Ayer en mi patio Capítulo 19
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Capítulo 19

—Colócalo en la segunda balda. No, ahí. Más al centro, perfecto.

Y el aceite aquí, en el otro lado. Mejor junto al vinagre.

Sí, ahí está bien. —Hizo una pausa mirando los botes que Tifón le señalaba en aquel momento—.

No, esos van en el baño pequeño, en la puerta de debajo del lavabo, con todos los demás productos de limpieza.

Koldo le iba dando instrucciones sentada en el taburete de la cocina, aún en pijama, descalza y abanicándose con una revista.

Tifón, que había llegado con tres bolsas de la compra siguiendo las indicaciones de su madre, iba colocando todo, diligente, mientras las gotas de sudor descendían por ambas sienes.

El calor se había vuelto insoportable. Y Koldo seguía con el aire acondicionado roto sin que el técnico, que debía ser el varón más codiciado de Madrid, hubiera podido personarse en casa.

Echándose el cabello hacia atrás, siguió marcando los movimientos del chaval.

—No, no, eso va en el armario de las conservas. El de tu derecha. No, en la balda de abajo, al lado de las latas de atún.

—¿Ahí?

—Sí, ahí; genial. No, pero no todas. Las de leche van aquí detrás. No, detrás de ti no, detrás de mí. No, pero no ahí, mejor aquí. Un poco más…

Tifón se detuvo un momento, despegando de su espalda el cerco de sudor que manchaba su camiseta, después se giró y se la quedó mirando con fijeza. Luego, sin mediar palabra, salió de la cocina en dirección al patio al tiempo que se quitaba la sudada prenda y la tiraba a su paso por el sofá.

—¡Perdón! —le gritó Koldo desde atrás, consciente de que su situación estaba sacando a la luz la tirana que siempre debió de habitar en ella—. ¡Pero si eres mi ángel, Tifón! ¡Tú y esa madre tuya!

Koldo se incorporó suspirando y lo siguió por el pasillo mientras veía cómo el chaval metía la cabeza bajo el chorro de una de las ranas.

Dejó que el agua descendiera por su nuca hasta el cabello, desde donde se derramó en el pilón central.

Aliviado, se incorporó y sacudió la cabeza como un chucho.

La joven llegó a la terraza justo a tiempo de recibir un barrido de agua.

Y entonces lo sintió. El malestar en la tripa, alrededor de la cintura, sobre los riñones.

Todavía era leve y sordo y llevaba un rato ahí, como esos sonidos constantes y molestos que tardan un rato en hacerse notar, pero que, una vez percibidos, son imposibles de ignorar.

Podía decidir que no existía, que quizá no fuera a más.

Pero el miedo aprendido se le coló por dentro y le agarró las entrañas.

No fue capaz de disimularlo. Tifón, que no había olvidado aquel sangriento primer episodio, la interrogó con la mirada, aprensivo.

La joven se limitó a mover la cabeza, preocupada, señalando su barriga.

—No sé. Puede que sea solo un cólico; ayer ya tuve uno.

Volvió al salón y se recostó en el sofá mientras el chaval la seguía con gesto serio. Su madre estaba en Albacete con su excuñada. Buscó con la mirada el móvil de Koldo, que aguardaba sobre la mesa.

—¿Llamo a tu amiga?

Koldo negó con la cabeza.

—Vamos a esperar un poco —decidió, al tiempo que una nueva oleada de dolor irrumpía con mayor contundencia. Tifón no parecía muy convencido, pero obedeció. Se sentó frente a ella, en la esquina de la mesa, aguardando. Igual que la víspera, el dolor venía por oleadas e iba a más. Pero luego remitía.

—¿No puedes tomar nada? —dijo con su madurez habitual.

—Intento no hacerlo —respondió ella con los dientes apretados—. Pero no siempre es posible, ¿no? ¿Me traes las pastillas de la encimera del cuarto de baño?

Castillo de la Ensenada le había autorizado a tomar buscapina, aunque hasta ahora había tratado de resistirse.

—¿Es esto? —le preguntó, tendiéndole también un vaso de agua.

Se tragó la pastilla y volvió a doblarse en el sofá cuando el dolor se coló de nuevo por entre sus tripas.

Notaba que hacía mucho calor, pero el dolor le exigía toda su concentración.

¿Ocurriría esta vez? Se dio cuenta de que el gemido que había oído era suyo, y se espantó viéndose desde fuera, como una mujer pariendo que no daría nada a luz.

Cerró los ojos durante un buen rato mientras el cabello se le pegaba al rostro en sudorosos mechones.

De repente recordó que Tifón andaba por ahí; los abrió tratando de dar con él, pero no lo vio.

Volvió a cerrar los ojos con el siguiente espasmo y permaneció así.

El siguiente pico no fue tan acusado. O eso le pareció.

Seguramente era la buscapina. La idea de que aquello estuviera remitiendo le produjo un profundo alivio.

Se sumió en un estado de inconsciencia cercano al sueño. Puede que incluso se durmiera.

Cuando Koldo trató de volver a despegar los párpados lo hizo consciente del estado de relajación que inundaba su cuerpo.

El dolor había desaparecido. Por completo.

A cambio, parecía estar rodeada de un extraño bienestar; una sensación volátil, fresca y envolvente.

Con cuidado y cierta curiosidad, se decidió a abrir los ojos.

Al principio no pudo identificarlo. Sus aspas giraban sobre sí mismas mientras el aparato, que parecía ensayar un saludo real, recorría en toda su extensión el dócil cuerpo de Koldo sin obviar un solo trozo de piel.

La joven se estiró como un gato para ponerse a merced del ventilador.

Luego giró la cabeza hacia la derecha. El sofá chéster había sido colonizado.

Cruzado sobre el mismo y con los pies colgando por uno de los laterales, el chaval parecía concentrado en un libro tomado de la biblioteca de Koldo.

Pero no. Sorprendida, constató que Tifón también dormía.

A su espalda, y asomando por Tisbe, Koldo contempló una hermosa luna vertiendo su prodigiosa luz sobre La Proa.

Somnolienta todavía, bostezó. Había dormido varias horas, se dijo extrañada.

Fue entonces cuando el episodio íntegro regresó a su cabeza. Y con él la alarma.

Con movimiento experto y todavía tumbada, tiró de la cintura del pantalón del pijama y dirigió una mirada llena de aprensión a su ropa interior.

Tardó unos instantes en ser capaz de valorar lo que veía; tan solo una exigua mancha por todo vestigio del doloroso incidente.

Tenía un color marrón oscuro y era mínima en su extensión.

Sangre vieja, parafraseó a Castillo. No ha habido hemorragia.

Así que sigue ahí, certificó emocionada.

Sigue ahí, repitió para sí misma como si aquellas palabras garantizaran su preservación.

Necesitada de una explicación, supuso que aquellos dolorosos episodios que seguían la dinámica de las contracciones, pero carecían de su dramático desenlace, eran la manera que su cuerpo tenía de ir expulsando ese elemento extraño que era el hematoma; su forma de ir limpiándose.

También supuso que Castillo no corroboraría sus explicaciones, por muy lógicas y necesarias que fueran, bajo el argumento de que los caminos de cada embarazo son inescrutables.

Deseó con todas sus fuerzas que aquel ejercicio de autosaneamiento concluyera pronto, antes de que se llevara por delante algo más que unos restos de sangre vieja.

Acto seguido dirigió su atención hacia Tifón y, de ahí, a aquella espléndida luna.

Por su posición serían las dos, puede que las tres de la madrugada.

Echó mano del móvil para comprobarlo. Dos y veinte.

Se felicitó por su buen ojo. En cualquier caso, era muy tarde; el chaval tenía que volver a casa.

Si no había avisado a su madre, estaría inquieta.

Estiró el pie hasta que su punta le alcanzó el antebrazo.

—Tifón —lo llamó con un fuerte susurro—. ¡Tifón! —dijo un poco más alto.

El chaval se removió entreabriendo los ojos y giró la cabeza hacia Koldo, todavía despistado.

—Tifón, tienes que volver a casa. Se ha hecho muy tarde.

Este pareció enfocarla por fin. Se incorporó mirándola de frente.

—Tranquila, mi madre dormía hoy en casa de mi tía, en Albacete; vuelve mañana. Además, ya he hablado con ella. ¿Estás mejor?

Koldo asintió.

—Pues sí. Se pasó. —Le sonrió—. Gracias por la droga. Y por esto —añadió, señalando el ventilador—. ¿De dónde lo sacaste?

—De casa. Suele estar tirado en mi habitación; mi madre no lo echará de menos.

Koldo lo observó, agradecida.

—Eres una joya.

—¿Y ese beso como pago?

Koldo puso los ojos en blanco.

—Debería haber seguido dormida.

—¿Ves como no me tomas en serio?

Tifón hizo un gesto de derrota, estrellándose con el propio sofá en el que estaba medio tumbado.

Algo pareció incomodarlo. Tras removerse un poco, extrajo de debajo de sí el libro que había abandonado en su regazo al quedarse dormido.

Era el de Thubron. Lo observó con aburrimiento, como a ese objeto inútil con el que uno se ha acostumbrado a tropezar sin saber por qué.

Luego pareció dedicarle un momento de reflexión, alzándolo con una mano.

—Seguro que ahora se está allí bastante mejor que aquí.

Debido al gesto, un papel arrugado y doblado en cuatro se desprendió de entre las páginas, planeó suavemente y, tras un par de idas y venidas, fue atrapado en el aire por el propio Tifón casi a ras del suelo.

Koldo lo miró, incapaz de recordar de qué se trataba.

Para cuando cayó en la cuenta, Tifón ya había desdoblado las cuatro partes y tenía la portada del tebeo al completo frente a sí.

—¡Eh! ¡Es de El Ángel ! Mi abuelo también los coleccionaba. Hacía mucho que no veía uno, ¿de dónde lo has sacado?

La joven miró la hoja mientras pensaba en lo difícil que le resultaba a veces seguir sin creer en las coincidencias y en lo molesto que le resultaba que su vecino de arriba fuera el protagonista de una de ellas.

—Del tipo de arriba —dijo. Al hacerlo, no dejó de acusar el sinsentido de que aquel ruso que la sacaba de quicio fuera aficionado a los tebeos españoles antiguos. No lo había pensado.