más piadoso sentimiento —de nuevo el gesto de las comillas— a su adorada beata.

—La equivalente a la Siervita.

—Exacto. E igual que Amaro Pargo hizo grandes donaciones a la Iglesia y a las gentes humildes de su tierra, Baltasar manifiesta su intención de hacer lo propio.

Y da indicaciones de dónde encontrar sus bienes, las riquezas acumuladas a lo largo de décadas surcando los mares con una patente de corso y pocos escrúpulos.

Son muy precisas. Una guía, casi con las mismas indicaciones que ofrecería la Lonely Planet en la actualidad, para acceder al tesoro de Baltasar de Figueroa, oculto Dios sabe dónde.

—En otras palabras…

—En otras palabras, el número uno de El Ángel sería un detallado mapa del tesoro.

Koldo volvió a mirarlo, escéptica.

—¿Y veraz, quieres decir?

—Eso nunca se ha podido saber. Hasta ahora. ¿Tienes el resto del tebeo?

A Koldo se le encogió el estómago al darse cuenta de las implicaciones. Miró con disimulo a la primera planta de La Proa; las ventanas estaban cerradas. Suspiró con pesar antes de responder.

—No. Todavía no. Pero prometo que volveré a intentarlo.

Un ruido repentino en el patio de Tifón los sacó de la conversación. Maca abrió la puerta de su terraza haciendo notar su presencia entre cubos y escobas al tiempo que profería las voces habituales.

—¡Eduardo! Llevo media hora buscándote por toda la casa. ¿Se puede saber qué haces aquí afuera agazapado? Estoy haciendo un bizcocho y necesito que vayas a por levadura.

Un momento de silencio después, se oía de nuevo la voz de Maca, más crispada si cabe que momentos antes.

—Pero ¿estás tonto? ¿Qué gesto es ese? ¿Que me calle? ¡Mueve el culo! —se le oyó decir, al tiempo que su voz se notaba cada vez más lejos, lo que indicaba que ya se alejaba piso adentro—. Te he dejado el dinero en la mesita de la entrada —fue lo último que se le escuchó.

Poco después, una figura oscura se levantaba en el patio que quedaba en diagonal al de Koldo y tropezaba con algo.

—¡Edu! —lo llamó Koldo, aún sorprendida, por lo imprevisto de la interrupción—. ¡Tifón!

Pero este pareció no oírla. La figura se introdujo en la casa tras la estela de la de su madre.

—¿Quién era ese? —preguntó Asier frunciendo el ceño.

Koldo todavía seguía sorprendida.

—Nada, un vecino. Un chaval, en realidad.

—Creo que sé quién es. ¿Nos estaba espiando? —preguntó él, todavía mosqueado.

—No, qué va; estaría fumándose un cigarrillo. Suele hacerlo a escondidas —explicó Koldo, restándole importancia. Pero ni ella se lo creía.

La irrupción simultánea de todos aquellos personajes en un escenario común hacía que estos se suplantaran en su cabeza: no conseguía disociar la imagen de Amaro Pargo del personaje de El Ángel al que había inspirado, ni la de Baltasar de Figueroa de su creador, cuyos cabellos acababa identificando con los del propio Asier en una desordenada mezcla de impresiones.

Tratando de evitar que la confusión derivada de ese bucle mental la perturbara en exceso, se refugió en el libro de Siberia una vez más.

Perseguía con aquella afición suya por organizar viajes imposibles una especie de olvido terapéutico.

Pero el olvido le estaba resultando todavía más imposible que el viaje en sí.

Las referencias a la estepa la habían trasladado hasta la planta de arriba, a la casa del ruso.

Dirigiera los pensamientos a donde los dirigiera, no lograba escapar a su condición de reclusa, atrapada física y mentalmente, en una realidad cada vez más concreta y difusa al mismo tiempo.

Resignada, se abandonó a los cantos de sirena de La Proa.

Al fin y al cabo, era la distracción que tanto había anhelado.

Se levantó con cuidado, subió la persiana lo justo para pasar sin agacharse demasiado y se dejó envolver por aquella bocanada naranja de la hora de la siesta.

—¡Tifón! —lo llamó, susurrando en alto, mientras se acercaba tanto como podía a la esquina que compartían ambos patios—. ¡Tifón!

El chaval se hizo de rogar un buen rato. Acabó dejándose caer por el patio y, ante la insistencia de Koldo, se encaramó a lo alto del cristal observándola con languidez. Ella no quiso preguntarle si antes no la había oído, porque sabía que sí. Y tampoco qué le pasaba, porque creía intuirlo.

—¿Tú sabías lo de Amaro Pargo? —le preguntó a cambio, sin rodeos.

—Sí —mintió él sin abandonar el tono lacónico. Si los había escuchado antes, en cualquier caso, sabía ya tanto como ella misma.

—¿Y crees que Pascual encontró el tesoro?

Tifón, todavía enfurruñado, no respondió.

—¿Sabes que la piedra del famoso anillo desaparecido formaba en origen parte de un pendiente antiguo que perteneció a Pascual Silva? —le dijo, tratando de ablandarlo con información inédita. Percibió la lucha interna en Tifón, al que acabó pudiéndole la curiosidad.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Tengo mis fuentes —le respondió ella—. Esta noche viene mi amiga Iso a cenar, ¿te apuntas?

—¿Vendrá también Asier, el del Mascarón? —preguntó él, suspicaz.

—No es tan amigo.

—Ni está cuando se le necesita —apostilló él. Koldo hubo de reconocer que algo de razón tenía.

—Él no viene. Pero nosotros podemos seguir elaborando hipótesis en torno a nuestro pequeño misterio.

Edu sonrió y Koldo supo que la tormenta había pasado.

—Pero antes necesito que me hagas un favor y no se lo digas a tu madre.