Ayer en mi patio Capítulo 20
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Capítulo 20

El resto de la noche, Koldo se abandonó al sueño como si el aire en movimiento del ventilador se llevara por delante cualquier mal presagio y restaurara el espacio desocupado con un frescor expectante.

Durmió hasta nueve horas seguidas y lo hizo a conciencia y a pesar del calor.

El móvil, que debía de haber estado sonando varias veces, se encargó de devolverla a una mañana en estado avanzado.

Estiró la mano sin despegar los ojos y respondió sin saber a quién.

—Soy Asier.

—¿Qué Asier? —murmuró aún despistada.

—El que tiene en sus manos la portada del tebeo más buscado de todos los tiempos y quiere saber por qué.

El golpe dramático logró el efecto deseado; Koldo abrió los ojos.

—A mí también me gustaría saber por qué —respondió. Mientras seguía hablando, hizo un rápido chequeo entre sus piernas que no disparó ninguna alarma—. Simplificando, digamos que es de un colega y que el otro día fue a parar a mis manos por azar. ¿Estás seguro de que es buena?

—Seguro no, no hay nada con lo que compararla. Pero por el tipo de papel, la tinta y el dibujo y por cómo ha envejecido… me inclino a pensar que sí. —Asier hizo una pausa—. Me gustaría ver el resto del cómic. ¿Puedo?

—Lo intento —dijo ella con tono neutro, lamentando la visita que se vería obligada a hacer, acompañada de las disculpas pertinentes—. ¿Tanto vale ese trozo de papel?

—Hombre, no es la portada de una edición príncipe de El Quijote —bromearon al otro lado—, pero alguno puede que lo crea.

El valor lo ponen las personas, ya sabes.

Hay una curiosa historia a la que va asociado y que estoy seguro de que tu amigo querrá conocer antes de seguir desmembrándolo hoja a hoja.

Déjame que haga un par de llamadas, a ver si me entero de algo más.

El chaval ya se ha marchado; ¿te lo llevo mañana? Tú consigue el resto del tebeo.

Koldo salió de la cama, apagó el ventilador y se dirigió a la cocina, satisfecha por las señales que por el momento no emitía su cuerpo.

Se preparó el zumo y añadió aguacate a sus tostadas mientras trataba de no pensar en la fastidiosa tarea que tenía por delante.

Reposó un rato en el sofá antes de ducharse.

Al salir rebozada en su albornoz, por primera vez en muchos días, dejó la camiseta y el pantalón del pijama sobre la cama y abrió el armario donde, con cierta extrañeza, se decidió por un vestido ligero y largo con un bonito estampado tropical de aire retro.

Con las mismas alpargatas y la inusual sensación aún instalada en el cuerpo, se dirigió hacia la puerta llave en mano.

Su primera salida en semanas, se dijo, si exceptuamos las visitas al médico.

Total, para subir una planta y llamar a una puerta.

Observó el felpudo, indecisa, mientras tragaba saliva.

Se subió a aquella alfombrilla de bienvenida con el mismo malévolo placer que le hubiera producido hacerlo sobre un edredón de plumas.

Apoyó todo su peso, sintiendo cómo este se hundía bajo sus pies.

Lamentó para sus adentros haber salido tan poco de paseo.

No lo ensuciaría ni un poquito. Decepcionada, dirigió la mirada a la puerta y llamó.

Tardaron en abrirle; fue ella quien lo hizo. Por suerte, esta vez iba vestida. Con un escote generoso, pero vestida. Koldo no pudo evitar cierto alivio ante la posibilidad de que él no estuviera en casa.

—Hola —dijo la mujer; su tono era más bien desabrido. Tampoco parecía tener mucho interés en las razones que habían llevado a la joven hasta su puerta; parecía distraída y miraba alrededor como buscando algo.

—Venía a disculparme por lo del otro día —le dijo, extendiendo las palmas de su mano hacia arriba.

La mujer la miró como si no hablara su lengua ni entendiera el lenguaje universal de los brazos tendidos en señal de buena voluntad.

—También venía por un tema un poco peculiar —prosiguió, tratando de llamar la atención de su anfitriona a pesar de su evidente desinterés—.

A lo mejor es una tontería, pero el otro día tirasteis unos papeles a mi patio que, en realidad, pertenecían a un tebeo.

—La otra la miró brevemente. Por su expresión, muy parecida a la del encuentro nocturno que se desarrolló de patio a ventana, Koldo supo que aquella explosiva rubia, además de albergar serias dudas sobre la cordura de su intensa vecina, se estaba aburriendo—.

Un tebeo antiguo —precisó. La respuesta fue la misma, ninguna.

La rubia frunció el ceño con cierta hartura y Koldo empezó a sentirse ridícula—.

No tienes ni idea de lo que te estoy hablando, ¿verdad?

La vecina profirió una exclamación triunfal.

Koldo cayó en la cuenta de que no se debía a que hubiera visto la luz en lo tocante a su visita, sino a que por fin había encontrado lo que buscaba.

Cogió un par de billetes medio ocultos por el pie de la lámpara del taquillón de la entrada, se los metió entre las tetas y echó mano de un bolso rojo colgado en el perchero.

—Esta no es mi casa —dijo sucintamente con un español con acento mientras atravesaba la puerta por el hueco que Koldo había dejado libre—. Habla con él —se despidió, dejándola sola en el umbral.

Habría debido sentirse idiota, pero en realidad aquello le produjo una borrosa indiferencia.

Se dio cuenta de que estaban volviendo los mareos, como si su cabeza hubiera estado expuesta a demasiadas horas de sol o su sangre a demasiadas copas de vino; lo que acontecía alrededor se le hacía distante y en cierto modo ajeno, aunque ella fuera la protagonista.

En cualquier caso, había quedado claro que aquella no era la mujer del vecino, tampoco rusa, ni esta su casa.

Parada en la puerta abierta, sin nadie al parecer dispuesto a recibirla, se entregó a una espera activa, curioseando alrededor con escaso disimulo.

El recibidor era más bien antiguo, con un taquillón de madera y un espejo a juego, ambos dolorosamente pasados de moda.

Un perchero desabrido del que colgaban un par de chaquetones que nadie en su sano juicio podía estar usando ahora mismo en Madrid y que quizá eran un nostálgico recuerdo de la estepa rusa completaban aquel desolador cuadro.

Más allá del recibidor, acertó a ver un salón algo desordenado y, a través de la ventana, al fondo del mismo, parte de su propio patio, allá abajo.

Al menos las vistas son bonitas, se dijo justo antes de que el tipo irrumpiera en el umbral, estropeándolas.

Lo hizo en calzoncillos. Cierto que eran unos bóxers de estilo clásico, holgados y a cuadros y cubiertos a medias por una camiseta de publicidad, pero no pudo evitar sentirse molesta, más que incómoda, por la intencionada falta de decoro del vecino.

Si alguien hubiera sugerido que por la cabeza de Koldo había pasado, siquiera de forma fugaz, una constatación de su altura, la anchura de sus hombros o el ángulo que formaba la mandíbula, ella lo habría negado, convencida.

Como mucho, lo habría atribuido a un interés matemático, estrictamente científico.

Los calcetines blancos hasta mitad de la pantorrilla que asomaban de sus chancletas, las gafas de lectura a modo de diadema y una cerveza en la mano neutralizaban, por otra parte, cualquier idea afín y evidenciaban que el tipo ni esperaba su visita ni esta lo afectaba.

—Venía a disculparme —mintió ella de nuevo.

Se preguntó si el tipo le sacudiría y por un momento se vio transitando a demasiada velocidad por aquel descansillo hasta frenar al otro lado.

El aludido no dijo nada. En su lugar, le dio un largo y ruidoso trago a la lata, de esos capaces de vaciar media del tirón, provocando un rechazo visceral en su delicada sensibilidad de embarazada. Contuvo una mueca de desagrado.

—También quería hablarte de tu hijo.

—No tengo hijos —le respondió el otro.

—El niño que me estuvo lanzando bolas de papel el otro día.

Se amonestó por la innecesaria agresividad de su tono, fruto de la incomodidad.

Unas disculpas falsas, aunque más elaboradas, explicando la extraña peripecia debida a la cual su vecino acabó pasado por agua, habrían sido más oportunas, se recriminó.

Pero ya era tarde. El tipo la miró fijamente, valorativo.

Tenía el cuello ancho, la nariz ligeramente torcida y, muy a su pesar, los ojos de un verde de considerable interés.

Ahora sí que venía un bofetón, pensó ella acto seguido.

Y merecido, se dijo a sí misma mareada, entrecerrando los párpados como quien espera una colisión.

—Aquí la aficionada a lanzar cosas a través de ventanas ajenas eres tú —se limitó a decir el otro con las inflexiones propias de un acento mixto. A continuación, eructó.