Capítulo 18 #3
Tras una puesta en común, Winston confirmó que las apreciaciones de Atienza con respecto al pendiente parecían coincidir con ciertas conjeturas en torno al collar: el origen colombiano de sus esmeraldas, con toda probabilidad provenientes de las minas de Chivor y Muzo; la posible extracción de las mismas por parte de colonizadores españoles y su posterior venta a los imperios mogol, otomano o quizá persa, los mayores consumidores de piedras preciosas de la época; el tallado en la India en torno al siglo XVII ; la posterior adquisición en esa misma época por la Corona española, de ahí la ocurrencia del nombre, y, ante la urgencia de efectivo por parte del Imperio español para hacer frente a gastos desmesurados, su posterior venta a la familia real francesa, desde donde habría regresado a la India.
Winston, sin embargo, no quedó satisfecho.
Propuso volar a España: quería ver al propietario, conocer de primera mano su versión, ya que coincidía plenamente con Atienza en que la explicación de Pascual Silva era, cuando menos, dudosa, y confesó que, llegado el caso y de darse las condiciones adecuadas, estaría muy interesado en adquirir el pendiente.
El americano, le dijo con sencillez Atienza a Koldo, era un perro de presa. Y había olido un rastro.
—¿Llegó a venir a España?
Atienza negó desde el otro lado del aparato.
—Al día siguiente cité a Pascual Silva. Le confesé que las particularidades de aquella joya familiar habían despertado mi curiosidad, compartida en este caso por un buen amigo como era mi colega americano, y le hablé del deseo de Winston por viajar a España para saber más acerca de la pieza.
Pascual me miró con aquellos perturbadores ojos suyos durante un buen rato.
Luego, de forma inopinada, me confesó que prefería que no se le diera publicidad a la joya y que me agradecería que aquel encargo se llevara con la mayor discreción posible.
—¿Y qué hizo?
—Lo habitual. Aceptar el encargo y callar.
Le dije que volviera en dos semanas. Acudió puntual.
Y, aunque parecía muy satisfecho con el resultado, apenas dijo nada.
No volví a verlo. No sé si el interés despertado por aquella pieza lo inquietó por algún motivo, pero dado el alarmante discurrir de los acontecimientos posteriores, me abstuve de indagar.
Winston todavía me llamó en un par de ocasiones; la última de las cuales le referí el fatídico desenlace.
Me despedí con la promesa de mantenerle al tanto de cualquier novedad.
Tampoco volví a hablar con aquel viejo zorro.
Koldo siguió cavilando tras despedirse de Atienza.
El anillo existía, pensó ebria de emoción.
Y prometía ser tan fabuloso como nadie en aquella colonia se hubiera atrevido a imaginar jamás.
Aquella revelación, todavía echada en la cama, se le antojó irrefutable.
Sin embargo, se recordó a sí misma, era muy sencillo dejarse arrastrar por el entusiasmo provocado por unas hormonas hiperactivas.
Se giró hacia el otro lado para disfrutar de la frescura de las sábanas de aquel espacio, todavía virgen, mientras echaba de nuevo mano del móvil.
Lo primero que hizo fue buscar el collar.
Efectivamente, ahí estaba. El legendario collar de la Inquisición española con su doble fila de diamantes y esmeraldas y su magnífica piedra central, ahora expuesto en la Galería de Geología Janet Annenberg Hooker del Museo Nacional de Historia Natural del Instituto Smithsoniano de Washington.
En otra de las páginas era Katharine Hepburn quien lo lucía en la mencionada gala de los Óscar como contrapunto al amplio escote de un vestido de abullonadas mangas de gasa.
En la tercera entrada también se mencionaba su improbable relación con la Inquisición, pese a las hipótesis que barajaban que fuera precisamente la Corona española la primera propietaria oficial del collar.
Al menos, hasta que las deudas de las arcas reales obligaron a deshacerse de tan estimable pertenencia.
Apagó de nuevo el móvil, pensativa. La delirante idea de que un anillo con una gema de valor incalculable que en el pasado perteneciera al Imperio español pudiera estar escondido dentro de un tiesto de su patio de vecinos le producía una sensación de irrealidad parecida a la que sintió tras la llamada en la que le confirmaron que un embrión se estaba gestando en su vientre. Y, sin embargo, allí estaba.
Oyó trasegar a su vecina en la cocina, actividad a la que seguía entregada con ahínco mientras esta fingía dormir.
—¡Maca! —gritó Koldo desde el dormitorio, incapaz de contenerse—. ¿Tú crees que la familia de Curro pudo haber encontrado el anillo?
La mujer entró en el cuarto de la joven quitándose los guantes de fregar.
—¿Todavía con esta historia?
—Bueno, no tengo nada mejor que hacer. Tengo semanas, puede que meses por delante, para obsesionarme con ese anillo. A no ser que el Cordobés se me adelantara, claro.
Maca negó con la cabeza.
—Curro no lo encontró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque nunca dejó de buscarlo.
—¿Vivió alguien aquí después de los Silva y antes que ellos?
La mujer miró hacia el techo, pensativa.
—A ver, yo era muy pequeña. Así, a bote pronto, diría que no. Pero puedes preguntárselo a Esteban.
—¿Y quién es Esteban?
—Tu vecino, reina —respondió Maca, al tiempo que señalaba con el dedo índice en dirección a la casa de al lado, la de la derecha—. Él y su hermana eran el personal de servicio de Pascual.