Capítulo 19 #2
Tifón observaba el papel con un entusiasmo, por una vez, acorde a su edad. Baltasar de Figueroa parecía corresponder a su mirada guiñándole un ojo mientras, a su lado, su secuaz de poderosa talla y tupido bigote alzaba aquel gran cofre del tesoro sobre sus cabezas. Tifón se rio.
—Son clavados a Asier, el del Mascarón, y Tristán.
La otra lo secundó entre risas.
—Yo también lo pensé al verla.
—Algún día le preguntaré a Tristán si es solo casualidad.
Él ya trabajaba en Odisea Silva por aquella época, ¿sabes?
Seguro que mi abuelo lo habría sabido —dijo con pena.
Luego se explicó—: Yo solía leerlos a escondidas; a mi madre le enfermaba ver al abuelo con los tebeos y no quería que yo acabara igual.
Así que me los dejaba y yo los leía en la cama.
Nunca más de uno cada vez. Aquello me ponía histérico, sobre todo cuando lo terminaba en mitad de la noche y no podía continuar leyendo, sabiendo que había decenas de tebeos en casa.
Siempre me decía lo mismo: «El que esperar puede, alcanza lo que quiere.
Cuando me muera serán todos tuyos». Total, cuando mi abuelo murió, mi madre tiró todos los tebeos a la basura.
No me dijo nada. La pobre creía que no me daría cuenta.
—Hizo una mueca—. Supongo que mi abuelo quería enseñarme aquello de que todo lo bueno se hace esperar.
Pero la lección de mi madre la aprendí mucho mejor.
—¿Cuál?
—Mejor tebeo en mano que ciento volando.
—Sonrió mientras retornaba a inspeccionar la portada del que tenía entre las suyas.
Frunció el ceño—. ¿Sabes? Hay algo raro en esta portada, no la recordaba exactamente así.
Los «fragatas» siempre iban con las letras en blanco, estoy casi seguro; por alusión al nombre de la propia fragata.
Pero hay algo más —reflexionó, tratando de justificar la sensación de discordancia mientras buscaba alguna otra señal.
Se quedó repentinamente callado. Luego miró a Koldo.
Tardó en hablar—. ¿Has leído El oro de los tigres ?
Koldo cayó en la cuenta de que Tifón se refería a Borges. Asintió, una vez más desconcertada ante el desarmante alarde de conocimiento de aquel joven precoz.
—En cierto momento, Borges venía a decir que en la literatura hay cuatro grandes argumentos que se repiten eternamente.
El regreso del héroe a casa, el asedio de una ciudad destinada a sucumbir, el sacrificio y este que nos ocupa: la búsqueda de un objeto legendario.
Puede tratarse del vellocino de oro, de la ballena del capitán Ahab o incluso de un anillo de esmeraldas oculto en una casa… —Le guiñó el ojo a Koldo al decirlo.
—O de un paquete de tabaco.
—Pero también, como en este caso, del tal vez inexistente primer número de El Ángel —notificó, girando la portada del citado ejemplar hacia Koldo para que esta lo apreciara en todo su apoteósico esplendor.
El ventilador, que en aquel momento agitaba el aire en esa dirección, provocó un temblor en el papel que dotó al gesto de un dramatismo especial.
Koldo también tardó en reaccionar.
—¿Ese papel arrugado pertenece al famoso número uno de El Ángel ? —dijo señalándolo con el índice—. ¿El número del que nadie hasta la fecha había conseguido probar su existencia? ¿El que todo el mundo busca para completar su colección inacabada?
El chaval asintió con gravedad, sin despegar los labios y sin dejar de observarla.
A todas luces, trataba de hallar una explicación que justificara el hecho de que un fragmento de aquel legendario número uno se encontrara, al menos en parte, en posesión de su vecina.
Y en tan deplorable estado de conservación, por añadidura.
Ella, por su parte, hacía otro tanto con respecto a su vecino de arriba.
¿Se trataba de un coleccionista? ¿Un particularísimo nostálgico?
¿Un contrabandista de tebeos? El hecho de que hubiera permitido que el niño destrozara el tebeo sin que le hubiera reclamado aquella página era señal de que desconocía su valor.
Y, puestos a ser sinceros, no podía culparlo.
Pero eso no explicaba qué hacía en sus manos.
A no ser que estuviera ya en la casa antes que él.
—Esto vale una pasta. Cualquier coleccionista de tebeos mataría por ella —reclamó su atención el chaval, que parecía haberle leído el pensamiento—. Imagínate si tuvieras el tebeo completo.
—¿Cuánto? —preguntó alarmada.
—Mucho.
—¿Cuánto es mucho?
—No lo sé; tendrías que hablar con Asier y Tristán.
—¿Podrías bajárselo tú?
Le indicó dónde encontrar un sobre; introdujo ahí la página y se la tendió a Tifón, que lo tomó con evidente respeto. Ambos rieron, nerviosos. Luego Koldo miró la hora en el móvil. Tres y media pasadas. Todavía podían dormir un buen rato. Últimamente, Tifón y ella trasnochaban mucho, pensó.
—Mejor mañana por la mañana, ¿no crees?
Tifón sonrió y dio media vuelta para marcharse por la terraza.
—No te dejes el ventilador —le dijo Koldo.
El chaval negó con la cabeza.
—Quédatelo; yo casi no lo uso —se despidió.
Koldo sabía que mentía. Miró el ventilador y luego la buscapina.
Lo recordó sentado en el sillón, velando por su sueño.
Se sonrió pensando en aquel muchachillo precoz.
Giró la cabeza a tiempo de ver cómo su ágil y nervudo cuerpo saltaba con elegancia sobre el panel de cristal.
Lástima, dijo para sí. De pronto cayó en la cuenta de que lo había hecho.
Quizá no durante diez segundos, puede que durante apenas medio.
Pero lo había tomado en serio. Sonrió para sí.
También supo que nunca se lo confesaría.