Ayer en mi patio Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

La tarde era especialmente calurosa, muy parecida a la que Teodora había escogido para hacerle su confesión a Koldo, le dijo.

Aquella mañana, Pascual y ella habían paseado por El Retiro cogidos del brazo y, después de comer en Horcher, había regresado a casa.

Entonces sonó el teléfono. Querían hacer un ajuste de última hora del vestido, la avisaron.

Sería solo un momento. A una semana de la boda, advirtieron, no convenía correr riesgos.

—Resultó que el vestido estaba perfecto.

Cuando llegué al taller me dijeron que debía de haber alguna confusión; no había constancia de que nadie me hubiera llamado.

Regresé a Tisbe y enseguida supe que algo no iba bien.

Después de recorrer el piso sin entender qué sucedía, me asomé al patio.

La mampara de cristal —dijo Teodora señalando a su espalda, en dirección a la parte del patio de Koldo que daba a la casa de Esmeralda— estaba resquebrajada y manchada, como si algo la hubiera golpeado del lado del patio de Pascual.

Sin ceder al impulso natural de salir huyendo, me obligué a acercarme.

La intuición suele funcionar muy bien en estos casos, no había que ser una experta para saber que las manchas del otro lado, aunque no demasiado abundantes, eran de sangre.

Llamé a Pascual varias veces, en voz más alta cada vez, y todas sin respuesta.

Así que volví a entrar en casa, cogí el bolso, salí por la puerta y corrí hacia aquí.

Tenía llaves de su casa, al fin y al cabo, iba a ser mi hogar en una semana.

Llegué a Píramo en apenas medio minuto y abrí con mano temblorosa.

Lo vi nada más asomarme a la cocina. Pascual estaba sentado junto a la mesa, agarrándose la mano derecha.

Sangraba copiosamente por un par de heridas en los nudillos.

No se incorporó al verme, en realidad ni siquiera se movió, y tampoco dijo nada.

Se limitó a mirarme con aquellos ojos que, inexplicablemente, seguían mirando igual que siempre.

Voluptuosos pero inflexibles. Aquella impasibilidad suya me heló los huesos.

Un cuchillo descansaba sobre la mesa de la cocina, a un palmo de su mano.

Al mismo tiempo que él alargaba el brazo y echaba mano del arma, una alarma sonó en mi cabeza; era demasiado fuerte para ignorarla.

Pascual nunca me había agredido, pero en aquel momento la sospecha pudo más que la confianza.

A pesar de desconocer el motivo, no tuve ninguna duda de sus intenciones.

Recuerdo que di un paso atrás, al tiempo que lo llamaba por su nombre y le pedía que se calmara; y luego, otro paso más.

Pascual se levantó lentamente, tenía el cuchillo en la mano.

De una manera un tanto absurda, fui adentrándome en la casa en lugar de dirigirme hacia la puerta, que yo misma había dejado abierta.

Quizá mi subconsciente decidió por mí, a lo mejor pensé que la única manera de hacerle entrar en razón era no huyendo.

Y así, retrocediendo de espaldas y paso a paso, mientras seguía llamándolo por su nombre y pidiéndole que se calmara, me di cuenta de que había llegado hasta este mismo patio.

Tenía a Pascual a apenas dos metros. Me miraba como si ya no mereciera la pena ser vista.

Y siguió avanzando hasta que yo misma, al retroceder, tropecé con la fuente.

El resto ocurrió todo muy rápido, ni siquiera lo vi venir.

Al menos eso fue una suerte. Y seguramente has tenido ocasión de que te lo cuenten terceras personas.

O de leerlo —concluyó al tiempo que, para asombro de Koldo, la mujer alzaba una mano derecha mutilada delante de la cara de la joven.

Sus cuatro dedos ejecutaron un inocente baile en tomo al muñón del anular, cercenado a la altura de la primera falange, que a Koldo se le antojó un tanto macabro.

—El otro día fui incapaz de resistirme a revivir una época también mutilada —prosiguió con cierta ironía—.

A mi paso por España supe que la casa estaba en venta.

Tantos años después y, de repente, me atacó la nostalgia.

—Suspiró, mirando en dirección al patio—.

Quizá no debí venir; no siempre es bueno recordar el pasado, ¿sabes?

—Fijó aquella mirada azul sobre Koldo mientras apartaba un mechón de cabello blanco del rostro.

A pesar de los dedos largos y de la manicura perfecta, el dorso salpicado de manchas y las venas que lo surcaban delataban la edad que tan considerada había sido con el resto de aquella mujer.

Dicen que son las manos, y no el rostro, los verdaderos testigos del paso del tiempo.

El suyo, a tenor de lo que indicaban, había discurrido con intensidad.

Koldo se quedó mirando aquella mano lisiada mientras decidía si plantear la pregunta. Teodora Galindo, perfectamente consciente de la continuación lógica de su relato, se le adelantó sin necesidad de formularla.

—Me quitó un anillo —admitió con sencillez—.

Mi sortija de pedida. Y lo hizo de la manera más drástica que se me ocurre.

Todavía hoy sigo sin saber qué vio o creyó ver al otro lado de este patio, pero con el paso del tiempo el horror acabó dando paso a la aceptación de aquello que ocurrió.

Bonita o fea, es mi historia. Después, claro, llegó la nostalgia.

Quizá a mi pesar, me he dado cuenta de que echaba de menos la evidencia de que alguna vez estuve viva; el recuerdo —dijo señalándose la sien—.

Quería recuperar una razón que justificara echar la vista atrás.

Solo he necesitado algo más de medio siglo para entenderlo —bromeó por primera vez—.

A mis más de setenta años he aprendido sobradamente a vivir sin esto —añadió, señalando el hueco del dedo ausente—.

Pero añoro aquella dicha plena, aunque fugaz, y creo que por fin me siento capaz de evocarla.

Venir aquí solo ha sido una manera de recuperar la parte bonita que me fue arrebatada. Me entiendes, ¿verdad?

La mujer calló. Al parecer, su confidencia había concluido y aguardaba con aparente serenidad a que el peso de su revelación surtiera el efecto deseado en su interlocutora.

Pese al turbador efecto de la historia, sin embargo, a Koldo no se le escapaba que el objeto último de aquel testimonio que se le ofrecía de forma tan espontánea en modo alguno era desinteresado. A cambio, respondió con una pregunta:

—¿Es eso lo que buscaba en el patio en su primera visita? ¿El recuerdo?

La mujer acusó la brusquedad de la pregunta, pero se rehizo al momento.

—Espero que disculpes aquella vergonzosa intromisión; en un primer momento creí que mis motivos, lejos de ser persuasivos, parecerían desvaríos seniles de una anciana de la que más valía guardar las distancias.

Pero ya ves, aquí estoy de nuevo. De hecho, hay algo más —dijo sonriendo mientras volvía a juguetear con sus gafas—.

Nunca recuperé el anillo; mi anillo de pedida.

Era una bonita sortija con una gran piedra verde, según puedes haber leído, que Pascual me regaló como prueba de su amor.

Buena para la época, pero nada de especial valor —puntualizó como al descuido.

Koldo notó cómo se le erizaba el vello de la nuca mientras su visita, ajena a la reacción de la joven recostada en el sofá, continuaba hablando.

—Adoré aquel anillo desde que Pascual me lo regaló.

Y de repente, se volatilizó junto con él.

Nunca volví a ver aquella sortija tras su muerte —se lamentó—.

La persona que encontró a Pascual fue la portera de la colonia, que llegó con la Guardia Civil.

Pero el anillo ya no estaba ahí —dijo pensativa—.

En una ocasión, hace años, llamé aquí. El amigo de los Silva al que Gregorio le había vendido la casa, un señor andaluz, no estuvo muy receptivo al saber con quién hablaba, pero pareció desconocer por completo el paradero de la joya.

Así que, y esto es solo una suposición, mi anillo puede seguir aquí.

Extraviado, oculto en algún lugar. Esperando quién sabe qué —dijo al tiempo que, sin previo aviso, dirigía una escrutadora mirada a su anfitriona en la que apenas quedaban vestigios de la atormentada tristeza del comienzo.

Esta vez sí, la joven ejecutó una perfecta exhibición de autodominio. Su cuerpo se mantuvo exquisitamente contenido con excepción de los hombros, que se encogieron en un gesto de solidaria ignorancia.

—Ojalá lo hubiera encontrado durante la mudanza —se lamentó.

Teodora Galindo esbozó un gesto difícil de interpretar al tiempo que abría su cartera de mano.

Por un momento la joven, que no podía evitar que su misteriosa visita con aires de mujer fatal le evocara de forma insidiosa la figura de Lauren Bacall, temió ver aparecer un arma de la misma.

Lamentó anticipadamente las risas de Iso ante su febril imaginación, cuando la elegante mujer le tendió un papel en el que había escrito su número de teléfono bajo el ruego de que la llamara si encontraba su preciada joya.

—Se trataba de una esmeralda muy vistosa, no te lo voy a negar. Aquellas piedras tan llamativas estuvieron muy de moda durante mis años jóvenes junto con los cardados y el eyeliner . Nada muy valioso —añadió con ligereza—. Lo que ocurre es que esta era mía. Y me gustaría recuperarla.

Teodora Galindo se levantó para marcharse, no sin antes tenderle la mano a Koldo a modo de amable despedida.

—No dudes en llamarme.

Koldo acompañó a la mujer hasta la puerta. Rodeadas de verdades a medias, ambas se despidieron con una media sonrisa.