Ayer en mi patio Capítulo 20 #2
55%

Capítulo 20 #2

—Ya —concedió, evitando que su tono se pusiera a la altura de la irritación que le producía el tipo—.

Verás —procuró decirlo todo de carrerilla mientras su visión comenzaba a desenfocarse, como si hubiera dos rusos en lugar de uno—, lo del otro día fue un desafortunado accidente.

Nada premeditado. —Hizo una pausa con el objetivo de revestir de sinceridad su declaración—.

Tenía un mal día, me giré al oír la música y la manguera se me fue de las manos.

Me volví loca, perdí los papeles. Luego me asusté y salí corriendo.

Lo siento muchísimo —dijo solemnemente, uniendo las palmas de las manos a la altura de su nariz y mirándolo con gravedad.

Luego prosiguió—: Pero he venido por otro motivo; algo que a lo mejor te interesa.

El otro día aquí había un niño, huérfano al parecer.

—Nadie pareció rebatir esta circunstancia—.

El caso es que se asomó a tu ventana y se dedicó a tirarnos bolas de papel.

Esa señora que acaba de marcharse —lo de señora le pareció de una audacia excesiva, pero ya estaba dicho— le dijo que entrara, pero los papeles ya estaban en mi patio.

Bien, esos papeles, en realidad, pertenecen a un tebeo español antiguo; la serie se llama El Ángel .

Tuvo la sensación de que la dicción empezaba a fallarle, se sentía cada vez más mareada y la naturaleza intrínsecamente absurda de lo que le estaba tratando de explicar no ayudaba.

Esperó una reacción por parte de su interlocutor que nunca llegó.

Constató que en aquel momento ya tenía delante cuatro pares de ojos verdes.

Bastante atractivos los cuatro, por cierto. Pero volvió a tomar aire y continuó:

—Por lo visto se trata de un ejemplar muy difícil de encontrar. Y potencialmente valioso.

Ningún cambio en la expresión. Como había ocurrido con la chica, él tampoco parecía entender de qué le estaban hablando, e igual que ella, se mostraba particularmente poco interesado en hacerlo.

No podía culparlo, a ella misma le sonaba a cuento chino y no se lo hubiera creído viniendo de ella.

Tampoco le importaba, en realidad. El mareo se había intensificado y no sabía a cuál de los dos rusos dirigirse. Hizo un último esfuerzo.

—Sería una pena que un ejemplar así acabara en la basura o desaparecido. Es casi una reliquia de la colonia, los vecinos te agradecerían que se recuperara una parte de la historia de La Proa.

Esperó a que él replicara algo.

Nada. No sabía si la creía un sujeto indigno de consideración; un ser insidioso de naturaleza imprevisible o, sencillamente, una vecina loca. Lo último, supuso.

—De verdad que siento lo del agua —hizo un último intento, escasamente satisfactorio, durante el que notó la lengua un tanto espesa.

A ella misma le sonó a súplica de borracha—.

Se me fue la cabeza, de verdad; un mal día.

Verás, soy nueva en La Proa y no quiero llevarme mal con los vecinos de toda la vida.

Su interlocutor arqueó las cejas; parecía que las disculpas habían accedido a un lugar donde, por fin, se les ofrecía la debida consideración.

—No te preocupes —concedió finalmente. Lo dijo sin alterar la expresión, con una rara mezcla de acentos y un tono zumbón. No podía culparlo—. También soy nuevo aquí, así que podemos llevamos mal sin ningún problema.

Cerró con una elegancia ejemplar, casi matemática, como si aquello no fuera una puerta, sino el filo de un arma blanca entrando en su funda; algo coherente con los términos de cordial hostilidad que parecían haber establecido.

Abandonada a su merced en mitad del rellano, Koldo suspiró al tiempo que inclinaba la cabeza hacia delante, tratando de controlar el mareo.

A lo mejor fue el gesto de inclinarse, o puede que se debiera al humillante calor que había ascendido hasta su rostro, pero no supo prever lo que ya casi tenía encima.

Sin mediar aviso, se apoderó de ella una impetuosa arcada seguida de una bocanada de vómito que perfectamente podría calificarse de magnífica.

El felpudo de su vecino quedó bañado en los tonos naranjas y rosados de su desayuno.

Sujetándose las caderas con ambas manos y aún inclinada, miró a través de los ojos llorosos, entre alucinada e incrédula.

Se le ocurrió que debería llamar otra vez al timbre, pedir de nuevo disculpas, someterse una vez más al escarnio y quizá sufrir el castigo.

Pero no lo hizo. En su lugar, dio media vuelta y se dispuso a volver por donde había venido.

Inició el descenso tambaleante y todavía medio poseída, al tiempo que comenzaba a notar aquel familiar malestar a la altura de la tripa.

Gimió para sus adentros y lamentó no haber sido más comedida vomitando, pero sabía que ese no había sido el detonante.

Aquellos episodios no parecían responder a patrón alguno.

La dinámica, sin embargo, sí lo hacía. El dolor venía, clavaba su pica en Flandes y luego se iba.

Como ella subiendo y bajando por aquella maldita escalera.

Entró en casa con el rostro trémulo, olvidado ya el vecino y su felpudo.

Sabía lo que la esperaba. Un conato de parto que se iniciaba en los riñones y luego se abrazaba a sus tripas durante un par de horas atroces.

Resignada, echó mano del móvil. Castillo de la Ensenada fue, como siempre, rápido en responder y optimista en su diagnóstico.

—Sí, es posible que estos episodios tengan que ver con que el hematoma no se está reabsorbiendo. Lo estás expulsando —pareció aceptar su teoría—. Pero nunca se sabe. En cualquier caso, mientras la mancha resultante sea leve y oscura, no hay por qué preocuparse.

—¿Y el dolor? ¿Qué hago con él? —le dijo mientras se agarraba las costillas con la mano izquierda y sus sienes comenzaban a perlarse a causa del sudor.

—Mujer, para eso está la buscapina, ya te lo dije.

Hablarle a una embarazada de medicarse es como nombrarle al anticristo. Pero a veces el diablo es quien mejor puede socorrerte.

Lo colgó sin miramientos mientras Koldo hacía una mueca de fastidio.

Encogida, se fue en busca de un vaso de agua con el que tragarse la pastilla.

Lo hizo con una mezcla de miedo anticipado y el regusto de la ira bailándole todavía en los ojos y aguardó, con el ventilador en marcha, la tele encendida y el móvil a mano, el inevitable curso de las próximas horas.