Ayer en mi patio Capítulo 22
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Capítulo 22

Aquella velada, otra vez sola, no arrancó de una manera particularmente agradable.

Los dolores comenzaron de la forma habitual y, aunque echó mano a tiempo de la buscapina, estos cumplieron a la perfección con el patrón que se sabía de memoria, orquestando una especie de arco iris del dolor, con su subida, su meseta y su descenso.

Tratando de concentrarse en una serie que había puesto, Koldo acabó mordiendo un bolígrafo mientras derramaba alguna que otra lágrima de sufrimiento e impotencia.

Un par de horas después, lo peor de aquel nuevo cólico ya había pasado, y una mancha del tamaño de una moneda de dos euros, como el pago de un peaje, sellaba su salvaslip.

Es una mancha de las buenas, se tranquilizó a sí misma, constatando el color oscuro de la misma.

Más calmada, aunque todavía sudorosa, salió al salón y buscó el paquete de Marlboro que había tenido la previsión de dejar en una de las estanterías de la biblioteca.

Encendió un cigarrillo con mano experta y le dio un par de caladas, la segunda tan profunda que la hizo suspirar al mismo tiempo.

Un pelín mareada y casi celebrando que había superado con éxito uno más de aquellos espantosos episodios, se dirigió hacia la cocina mientras pensaba si había alguna botella de vino en la nevera.

Apostaría a que sí. Era un Orquídea que había abierto Iso hacía unos días; seguro que aún estaba bueno.

Se echó un culito en una copa y, disfrutando todavía del alivio, se encaminó otra vez al baño con la copa en una mano y el cigarro en la otra.

La temperatura, bien entrada la noche, seguía siendo alta y la idea de darse una ducha fresca se le antojó fantástica.

El dolor era una tortura, y el calor hacía que su sensación se prolongase pegada al cuerpo.

Apagó el cigarro sin terminar en el váter, dejó la copa en el lavabo y se metió en la ducha mientras abría el grifo sin apenas girarlo en dirección al agua caliente.

Agradeció el agua recorriendo su cuerpo, como si con ella se fuera el resto de aquel malestar.

La sintió cayendo a chorros por su espalda, por su nariz y su barbilla, y se frotó los ojos con placer.

Estuvo así un buen rato, sintiéndose renovada.

Cuando las horas anteriores empezaban a parecer casi un mal sueño, consideró que ya era suficiente.

Pero nada más salir de la ducha y colocarse frente al espejo, el halo de calor volvió a envolverla como una manta necesitada de alguien a quien abrazar.

Le dio otro sorbo al vino blanco, observando su figura en el espejo.

Con el pelo mojado, y a pesar del reciente sufrimiento, su rostro estaba lustroso, como el de una manzana.

Quizá fuera un niño, valoró. Eso dicen, que los niños te ponen guapa, ¿no?

Siguió observándose. Había echado caderas, eso seguro.

Giró sobre sí misma para ponerse de perfil.

Nada. Su tripa seguía ajena a los acontecimientos que se desarrollaban en su interior; parecía cortada a machete.

Sin embargo, sus pechos, de tamaño medio, parecían algo más hinchados.

Y pesados. Nada espectacular tampoco, valoró tomando uno de ellos con la mano; pero algo sí.

Se observó en el espejo pensativa. Con el pecho todavía apoyado en la mano, alargó el índice para acariciarse la areola.

El pezón reaccionó con prontitud mientras ella, sin apartar la vista de la imagen que le ofrecía el espejo, lo observaba.

Estuvo así un rato. Luego dio un profundo suspiro, se puso el kimono sobre la piel desnuda y aún húmeda y, con la copa de vino en la mano, salió del baño en busca de aire fresco.

El aroma del jazmín perfumaba el aire caliente.

La luna apenas asomaba. Y el patio se mecía en una tranquila oscuridad.

Apuró el vino y dejó la copa sobre la mesa antes de acercarse hasta los tiestos.

Alrededor, las casas guardaban silencio; algunas con las ventanas medio abiertas, ansiosas por atrapar algún soplo de frescura.

De la casa de Edu salía un ruido amortiguado; seguramente su madre veía la televisión al fondo.

A su espalda, el vecino parecía dormir; la persiana no estaba echada, pero la ventana permanecía cerrada.

Aspiró el aire de la noche con deleite a pesar del bochorno, mientras una ligera brisa asomaba por donde las chimeneas de La Proa.

Aunque a duras penas perceptible, la acogió con placer, cerrando los ojos al tiempo que echaba la frente hacia atrás.

Dejó que aquel soplo le acariciara el rostro y llegara hasta sus sienes húmedas.

Volvió a aspirar mientras, de forma inconsciente, sacudía los hombros para que el kimono, cruzado sobre su pecho, se aflojara.

El escote se ensanchó de tal manera que sus clavículas y parte del pecho se vieron también expuestos a aquella suave caricia.

Quizá complaciente, aquel viento caliente adquirió nuevos bríos ofreciendo una versión más vigorosa de sí mismo.

Koldo aflojó los brazos, consciente de que la bata de algodón neutralizaba aquel inesperado regalo.

Pensó en el placer que le proporcionaría quitársela allí mismo y sonrió ante su ocurrencia.

Sus hombros volvieron a sacudirse como movidos por una voluntad ajena a ella.

Un ligero sonido a sus espaldas pareció sobresaltarla, tensando su cuerpo.

Detenida a mitad de gesto, quedó momentáneamente alerta, prestando atención.

Sería curioso que alguien estuviera espiando algo tan inocente como una joven disfrutando de la cálida brisa nocturna.

Pero no se oyó nada más, silencio. Supuso que lo había imaginado.

Sus hombros volvieron a relajarse y el viento, de un salvaje lengüetazo, la reclamó para sí.

En un gesto de deliberado abandono, se permitió ceder a su impulso.

Los brazos se desmadejaron a ambos lados del cuerpo y la tela se abrió camino, avanzando a través de su piel. El kimono cayó al suelo con suavidad.

Entonces sí. Los días atrás, con todas sus correspondientes penalidades, se desdibujaron, y la responsabilidad de lo que había en su vientre pasó a ser secundaria.

Sintió cómo aquel ardiente abrazo se lo llevaba todo por delante y solo quedaba ella, su figura recortada en el aire y las plantas de los pies bien pegadas al suelo.

Se abandonó al momento. Quizá fueran las propiedades de aquel baño de luna, un ritual sobre cuyos beneficios había oído hablar elogiosamente a la madre de Iso en más de una ocasión; o tal vez la mezcla del calor, el vino y las hormonas, pero de repente se sintió pletórica.

Estuvo así un buen rato, diez minutos quizá, disfrutando de su cuerpo desnudo y sintiéndose infinitamente voluptuosa, hasta que su propia carcajada la sacó de aquel profundo éxtasis.

—Lo que hace el aburrimiento.

Todavía rodeada de su propia risa y aún descalza, giró sobre sí misma al tiempo que se agachaba para coger el kimono que aguardaba en el suelo.

Mientras se envolvía en él e iniciaba su regreso al interior, miró con intención el piso situado encima del suyo y comprobó, con malsano placer, que ahora la ventana sí estaba abierta.