Ayer en mi patio Capítulo 23
61%

Capítulo 23

Asier le dio un sorbo al té sin abrir los ojos, arrullado por el griterío de las golondrinas que sobrevolaban el patio.

Luego volvió a girar la cabeza buscando el sol mientras aquella melena dorada que parecía veteada de olas y salitre le caía por la espalda desnuda.

Así sentado, con las piernas cruzadas sobre el borde de la fuente y los hombros bronceados reflejando los primeros rayos, su imagen le recordó a la de años atrás.

A Koldo le vinieron a la cabeza aquellas partidas de ajedrez que se jugaban las mañanas de resaca en su piso universitario.

Los torsos descubiertos, los primeros rayos que entraban por la ventana absorbiendo el alcohol de las pieles, las gafas de sol mientras tomaban café negro a sorbos.

—Por poco no volvemos a vernos —dijo él de repente, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos.

Echada en la tumbona, Koldo observó sus propios muslos desnudos, doblados frente a ella.

Si estiraba las piernas, pensó, sus pies llegarían justo al regazo de Asier.

Sonrió para sí. Sabía que aquel comentario no tenía ninguna connotación sentimental; era solo un reproche educado tras el que se ocultaban las ganas de volver a pisar la casa de Pascual Silva, ahora que el asunto del anillo estaba también en conocimiento de la nueva propietaria.

—Desde luego, no te merecías que te volviera a invitar.

—Bueno, yo te puse en antecedentes de La Proa, de la editorial y de Baltasar de Figueroa; tenía que dejar algo para el resto del vecindario.

Koldo, agradablemente agredida por el sol matutino, lo miró con los ojos entrecerrados.

—Te guardaste lo más interesante. Como siempre.

—¿Estás segura de que no me he dejado nada sin mirar? —respondió Asier, en tono perezoso y aún con los ojos cerrados, haciendo caso omiso del reproche.

—¿Aún no te has quedado contento? —respondió Koldo, observándolo entretenida.

Encaramado al bordillo de la fuente tenía algo de reptiliano; un lagarto al sol con todos sus músculos inmóviles.

Su camiseta estaba extendida sobre una de las sillas de mimbre, aún mojada, tras varios intentos fallidos de hurgar en las tripas de las ranas a los que estas habían respondido con salvas de agua en las direcciones más variadas.

Después de quitarse la camiseta, ya empapada, había abierto la hornacina y había rebuscado bajo los faldones de la virgen y, tras varias inspecciones más o menos concienzudas entre los tiestos, se había dado momentáneamente por vencido ahogando su frustración en un té bien caliente. El anillo seguía sin estar ahí.

Llevada de cierta indefinible intuición, ella había preferido no contarle nada de la visita de la misteriosa dama.

Pero en un momento de debilidad había acabado apiadándose de él y, como quien echa un hueso a un chucho callejero, le hizo partícipe de la existencia de una inscripción oculta bajo cierta baldosa.

Asier abrió los ojos con expectación. Sin moverse de la tumbona, ella lo guio hasta la parte de detrás de la fuente, de la que el joven regresó con la sonrisa ancha y los ojos de un niño de las estepas.

—Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar —recitó en voz alta la inscripción de la baldosa que llevaba en la mano—. Romeo y Julieta —añadió, como si fuera obvio—. ¿Sabes que en realidad Romeo y Julieta está basada en la leyenda de Tisbe y Píramo?

A Koldo siempre le llevaba un momento de sorpresa recordar que Asier, más o menos, lo sabía todo.

—Sí, pero yo lo tuve que mirar.

Él se encogió de hombros mientras se retrepaba de nuevo en el borde de la fuente.

—Babilonia, Verona, Madrid —recitó pensativo—.

Tres historias con final trágico, pero no exactamente iguales.

En el mito clásico y en la obra de Shakespeare, ambos acaban con su vida al creer que sus amadas han muerto previamente.

Aquí no ocurre nada de eso. Él también se mata, pero no por la pérdida de la amada…

Quizá por la pérdida de la confianza en la amada. ¿Una traición?

Koldo callaba, dejándole pensar en voz alta.

—Pero esa inscripción… Hay algo que no encaja —prosiguió él.

—¿Por?

—Porque debería ser anterior al suceso. Así que no puede referirse al anillo.

—Se refiere a que no necesitó llevársela a la cama para recordarla. A diferencia de otros —dijo ella sin poder contenerse. Sonó a reproche.

Asier se rio mientras dejaba la baldosa a un lado, alargaba el cuerpo y agarraba de las piernas de Koldo tirando hasta que los pies estuvieron en su regazo. Los acarició con intención; siempre había acariciado con intención.

—Yo tampoco conservé estos empeines porque sabía que no los iba a olvidar.

Ella se relajó, disfrutando de la caricia mientras pensaba en la inscripción. Su mente, somnolienta, acabó volviendo al anillo y, de ahí, al mismo lugar en el que se empantanó un par de noches atrás.

—Creo que sabré acostumbrarme a convivir en casa con un objeto extraño —reflexionó en voz alta—; tampoco sería la primera vez.

¿Sabes que en el piso de Bilbao entraron a robar?

Me pareció el colmo de la estupidez, entrar a robar y no llevarse nada.

Hasta que me dio por pensar que no habían entrado a llevarse cualquier cosa, sino algo específico que estaban buscando.

Y que había convivido conmigo, en mi propia habitación, durante años.

Asier siguió acariciando sus pies sin variar el ritmo.

—Fui yo.

Koldo lo miró en silencio, tratando de interpretar aquellas dos palabras. Por lo que a ella respectaba, parecían estar articuladas en otro idioma.

—¿Cómo has dicho? —Le obligó a explicarse.

—Eso. Que fui yo —repitió con sencillez.

Sus dedos, que recorrían el empeine de Koldo, se trasladaron al tobillo en un movimiento rítmico y regular que no indicó que nada se estuviera desarrollando de forma paralela. Ella se dejó hacer mientras la extrañeza del comentario iba dando paso a la estupefacción.

—¿Fuiste tú?

Asier se tomó la molestia de alzar la cabeza y buscar su mirada, aunque solo fuera un par de segundos.

—No me digas que no lo sabías —le dijo en un tono que sonó a divertida decepción.

Su atención volvió a dirigirse a sus extremidades inferiores, mientras Koldo sentía que la sorpresa se convertía en indignación. En un acto reflejo, retiró los pies de su regazo, recogiéndolos hacia sí misma.

—¿Fuiste tú? —repitió la frase, incrédula—. ¿Tú eras el que entró? ¿Por qué? —Añadió, sin saber muy bien a qué se refería. Expuso sus dudas en voz alta—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Qué buscabas? ¿Cómo sabías que había algo en mi cuarto?

—Porque lo puse yo —repuso él con candidez.

Ella se lo quedó mirando de hito en hito.

Nunca, a lo largo de aquellos años, y después de haber reflexionado a menudo sobre aquel incidente, se le pasó por la cabeza que lo que sea que hubiera en su cuarto no fuera anterior a ella.

Que no llevara años ahí, agazapado, esperando a que sus dueños originarios fueran a recuperarlo.

Jamás, en todas aquellas veces, se le ocurrió pensar que aquello hubiera sido colocado ahí durante el tiempo que ella ocupó el cuarto.

Y menos que lo hubiera hecho una persona conocida, un amigo.

En realidad, si lo pensaba con detenimiento, era la opción más lógica.

Aunque, saltaba a la vista, no la más evidente.

Al menos no para ella. Se sintió muy tonta.

—No me mires así —le dijo él—. En realidad, es todo mucho menos delictivo de lo que tu mirada se empeña en dar a entender. —Le sonrió.

—¿Cuándo lo pusiste?

Asier se encogió de hombros.

—Ni lo sé, la verdad. Alguna mañana en la que te fuiste y yo me quedé durmiendo. Pero se quedó ahí cuando me fui a Galicia. Un día volví a ver al viejo, y se me ocurrió acercarme a tu casa a recogerlo. Llamé varias veces, pero no estabas. No había nadie.

—Estaba en la playa, con mi novio.

—Ya. Y yo esperando en la puerta y a punto de volverme a Galicia. Me pareció una tontería no llevármelo.

—Así que entraste en casa. Así, sin más. ¿Cómo? ¿También tenías llave?

Asier dirigió sus ojos al cielo.

—Yo no. Pero mis padres, que son tus vecinos, sí.

—Vale. Sigue.

—Lo demás, lo confieso, fue una chapuza.

Yo había metido aquello por la ranura, pero el cubrerradiador estaba clavado a la pared, no había manera de quitarlo.

Así que busqué algo para hacerme con el paquete, un alambre.

Busqué entre tus perchas, reconozco que revolví todo un poco, y todas eran de madera.

Luego se me ocurrió que a lo mejor tenías un sujetador de esos de aro, y abrí y vacié varios cajones…

Al final me puse nervioso, me impacienté, tiré de la madera y acabé arrancándolo.

Prometo que iba a esperar para contártelo. De hecho, te esperé. Pero no llegabas…

—Y entonces pensaste: lo dejo todo patas arriba y hago que no parezca un accidente.

Asier se rio.

—Tenía prisa, iba a perder el autobús. Pensé que sabrías que había sido yo.

—¿Ah, sí? Oh, me han intentado robar; vaya, seguro que ha sido Asier.

—Suena un poco idiota, no digo que no. Pero vamos a ver, ¿qué te faltaba?

—Nada.

—¿Lo ves? ¿Un robo sin robo? ¿Cuántos robos conoces así?

—En realidad, no conozco ningún robo. —Ella seguía enfadada. Y sintiéndose todavía bastante ridícula.

—Lo siento —dijo él, recuperando sus empeines y volviendo a colocárselos en el regazo—. No volveré a hacerlo —dijo en tono neutral.

La alusión a una no reincidencia le hizo pegar un respingo. De repente se dio cuenta de que había puesto a su disposición un escenario con las mismas características que tiempo atrás: su casa. Lo miró alarmada.

—No tendrías la desfachatez de volver a dejar algo en esta casa.

—Claro que no —corroboró él con semblante serio. La risa le bailaba detrás de los ojos.

—¿Qué era?

—¿El qué?

—¿No me vas a decir qué era lo que escondiste en mi propio dormitorio?

—Oye, no te hagas la ofendida, que aquí todos tenemos nuestros secretos.

A pesar de lo pueril de aquella argucia defensiva, el comentario inquietó a Koldo.

—¿De qué hablas?