Capítulo 21
Esta vez ni siquiera se molestó en mirar por la mirilla.
Koldo abrió la puerta esperando encontrarse con alguna de sus intrusivas vecinas.
Se había quedado dormida en el sofá con el televisor encendido y bajo la promesa de que aquella ola de calor no solo no remitiría, sino que acentuaría su inclemencia.
Así que al abrir, se sentía ligeramente sudorosa y con los ojos todavía pegados de aquella siesta de la que la habían sacado con cierta brutalidad.
No supo qué decir. Vestida con un ligero, ceñido y elegante vestido hasta la rodilla de color verde botella, a juego con unas sandalias y un bolso de mano, la supuesta Teodora Galindo la miraba a través de aquellas gafas oscuras de montura cara.
—Espero que te acuerdes de mí —dijo a modo de saludo.
Koldo había fantaseado con la posibilidad de que la desconocida regresara a su casa con cualquier nueva excusa para aprovechar la ocasión de desenmascararla.
Deseaba volver a verla para decirle a la cara que no era quien pretendía ser.
Pero ahora que tenía delante a la elegante arquitecta americana, aguardando pacientemente a que la invitara a pasar, supo que no iba a confrontarla.
Quería descubrirla sin ponerla en evidencia; cercar a la impostora sin alertarla.
—¿Puedo pasar? —Fue ella misma quien se invitó—. Siento haberme presentado sin avisar, pero no te robaré más de diez minutos.
Koldo, aún en pijama, se hizo a un lado invitándola al salón.
La recién llegada se acomodó de espaldas al patio, en el sofá chéster.
Se quedó allí, con la espalda recta, las piernas en paralelo ligeramente ladeadas, el bolso sobre el regazo y las gafas todavía puestas, mirando a Koldo mientras esta se esforzaba en guardar silencio y ser coherente con su decisión de hacía apenas medio minuto, y no soltarle a bocajarro aquello de que sabía quién no era.
Se preguntaba también si la silenciosa actitud de su enigmática interlocutora buscaba propiciar la pregunta que no se decidía a hacer.
No tuvo necesidad. La mujer se quitó las gafas con movimientos lentos y se dejó observar.
Su mirada azul estaba turbia y apagada, sus ojos hinchados y ojerosos, fruto evidente de una inquietud acumulada.
—Estoy así desde mi última visita —anunció.
La joven se dijo que aquella era una manera muy teatral de sintetizar un drama, pero se contuvo, aguardando a que la recién llegada se explayara.
—Verás, el otro día no fui del todo sincera. En realidad —se corrigió a sí misma—, te mentí en casi todo.
—Eso me pareció —se permitió corroborar Koldo.
—Yo ya había estado antes en esta casa. Muchas veces, además —confesó, mientras Koldo reprimía una exclamación al tiempo que se sentaba en el sofá, casi en diagonal a su invitada, dispuesta a asistir a la segunda parte de la función—.
Ahí estaba ya la biblioteca, que se ha mantenido tal como la recuerdo.
Pero aquí —dijo señalando el sofá sobre el que estaba recostada la joven—, durante una época, hubo un piano.
Y su dueño lo tocaba maravillosamente. Solía hacerlo al caer la noche mientras se tomaba un whisky solo a pequeños sorbos.
A mí me gustaba escucharlo desde la cama, era mi manera de conciliar el sueño.
Encendía la luz amarilla de mi mesilla de noche y, al ver su reflejo, él sabía que podía empezar a tocar.
Mi dormitorio daba justo ahí —dijo, girando la cabeza hacia la terraza.
Sorprendentemente, el dedo índice de su mano izquierda señalaba en dirección a las mamparas detrás de las cuales se adivinaba la elegante colección de cactus y crasas de la presidenta de la comunidad.
—¿Vivías ahí? ¿En el piso de enfrente? —Koldo tenía verdadero interés en ver a dónde las llevaba aquella conversación.
—Apenas unos meses.
Jugueteó un momento con una de las patillas de sus gafas.
Quizá ganando tiempo, quizá ofreciéndoselo a Koldo para que esta se repusiera tras la súbita confesión.
La joven lo apreció tratando de ordenar sus ideas.
No quería volver a lamentar la ocasión perdida y dejar escapar al único fantasma que insistía en aparecérsele; el único al menos que parecía poder ofrecerle algo nuevo, verdadero o no, sobre aquello que todos insistían en recordar, pero de lo que a nadie conseguía sacarle nada en claro.
—¿Sabes? —La tanteó—. El otro día descubrí la baldosa. Con la inscripción.
La mujer arqueó las cejas, sorprendida. La mirada azul seguía apagada, pero sus labios se esforzaron en esbozar una extraña mueca de alegría, quizá por invitarla a hablar de algo que le pesaba por dentro.
—Imagino que ya sabes lo que le ocurrió al primer inquilino de esta casa, su triste final.
La joven asintió, en silencio.
—Pascual y yo éramos los Tisbe y Píramo del barrio Salamanca —continuó como para sí, en voz muy baja—. ¿Conoces la leyenda? Parte de ella está representada abajo, en el mosaico que está a la entrada del edificio.
Koldo volvió a asentir, recordando la tragedia de aquellos dos enamorados que habitaban casas contiguas y se comunicaban a través de la grieta de una pared hasta que la desesperación terminó por acarrearles la desgracia en forma de leona.
—Nosotros también fuimos unos enamorados obligados a estar separados. Aquí, en Madrid, por aquella pared de cristal. Y antes, por todo un océano. Luego, igual que sucedió en la leyenda, la muerte lo hizo para siempre.
Un escalofrío recorrió la espalda de Koldo.
Teodora Galindo, recordó para su anfitriona, era hace más de cinco décadas una vistosa joven empleada en el Decó de Miami, un selecto club donde se reunía la élite adinerada, la beautiful people de la ciudad.
Su familia, de origen cubano, se había visto forzada a refugiarse en Estados Unidos debido a la revolución, y su buena educación, modales exquisitos y distinguida belleza le habían valido una rápida promoción como relaciones públicas del local.
En el Decó siempre podía encontrarse un productor de Hollywood, algún millonario texano o ese playboy de la costa oeste que se dejaba caer por ahí a su paso por la ciudad.
Inevitablemente, también era el lugar donde recalaba la jet set europea.
Y Pascual Silva, en compañía de unos prestigiosos editores neoyorquinos, hizo lo propio.
Se enamoraron en aquel metro cuadrado donde se dieron la mano por primera vez.
La muchacha quedó arrebatada por la apostura de aquel imponente galán enmarcado en tirabuzones dorados.
Los ojos de Pascual fueron como estiletes; a Teodora se le clavaron por dentro y ya no pudo sacárselos.
—Él regresaba a España cuatro días después y, por más que prometió que volvería a por mí, yo estaba convencida de que aquel encuentro acabaría extinguiéndose bajo el peso de su realidad en España.
En el mejor de los casos, pasaría a ser un exótico recuerdo.
Yo era una chiquilla más inexperta de lo que mi mundano puesto en el Decó pudiera hacer pensar, y aquel orgulloso español encamaba todo lo que mi arrebatada cabecita católica de diecinueve años había llegado a imaginar.
Incluso intenté seducirlo. Fue la única vez que lo vi enfadarse.
Me miró con esos ojos suyos que podían transmitir un amor que rayaba en la locura, pero también un desprecio que te helaba las entrañas.
Sus palabras se me grabaron a fuego; si encontraste la baldosa, seguro que te resultan familiares.
«Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar», se limitó a citar de manera un tanto desabrida.
Pascual acostumbraba a glosar la vida con referencias literarias; su intensidad a veces le hacía parecer un personaje de novela.
—Se rio con tristeza—. Me dio un beso en la mejilla y se fue sin añadir nada más.
Al día siguiente volaba de regreso a Madrid y yo estaba convencida de que no volvería a verlo.
En mi descargo, debo decir que la culpa de aquella desconfianza se debía en parte a aquella mirada.
Tenía unos ojos adictivos, pero no eran capaces de inspirar confianza. Confieso que me equivoqué.
Pascual Silva regresó a Miami tres meses después tras avisarla por un telegrama enviado al Decó para que sus padres no sospecharan.
Y lo hizo con dos billetes de vuelta. Le pidió que se casara con él sin salir del aeropuerto.
Se la llevó consigo a Madrid dos días después.
Con una maleta de mano y sin que pusiera objeciones.
A pesar de las pegas de Gregorio Silva, la instaló con una de las empleadas de Odisea Silva; una joven dibujante de la editorial que residía justo enfrente de su casa, en el piso del edificio Tisbe.
Se quedaría allí hasta la fecha prevista para la ceremonia, que tendría lugar en apenas dos meses.
Ella acababa de cumplir diecinueve años y él tenía veintidós.
Tal como habían acordado, Pascual siguió con su apretada agenda de negocios mientras Teodora se encargaba de los preparativos de la boda con ayuda de su joven compañera de piso, con la que había hecho buenas migas.
Ambas recorrieron Madrid buscando inspiración para el vestido que acabó firmando Pertegaz, discutiendo el menú y eligiendo peinado.
La primera planta del edificio Tisbe fue, durante aquellos meses, un hervidero de gente entrando y saliendo; modistos tomando medidas, jovencitas reunidas, peluqueros haciendo pruebas, periodistas de sociedad, chicos de los recados y curiosos que se acercaban a conocer de primera mano los pormenores del que sería uno de los enlaces más comentados de aquella primavera.
—Entonces ocurrió. Y no le culpó por ello: sé que los celos son malos consejeros, pero a mí, para qué negarlo, siempre me gustaron los hombres posesivos. Solo que en esta ocasión todo se debió a un malentendido.