Ayer en mi patio Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—No es un mal chico mi Eduardo. A su padre lo despaché siendo él aún joven, lo cual fue una suerte —puntualizó inopinadamente—.

Y no ha salido a él, pero tampoco a mí. Ha salido rarito, como mi padre.

Por no decir idiota. Yo no digo que no se fume algún cigarro y que no se salte alguna que otra clase, está en la edad.

Pero hacerlo para leer, ¿pues qué quieres que te diga?

Todo el santo día devorando libros, me tiene loca.

Desayuna leyendo, se acuesta leyendo, se los olvida dentro de la cama, se los deja abiertos en el suelo del dormitorio y se te caen encima al abrir los armarios.

Cualquier día abriré el horno y habrá uno dentro ardiendo.

Se cobija como un chucho en cualquier rincón y se le van las horas y la vida —dijo con un suspiro—.

Una cosa fea, esto de leer. Que atonta, te lo digo yo.

Así se quedó mi padre, al que le tuve que esconder los libros cuando ya se moría porque ni dormía ni descansaba, todo por leer.

Y claro, al final se me fue —concluyó, como si hubiera dicho una obviedad.

—Mujer, no se moriría por leer.

—Pues tenía un cáncer que se lo llevó al otro barrio —reconoció la mujer—.

Pero te aseguro que ese frenesí por la lectura no le ayudó en nada.

Así que cuando lo enterramos, al día siguiente y sin que mi hijo se enterara, le tiré todos los libros y los tebeos aquellos.

Cuando el Edu llegó a casa y vio el cuarto de su abuelo vacío…

—Se santiguó—. No dijo esta boca es mía.

Nada. Dos meses enteros callado como una tumba; fue tremendo.

—Volvió a suspirar tratando de sacarse de la mente aquel mal trago.

Luego miró alrededor—. Y ahora toda esta biblioteca tuya…

—Señaló con gesto fatalista los innumerables libros enmarcados por la preciosa marquetería—. No habla de otra cosa.

—La lectura es muy sana, Maca. Deberías estar encantada de que tu hijo lea —trató de rebatirle Koldo.

Maca rechazó aquella idea con vehemencia.

—En esta colonia, jovencita, la lectura no está nada bien vista.

A mí no me verás comprarle libros a los de abajo.

Los libros, cuanto más lejos, mejor —dijo, santiguándose de nuevo—.

No nos han traído más que desgracias, que se lo pregunten si no a don Gregorio y a su hijo, que en paz descansen.

Vaya época más negra nos trajo aquella editorial.

¿O es que no te leíste eso? —dijo señalando la revista que descansaba sobre la mesa.

Koldo asintió apresuradamente con la cabeza.

—Esa Macarena Gracia que mencionan ahí era tu madre, ¿verdad? —quiso confirmar Koldo antes de incorporarse para darle un sorbo a la manzanilla.

—Sí. Yo solo tenía tres años y apenas tengo recuerdos de aquella época.

Pero sí de aquella tarde. Los niños siempre recuerdan los días que se salen de lo normal y aquella fue la única vez que me pegó mi padre.

Eso no lo olvidaré nunca. Después del colegio, yo solía hacerle compañía a mi madre en la portería; entraba y salía sin parar y jugaba con otros niños del barrio.

Aquel día volvimos a casa algo más tarde de lo que acostumbrábamos.

Yo protestaba porque tenía hambre hacía rato y ella iba más callada de lo habitual —aclaró para Koldo—.

Mi padre, que era el chófer de don Gregorio, aún no había vuelto a casa, así que mi madre no hizo otra cosa que pasear arriba y abajo y mirar el reloj de pared.

Yo la veía hacer con curiosidad. No recuerdo mucho más, excepto la imagen de la escalera apostada en la dirección a tu patio, igual que la puse yo ayer.

En algún momento debió de llegar mi padre, porque tengo imágenes de él subido a la escalera, y luego mi madre, o quizá fue al revés.

Los recuerdo cuchicheando, con la expresión rara.

Sé que yo también quería subir a esa escalera, ver lo que habían visto ellos.

Debí de insistir mucho y hasta puede que hiciera ademán de acercarme a la escalera.

O puede que no. El caso es que mi padre zanjó la cuestión con un bofetón y se fue.

Fue la primera y la última vez que me pegó.

Luego me mandaron a la cama. Recuerdo que me quedé dormida llorando…

y poco más. Esa es mi aportación al suceso más trágico de la historia de esta colonia.

Koldo estaba fascinada con la narración.

—O sea, que tus padres vieron el cadáver de Pascual Silva desde vuestra casa. Pero en la revista no dice nada de eso.

La señora se encogió de hombros.

—En aquellos años lo que no veías claro te lo guardabas para ti. Así que mi madre se limitó a decir lo justo, me imagino. Y el resto se lo inventaría el reportero; estos de El Caso eran así.

—¿Tú llegaste a conocer a Pascual Silva? ¿Lo recuerdas?

—Para mí, como si nunca hubiera existido.

Yo todavía era una niña y no guardo un solo recuerdo del señorito.

De su padre, sí; supongo que posteriores.

Me viene a la cabeza la imagen de un señor de pelo blanco y rostro triste que fumaba mucho y me daba una moneda cada vez que me veía.

Pero no lo vi demasiado. Dos años después de la desgracia, cuando la editorial entró en bancarrota, La Proa dejó de ser la sede.

Los empleados tuvieron que abandonar «el barco» y vendió por partes las oficinas de la galería.

Don Gregorio le dejó a mi padre el piso de Tisbe a un precio de risa y le pidió otra miseria por un trozo de oficina en el que montó el bar de abajo, El Mascarón.

En casa nunca se volvió a hablar de aquella tarde.

Ni del señorito. La librería de abajo es lo único que queda de entonces.

Don Gregorio se la dejó a Tristón, que debía de ser un mozo de los recados de entonces, y murió poco después, Dios lo tenga en su gloria.

Solo sé que mi pobre madre se santiguaba cada vez que cruzaba por delante de aquella librería, hasta que ella también pasó a mejor vida.

—¿Qué crees que pasó?

Maca sacó las manos de los bolsillos del delantal para recolocarse las horquillas en aquel alborotado recogido suyo mientras parecía reflexionar.

—Los libros, mi niña. A Pascual le calentaron el cerebro y se dedicó a ir de acá para allá y a mariposear mientras don Gregorio daba el callo en la editorial.

Para mí que se creía el pirata ese de los tebeos de su padre; pero en realidad era un joven díscolo y consentido.

A esa pájara de su novia la conoció en América, tengo entendido, y se la trajo de vuelta.

A saber qué pasó entre ellos; nada bueno, eso seguro.

Solo una vez me atreví a preguntarle algo a mi padre sobre lo sucedido, yo tendría unos quince años.

Se le cambió la cara, parecía que había visto un fantasma.

Se limitó a decir que aquel hijo suyo no le había traído nada bueno a don Gregorio. Con eso pareció dejarlo todo dicho.

Maca también pareció haberlo dicho todo. Guardó silencio dándole un último sorbo a su manzanilla, que ya debía de estar helada, mientras Koldo reflexionaba. Poco a poco iba sumando fragmentos de información; algunas piezas encajaban, otras se recolocaban.

—¿Sabes, Maca? Creo que el otro día yo también vi a alguien que pretendía ser un fantasma. Y no era tu hijo.

Le refirió la visita sorpresa de la elegante señora, el curioso incidente de la fuente, la estremecedora coincidencia de la falta de dedo anular.

Luego, a pesar de las protestas de Maca, se puso en pie.

Y obligó a la mujer a seguirla. Salió a la terraza y, con el dedo, le indicó dónde mirar.

Maca tomó la baldosa hidráulica con una mano y se colocó las gafas que llevaba colgadas del cuello.

—Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar —leyó como si fuera el prospecto de un detergente para lavavajillas. Hizo una mueca antes de opinar—. Pues este parecía decidido a olvidarla.

—¿Por qué lo dices?

—Porque se quedó con su dedo.

Koldo la miró, valorando su cuestionable sentido del humor mientras la risa se le escapaba entre los dientes.

—Y con su anillo —añadió la madre de Edu, de manera terminante.

La joven le lanzó una mirada triunfal.

—¿Entonces tú también crees que el anillo existió?

—A ver. Digo yo que no te tomas la molestia de cortarle un dedo a alguien porque sí.

—¿Y qué crees que fue de él?

Maca se quitó las gafas y las dejó colgadas alrededor del cuello, volvió a colocar la baldosa en su sitio y miró alrededor secándose las manos en el delantal de rayas.

—Esa es la gran pregunta, ¿verdad? Si el otro día alguien estuvo en tu casa buscándolo, es porque nadie ha sabido responderla todavía —concluyó con mundana sabiduría.