Ayer en mi patio Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—De que aquí todos escondemos cositas.

—¿Como qué? —Koldo había picado.

—Como esto —dijo él, señalando su barriga.

Una sencilla maniobra, y había conseguido desviar la incómoda deriva de la conversación hacia su persona.

—¿De qué hablas? —repitió ella sin poder evitar removerse en la tumbona.

—De que antes no tenías esas tetas. Y verás, tampoco me hizo falta conservarlas para recordar cómo eran.

—Anda ya. —Por muy observador que fuera, Koldo estaba segura de que el tipo de inquietudes cultivadas por Asier y sus dotes de observación nunca hubieran sido capaces de confluir en esa conclusión. Pero prosiguió—: Y no te has movido de esa tumbona en toda la mañana.

—Venga, ¿quién te lo ha dicho?

Él se rio, reconociendo el farol.

—Fueron tus vecinas. Lo comentaron el otro día en el bar.

¿Qué quieres? Esto es un patio comunitario —dijo señalando con la cabeza el enjambre de terrazas.

Saltaba a la vista el alivio que le producía el cambio de rumbo que había tomado aquella conversación.

Ella no pudo evitar compartirlo, disfrutando también en parte.

Tenía que confesar que aquella información, más que sorprenderla, le había resultado halagadora.

—¿Así que hablaban de este de aquí? —se oyó decir mientras se acariciaba la barriga.

—De ese concretamente no —respondió el otro, poniendo fin con cierta crueldad a sus placenteras especulaciones—. Hablaban del supuesto padre. Todos quieren saber quién es. Incluido yo.

Koldo se echó a reír ante su propia ingenuidad.

La de los dos. Que él tuviera dudas no era menos absurdo que el hecho de que ella no hubiera pensado en que él las pudiera albergar.

Lo miró a los ojos, diciéndose que quizá fuera la primera vez en la que su mirada reflejaba urgencia y se sabía a merced de ella.

Dudó. Por un momento la poseyó el ánimo de revancha, como si por fin hubiera llegado la hora de ajustar cuentas tras tantos años de seductora y cálida oscuridad. Ahora podría cobrárselo con creces.

—¿El padre? ¿En serio? —Siguió riendo—. ¿Qué te gustaría saber de él?

—Me gustaría desconocerlo todo, en realidad.

Koldo se rio con ganas antes de claudicar.

—Tranquilo, ese es como el anillo.

Asier la miró sin entender, pero deseando hacerlo.

—Ni está ni se le espera.

Él la observó con un interés perplejo, poco acostumbrado a querer saber y a tener que preguntar.

—¿Entonces no tengo nada que ver?

Koldo disfrutó de aquel instante, indulgente. Negó con la cabeza, aunque no supo decidir si la mirada de Asier reflejaba alivio o decepción.

—Podrías haber contado conmigo —acabó diciendo este.

—Pero ¿tú quieres ser padre?

Intuía que su comentario tenía más que ver con la vanidad que con cualquier otro posible deseo de ejercer la paternidad, pero lo preguntó de todos modos. Era la inercia de aquella conversación al sol.

—Ah, no, padre no —le confirmó él—. Pero hubiera sido un excelente donante.

Mira —prosiguió, poniéndose de medio lado—.

Por este perfil corre la sangre vasca del viejo.

Y por estos brazos, la energía de Levante, cortesía de mi abuela.

¿Y qué me dices de esta piel fenicia? ¿Y de estos cabellos celtas?

—dijo sacudiéndolos—. No hay sangre más pura que la que se ha mezclado bien, solo nos quedamos con lo mejor. Y te lo has perdido.

Ella lo observó en silencio un momento.

—Bueno, lo que no he perdido es el hilo. ¿Qué había en mi radiador?

Asier acusó el golpe haciendo una mueca de dolor. Luego sacó un papel doblado en cuatro del bolsillo de atrás de su vaquero; volvía a jugar.

—Ahora sí que lo vas a hacer —le aseguró, al tiempo que le tendía el papel en cuestión.

Lo reconoció enseguida, apenas lo desdobló. Era la portada del número uno de El Ángel , el verdadero motivo de aquella visita. Ahí estaban, Baltasar de Figueroa y el tipo calvo del loro, ambos expectantes y con expresión triunfal. A Koldo le divirtió volver a percibir aquel parecido.

—Sois Tristán y tú, ¿no te has dado cuenta?

Asier se sonrió, tomando de nuevo la portada para verla mejor.

—En realidad, en aquella época era bastante habitual inspirarse en personas reales; hacer pequeños homenajes a grandes personalidades, incluso alguna autorreferencia.

A Eduardo Baños, que fue el creador y el dibujante de Roberto Alcázar y Pedrín , por ejemplo, le trajo por la calle de la amargura el supuesto parecido de su personaje protagonista con José Antonio Primo de Rivera.

Incluso le acusaron de estar vendido al régimen; aunque él siempre lo negó.

En realidad, era un retrato de sí mismo; tuvo mala suerte con aquel ejercicio de narcisismo, un castigo a su vanidad.

Y Baltasar de Figueroa, aquí donde lo ves —le tendió el papel, señalándolo—, no era otro que Pascual Silva.

Por deseo expreso suyo, obviamente. Koldo volvió a observar el dibujo con renovada atención.

Consciente de lo que hacía, buscó en aquel rostro rodeado de tirabuzones rubios aquellos extraños ojos de mujer.

Ahí estaban. Casi traslúcidos, almendrados, enmarcados por sendos trazos de negras pestañas.

Se le ocurrió pensar que la miraban de forma intencionada.

Consciente de lo ridículo de aquella percepción, acabó apartando los ojos del cómic.

—¿Qué hace de este número algo tan especial?

—Que no existía. Al menos hasta ahora.

—¿Y ahora que existe?

—Verás, el motivo oficial de que aquel número desapareciera de la circulación fue un error de imprenta.

—Yo no veo nada raro en eso.

—Ahora va la razón no oficial. Hasta 1952 los tebeos gozaban de una relativa libertad, pero, de repente, el Estado cayó en la cuenta de que aquellas viñetas eran una ventana al muy limitado e impresionable mundo juvenil.

Vislumbraron su gran potencial educador —dijo haciendo el gesto de las comillas mientras pronunciaba la última palabra—.

Los cómics acabaron catalogados por edades y sexos, sus contenidos, editados y a merced de los intereses de las Delegaciones Provinciales de Prensa, siempre atentas a las recomendaciones que dictaba la Junta Asesora de Publicaciones Infantiles y Juveniles, un bonito órgano constituido por lo más selecto entre educadores, gente de la Iglesia y miembros de la Administración pública y del partido.

—La censura, vaya.

Asier cogió el iPad apoyado en la mesa del patio, tecleó algo y se lo tendió a Koldo. Eran un par de portadas antiguas de El Ángel . Del número dos y del número tres, según pudo ver ella.

—Ahora mira la que tienes en la mano.

Obediente, comparó ambas. Luego lanzó una exclamación.

—Le han cambiado los ojos. ¡Ya no son los de Pascual Silva!

—También han retirado el brazo del hombro de Baltasar de Figueroa.

Koldo asintió, sorprendida y sin comprender del todo.

—El hecho de que Baltasar tuviera la cara de Pascual fue intencionado, claro.

Pero que sus rasgos recordaran a los de una mujer fue solo mala suerte.

Cuando el padre supo que la censura andaba detrás del tebeo, no perdió un momento.

Recordemos que se lo había traído de Barcelona por las relaciones poco convenientes de Pascual con cierta parte del gremio en exceso contestatario e incómodo para el régimen.

Y, de repente, sobre su negocio se cernía la sospecha de promover las amistades entre el mismo sexo.

—¿Sabes lo ridículo que suena eso?

—La época en sí era ridícula. Fue un tiempo mojigato y santurrón, donde era muy fácil pasearse al filo de la censura sin ser consciente hasta que era demasiado tarde.

¿Recuerdas que en Mogambo convirtieron a Grace Kelly en hermana de su propio marido para evitar que cometiera adulterio con Clark Gable?

El adulterio era, además de un delito penado, un pecado mortal.

El caso es que con aquel novedoso matiz acabó cometiendo incesto, algo por lo visto mucho más aceptable para la moral imperante.

Esa era la época en la que a Pantera Negra, nuestro Tarzán local, lo pusieron en una viñeta a cantar salmos religiosos junto a unos nativos, a mayor gloria de la fe cristiana, y el moño de Hermenegilda, del tebeo Las hermanas Gilda , fue sospechoso de promover el erotismo.

Koldo lo escuchaba, incrédula. Conocía aquel tebeo por sus primas mayores. Asier prosiguió:

—Ante el miedo a sanciones económicas, multas descabelladas e incluso a la inhabilitación del director, la represión más dura de todas solía venir de la mano de la autocensura, y no se les puede culpar por ello.

Gregorio Silva tampoco fue una excepción, pero aquella novedosa acusación ni se le había pasado por la cabeza.

El problema no era tanto la multa que le acarrearían aquellos comentarios infundados como que el morbo dirigiera la atención sobre su hijo.

El chivatazo le llegó demasiado tarde; los cómics estaban ya impresos.

Pero retiraron todos antes de que pisaran la calle.

Y, supuestamente, los destruyeron. El Baltasar del número dos era un nuevo Baltasar.

Y creo que Pascual no se lo tomó muy bien.

—Pero ¿cómo sabes todo eso?

—Por Tristón, ¿por quién va a ser? Pero también sé algo más. Un rumor que se extendió y que no hizo sino aumentar la leyenda del número uno. Y que lo convirtió en El Dorado del mundo editorial, el cómic apócrifo más buscado, la madre del cordero de los tebeos…

—Corta ya. ¿Qué rumor?

—¿Has oído hablar de Amaro Pargo?

Koldo negó con la cabeza. Asier le señaló el iPad.

—Teclea.