Ayer en mi patio Capítulo 18
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Capítulo 18

Lo de la siesta no fue una cuestión que Maca admitiera a debate.

Esta volvió a la cocina tras obligarla a echarse un rato y no hubo más.

Obediente, Koldo estuvo un rato dando vueltas, pero fue incapaz de conciliar el sueño.

Todo, desde su útero hasta la proximidad de aquel patio que se intuía en los haces de luz que se colaban por las rendijas de la persiana de su dormitorio, le resultaba perturbador.

Finalmente, como si en lugar de dormir estuviera haciendo algo indebido y Maca, a la que oía trasegar en la cocina, fuera a reprenderla por ello si se asomaba al cuarto, trató de distraerse con discreción curioseando en el móvil sobre Puente del Arzobispo.

La loza que producía aquella localidad era tradicional, artesana, costumbrista.

Muy bonita, valoró. Leyó algo sobre sus características, sus rasgos distintivos y su historia.

La presidenta, tuvo que reconocerlo, la había informado bien.

Comprobó, además, que la historia alfarera del pueblo se remontaba varios siglos atrás.

Y descubrió con sorpresa que los precios por los que se subastaban piezas básicas de loza pertenecientes a los siglos XVII y XVIII ascendían a cifras considerables.

Koldo dirigió su vista como si pudiera ver a través de la persiana hacia el punto tras el que la intuía, agazapada sobre sí misma, a la espera de que el calor amainase.

Su propia fuente de los Leones, su Fontana di Trevi particular.

Recreó las escenas de caza, los corzos en estampida, los cazadores al acecho, los pinos, las liebres y las pajaritas; dibujó en su cabeza la figura de las ranas apostadas, siempre en guardia, y evocó aquel profundo color verde de sus dibujos.

Verde esmeralda, puntualizó como para sí misma.

¿Una señal? No creía en ellas. Pero sí en el poder de la sugestión y en hacer caso de la intuición. Aquello acabó de decidirla.

Abrió la agenda del móvil que todavía seguía en su mano exhibiendo distintas imágenes de loza toledana y buscó el teléfono de Braulio Atienza, el decano de la joyería española que tan solícito se había mostrado años atrás, casualidades de la vida, durante varias visitas en las que Iso y ella acompañaron a Sisi, la madre de su amiga, en la obsesiva búsqueda de pendientes en la que las había embarcado con motivo de una de sus bodas «de categoría».

Sisi quedó más que satisfecha, algo no siempre fácil, y la sintonía entre el joyero y Koldo fue tan evidente que este le facilitó su número personal y la invitó a recurrir a él siempre que lo necesitara.

Lo había llamado en una sola ocasión, con motivo de unos términos de orfebrería de los que no estaba segura para una novela que estaba traduciendo del francés y, haciendo honor a su palabra, el distinguido anciano se había mostrado encantado de ayudarla.

Así que una segunda llamada tampoco podría considerarse un abuso, se dijo a sí misma.

Menos aún, si cabe, en tan particulares circunstancias.

Le sorprendió la voz de mujer que respondió al tercer tono en su lugar.

—¿El señor Atienza? ¿De parte de quién?

No tardó demasiado en oírse la voz añeja y amable del joyero.

—¿Secretaria? No, mi niña, qué más quisiera yo —se rio—. Es la enfermera. Mi nieta ha decidido atarme en corto y no digo que sin razón.

—¿No se encuentra bien, don Braulio?

—He vivido épocas mejores —dijo con cautela—; últimamente la cabeza se me va mucho de paseo. Aunque, como suele tener preferencia por esos tiempos mejores que te comentaba, tampoco tengo mucho que objetar.

Braulio Atienza tenía noventa y cuatro años y pertenecía a una de aquellas eras pretéritas que siempre suenan mejor que el discurrir del presente.

Su padre, el patriarca de los Atienza, había fundado una joyería en Madrid un siglo atrás dando inicio a una saga que consolidarían sus tres hijos, entre ellos don Braulio, y que, con excepción de un obligado parón que iría del inicio de la Guerra Civil al final de la segunda contienda mundial, vestiría ininterrumpidamente y hasta la actualidad los cuellos, muñecas y lóbulos más deslumbrantes de España.

Braulio, el benjamín de los hermanos, fue el último en incorporarse al negocio, y lo hizo finalizados los conflictos y tras un prolongado paso por el extranjero que le valdría una educación y un dominio del inglés y el francés inusuales en la España de la época.

A él fue a quien le tocó viajar a Ámsterdam, Oriente Medio y África para conseguir a precios competitivos las mejores piedras, tomarle el pulso a los mercados europeos y americanos, y ejercer de embajador de la firma.

Y lo hizo con la misma pericia y desenvoltura con la que, ya en casa, organizaba las fiestas de mayor relumbrón del Madrid de la época.

Oír parte de aquel pasado de primera mano era como tener un palco de honor a un mundo ya desaparecido, y Koldo lamentaba que aquellos recuerdos hasta ahora intactos pudieran comenzar a desdibujarse.

—Pero veamos, mi niña, ¿qué se te ofrece?

—Verá, don Braulio —le dijo sin mayores preámbulos—. Me he mudado a una casa donde creo que sigue escondido un anillo que le compraron a usted hace más de medio siglo.

Su memoria a largo plazo no debía de haber sufrido por el momento una merma significativa porque apenas Koldo le facilitó el nombre del supuesto comprador, Pascual Silva, y le refirió el trágico desenlace, el anciano no tardó en rescatar de algún recoveco de su mente los hechos pertinentes.

Su voz adquirió ese matiz de asombro de quien es instado a recuperar un recuerdo largo tiempo aparcado.

—Dios Santo Bendito, no creí que volvería a hablar de aquello con nadie.

—Pues ya ve, la vida todavía le depara sorpresas.

Aquel anillo, le respondió el anciano, también se las deparó entonces. Para empezar, porque la joya en cuestión ni siquiera fue adquirida en su establecimiento, tal como se dio a conocer en los medios de la época.

—¿Usted tampoco llegó a ver el anillo? —se sorprendió la joven sin poder ocultar la decepción—. Pero ¿le consta que existió?

—Vaya si existió. Pero las cosas ocurrieron de otra manera.

Ignorante de cuánto sabía Koldo sobre unos hechos acontecidos varias décadas atrás, y como si su propia cabeza necesitara ir abriéndose paso a través de la bruma de los recuerdos, Braulio Atienza le refirió que el horror que generó el acontecimiento ligado a esa joya hizo que se cerniera sobre todo lo relacionado un pacto de silencio tan absoluto en los círculos de sociedad en los que se movía que él mismo llegó a creer que nunca había llegado a ocurrir.

—Aquel sórdido final del heredero de los Silva —le explicó— hizo que la gente respetable del barrio de Salamanca tuviera buen cuidado de guardar las debidas distancias.

Con excepción de un par de representantes de la prensa escrita con los que me abstuve de colaborar, por mera prevención y aduciendo deberme a mi clientela, pocos más se aventuraron a hacerme preguntas demasiado inquisitivas en público y me resultó extremadamente sencillo responder con vaguedades en caso contrario.

Harry Winston fue la única persona a la que mantuve al tanto de los pormenores del caso y solo con él sostuve el pertinente intercambio de reflexiones.

—¿Harry Winston? ¿El joyero americano?

Recostada en la cama y con el móvil pegado al oído derecho, la joven sintió el impulso de incorporarse mientras se preparaba para escuchar una historia fascinante.

Winston, le refirió Atienza, fue un joyero tan legendario como las joyas que lo hicieron famoso.

Un tipo listo, hijo de un emigrante ucraniano, joyero también, que, según se contaba, comenzó el negocio con astucia: comprando por veinticinco céntimos un anillo con una esmeralda de dos quilates que halló entre la chatarra de una casa de empeños y vendiéndola dos días después por ochocientos dólares.

El joven había nacido con un ojo infalible para las piedras y olfato para los negocios.

A lo largo de su vida logró hacerse con algunas de las colecciones de joyas más fabulosas de la historia, y se dedicó no solo a actualizarlas y adecuarlas a los gustos menos formales de los años treinta y cuarenta, sino a colocarlas en los escotes y las muñecas más codiciadas de la vieja Europa, el nuevo Hollywood y el Medio Oriente.

Cuando Marilyn Monroe cantaba aquello de Diamonds are a Girl’s Best Friend se dirigía al mismísimo Harry Winston, y este le hizo caso vistiendo su cuello para la ocasión.

—Se decía que le gustaba llevar en el bolsillo un diamante de valor incalculable para juguetear con él como si fuera una pata de conejo —le dijo Koldo, que creía haberlo leído en algún sitio.

—Doy fe; yo mismo lo vi.

Apoyada sobre su costado izquierdo, dejó escapar una exclamación.

—No me diga que usted lo conoció. En persona.

—Ya lo creo, en una subasta en Christie’s. Como para olvidarlo; jamás me volvieron a dar una paliza así. —Se rio—. Pero me resarcí cuando lo llamé para hablarle de Pascual Silva.

En 1964, un joven de porte elegante y sumamente distinguido entraba en el local del barrio de Salamanca de Atienza Joyeros.

Bajo el ala del sombrero asomaban unos tirabuzones rubios y unos hermosos, aunque inquietantes, ojos de mujer.

Pidió hablar con don Braulio, a quien aseguró conocer.

Lo pasaron a una salita tapizada de moqueta verde y lo invitaron a sentarse en un cómodo sofá de piel del mismo tono donde apenas le hicieron esperar.

Cinco minutos después, Braulio Atienza, quien lo recordaba al menos de una cena en el Ritz y unos cócteles compartidos con amigos comunes, donde Chicote le dio un cálido apretón de manos y, ya sentado frente a él, aguardó con curiosidad por conocer el motivo de su visita.