Ayer en mi patio Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Al joven Silva siempre lo precedió cierta fama de disoluto seductor, su afición a frecuentar compañías poco recomendables y un interés por los negocios un tanto veleidoso; los emprendía con pasión y los abandonaba como a amantes de las que se hubiera aburrido.

Lo cierto, sin embargo, es que en persona era difícil sustraerse a su carisma o dejar de dar crédito a sus palabras; tenía una de esas personalidades que, para bien o para mal, se convertía en epicentro del espacio que ocupara, una de esas presencias en tomo a la cual orbitaban los demás.

No supe si interpretar el motivo de su visita como un sorprendente giro en el devenir del joven o como un lance más con formato novedoso.

Sus palabras, en cualquier caso, sonaron sinceras.

—Ha ocurrido algo de lo que yo soy el primer sorprendido, don Braulio —me saludó—.

Me he enamorado, le diría que en contra de mi propia voluntad.

Y no concibo mi vida como hasta ahora. Deseo casarme y me gustaría hacerle un par de encargos.

En primer lugar, una sortija para el anular; delicada y resistente, en platino.

El platino era por aquel entonces un material noble poco común que empezaba a ponerse de moda por su novedad y resistencia.

Sin embargo, a Braulio Atienza le sorprendió que el principal motivo de la visita del heredero de los Silva fuera ese.

No andaba desencaminado. En aquel momento Pascual sacó del bolsillo interior de la chaqueta un pañuelo de algodón blanco con sus iniciales bordadas y, mostrándoselo al joyero sobre su palma izquierda, lo fue abriendo con dedos de prestidigitador.

—También he venido por esto —me dijo.

—¿El anillo? —No pudo evitar exclamar Koldo. El anciano se rio al otro lado de la línea.

—No exactamente, mi niña. En realidad, se trataba de un pendiente.

Silva le explicó que era una importante pieza familiar y quería sorprender a su amada con el más hermoso anillo que pudiera imaginar. Sabía que Atienza Joyeros era el lugar donde mejor llevarían a cabo tan delicada modificación, así que no había dudado en acudir en busca de consejo.

—Lo observé con detenimiento —explicó al otro lado de la línea—; aquel pendiente, por su diseño, por la calidad de los diamantes y el tipo de engaste y, sobre todo, por la deslumbrante presencia de la piedra central, difícilmente podía ser una joya de familia, a no ser que su abuela fuera la reina Victoria Eugenia.

Accedí, por supuesto. No tenía intención de perder de vista aquella deslumbrante esmeralda; para qué vamos a engañarnos.

Aquella noche Braulio Atienza apenas pudo pegar ojo; la joya le había quitado el sueño.

Trató de no dar demasiadas vueltas en la cama para no despertar a su mujer, pero su cabeza las daba por él repasando, una y otra vez, las depuradas líneas de aquel pendiente: la plata antigua con la que se había elaborado; la magnífica esmeralda desnuda, colocada de forma vertical; las dos figuras en forma de herradura que colgaban del extremo inferior, una bajo la otra, engastadas de pequeños diamantes; y la segunda esmeralda, de menor tamaño aunque igualmente deslumbrante, que pendía de la última herradura y se balanceaba en el vacío.

La segunda esmeralda tenía once quilates y era espectacular.

Pero la piedra principal… aquella no tenía parangón, era de una belleza imposible.

Se trataba de un cristal mayúsculo, transparente, sin apenas defectos; treinta y nueve quilates de perfección.

Exhibía un verde selva profundo e intenso, casi con el olor de la jungla incrustado en el cristal.

Sin duda se trataba de una piedra de origen colombiano, concluyó.

Las mejores esmeraldas siempre venían de Colombia, pero aquella, por la ferocidad de sus tonos, se dijo, solo podía proceder de las minas Muzo.

Y aquellas minas estaban cerradas desde 1675.

La talla y el pulido, por su parte, eran exquisitos, con una ejecución apenas invasiva.

Tenía una talla hexagonal alargada, un corte que respetaba la forma natural en el cristal esmeralda, perfectamente ejecutada.

Podría haberse realizado en la India durante los siglos XVI o XVII del periodo Mogol.

O quizá en el Imperio otomano, también en el siglo XVII .

Del montaje del pendiente tenía más dudas.

Puede que proviniera del propio Imperio mogol, pero él apostaría por un origen europeo de la misma época.

Consideró aquellos datos mientras, con cuidado de no despertar a su esposa, se levantaba de la cama con sigilo, se ponía el batín y se dirigía a su despacho.

Como tantas otras noches, se sirvió una copa de brandy que allanara la llegada del sueño.

Pero la inquietud seguía ahí. Un destello de entendimiento, una brizna de conocimiento extraviado pugnaba por abrirse camino en la memoria de Atienza, pero no daba con el resorte adecuado.

Se colocó frente a la vasta biblioteca, dejando que su mirada sobrevolara los lomos de los distintos volúmenes de manera aparentemente fortuita.

Luego, de forma instintiva, estiró el brazo tomando uno al azar.

O quizá no. Sus dedos se deslizaron a través de las páginas de aquel catálogo de mujeres elegantes, primero sin propósito aparente, y luego de modo más premeditado, hasta convertirse en una búsqueda apresurada cargada de expectación.

Por fin dio con lo que buscaba. Ahí estaba ella, el pelo recogido, sus pómulos cincelados, la mirada inteligente y el collar casi a modo de gargantilla.

Porque de un collar se trataba. Aquello que no le había dado tregua a su cabeza desde que ese pendiente se cruzara en su camino no era ni más ni menos que el famoso Collar de la Inquisición española, propiedad del no menos insigne joyero Harry Winston.

Atienza había tenido oportunidad de verlo de primera mano, en Nueva York, con ocasión de la exhibición itinerante bautizada «El tribunal de joyas», que Winston había organizado de 1949 a 1953 con objeto de que el común de los mortales tuviera acceso, siquiera fugazmente, a algunas de las piezas que él, como coleccionista, había ido recabando a lo largo de los años.

La muestra, como no podía ser de otra manera tratándose de Winston, reunía algunas de las joyas más míticas del planeta; entre ellas el diamante Hope, una inverosímil piedra azul responsable de acarrear la desgracia y la muerte a todos sus anteriores poseedores, incluida María Antonieta, y cuya maldición solo el propio Winston supo romper al donar la joya de forma voluntaria al Museo Smithsoniano en 1958.

Entre lo más preciado de aquella exposición se encontraba el mencionado Collar de la Inquisición española.

Aquella pieza, le explicó Atienza a Koldo, era antiquísima, del siglo XVII , y en la actualidad también se exhibía en el Museo Smithsoniano de Washington.

Pero para entonces había vivido lo suyo.

Uno de sus últimos propietarios había sido el famoso joyero americano, tras comprárselo en 1947 a Yashvantrao II , quien a su vez lo había heredado de su padre, el maharajá de Indore Tukoji Rao III , primer propietario registrado del collar.

Debido a su manifiesta belleza, fue una de las pocas joyas que Winston no quiso modificar, como tenía por costumbre.

A cambio, él mismo fue quien lo bautizó con tan funesto nombre, pese a que no se tuviera conocimiento de relación alguna entre el collar y la infausta institución.

Ahora, al verlo en aquella sofisticada imagen, fundido al cuello de Katharine Hepburn, a quien el propio Winston se lo había prestado para que lo paseara con motivo de la gala de los Óscar de 1947, volvía a quedar seducido por su belleza.

Era tan deslumbrante como lo recordaba Atienza.

Un magnífico collar doble en el que los brillantes se encadenaban con delicadeza a través de pequeñas hebras de plata formando dos tiras que se abrazaban al cuello.

Otros dieciséis diamantes, estos últimos de mucho mayor tamaño, y catorce soberbias esmeraldas hexagonales colgaban de ambas tiras de manera intercalada, dispuestos todos de tal manera que permitían que el espacio central quedara ocupado por una única e inconmensurable esmeralda hexagonal en forma de barril de cuarenta y cinco quilates; probablemente una de las más bellas piedras de las que jamás se hubiera tenido noticia.

Como único adorno, un colgante que pendía de la propia esmeralda principal: una pequeña figura formada por dos herraduras, una bajo la otra, su superficie repujada de diamantes, de las que a su vez nacían cuatro bellas esmeraldas de menor tamaño.

Atienza miró la hora en el reloj que reposaba sobre la mesa: dos de la madrugada.

Todavía era temprano en Nueva York. Quizá Winston siguiera en su despacho, pensó, así que puso una conferencia.

Tuvo suerte. El joyero americano no tardó mucho en ponerse al aparato al saber de quién se trataba.

La joya ya no se encontraba en su poder, le reconoció a Atienza; se lo había vendido a doña Cora Hubbard Williams, una buena clienta de Pensilvania.

Pero la noticia de que aquel collar pudiera formar parte de un juego completo pareció excitarlo sobremanera.

Winston hizo especial hincapié en que el último dueño registrado había sido el maharajá de Indore, circunstancia que únicamente permitía remontar la historia del collar hasta comienzos del siglo XX .

Toda información con anterioridad a esa fecha era mera especulación, y cualquier nuevo dato podía ayudar a confirmar o desmentir las hipótesis barajadas en tomo a una de las piezas más fantásticas de todos los tiempos.