Capítulo 17
Los dolores empezaron sobre las doce de la mañana, cuando se desenredaba la melena en el cuarto de baño después de la ducha.
Asustada, temió que el ejercicio de lavarse el pelo pudiera haber provocado otra hemorragia y, tras vestirse, se recostó en el sofá del salón aguardando lo peor.
No quería llamar a Iso, sobre todo estando su madre de visita.
Tampoco podría hacer gran cosa, se dijo.
Encendió la televisión y dejó vagar la vista sobre el aparato sin ser muy consciente de las imágenes que se sucedían delante de sus ojos.
El dolor, similar a un cólico, fue cobrando intensidad hasta que la hizo encogerse sobre sí misma, provocándole un gemido; luego, de forma progresiva, disminuyó hasta casi desaparecer.
Y casi cuando empezaba a confiarse pensando que podía haberse tratado de una falsa alarma, este volvió con renovada intensidad hasta obligarla a doblarse en dos.
Una vez más, sin embargo, disminuyó hasta diluirse.
Las oleadas se repitieron y prolongaron a lo largo de casi dos horas, mientras Koldo empezaba a intuir un patrón y se lamentaba aguardando el fatídico desenlace.
Paulatinamente, sin embargo, los picos dejaron de ser tan acusados y los espasmos tan seguidos.
Hasta que desaparecieron del todo. Incrédula y con el alivio dibujado en el rostro sudoroso, Koldo se levantó con cuidado del sofá, se dirigió al baño y se bajó la ropa interior.
Una mancha oscura, de un marrón opaco, textura apelmazada y no demasiado grande, era todo lo que quedaba del doloroso episodio.
Nada en comparación con la hemorragia de la víspera.
Perpleja, tomó el móvil y marcó el número del doctor Castillo de la Ensenada.
La secretaria tomó el recado y Castillo le devolvió la llamada apenas diez minutos después.
—Sangre vieja —le dijo el médico con sencillez cuando esta le explicó el tipo de mancha que había en su ropa interior.
—¿Cómo?
—Mientras la sangre no sea fresca, ligera y de un color rojo vivo, lo que estás expulsando proviene de la hemorragia anterior. No hay por qué alarmarse. Lo único que tienes que hacer es esperar.
—Es fácil decirlo.
Fue la única vez que Castillo consintió en asomarse, siquiera por un instante, a la desoladora misión que le había encomendado.
—Verás, no hacer nada es lo más frustrante en estos momentos.
Y lo más difícil de llevar a cabo. Pero también lo más importante que harás nunca por tu bebé.
Y solo puedes hacerlo tú —puntualizó, volviendo con rapidez a su ligereza habitual—.
Te recomiendo que te busques un pasatiempo que se pueda llevar a cabo en quietud y con serenidad, y que te entregues al mismo con ganas.
Koldo dejó el móvil sobre la mesa y volvió a recostarse en el sofá con una suerte de sentimientos encontrados.
—Así sigo, sin saber qué hacer y sin poder hacer nada —concluyó horas después, resumiéndole a su inesperada visita los sucesos de aquella mañana.
Su interlocutora, ocupada en fregar los platos de la noche anterior, parecía no escucharla.
Había aparecido poco antes con los mechones tan despeinados y huecos como el día anterior, probablemente el mismo delantal a rayas que la víspera Koldo no alcanzó a ver a través del cristal del patio, un pan bajo el brazo y un puchero entre las manos que, a su vez, servía de soporte a una bandeja cubierta con papel de aluminio.
—¿Abres de una vez? —Se impacientó Maca nada más tocar el timbre y adivinando la presencia de la convaleciente al otro lado de la puerta.
La joven se apresuró a obedecer.
—Vas a tener que dejarme unas llaves; no puedes levantarte cada vez que venga a traerte algo —dijo a modo de saludo.
Pasó por delante y se dirigió a la cocina como si toda su vida se hubiera desarrollado en aquella casa.
La distribución de todas las viviendas de la colonia era similar, supuso Koldo, si no idéntica.
No pudo dejar de observar, sin embargo, que en aquella comunidad todas las vecinas parecían pasearse con pasmosa ligereza por las casas ajenas.
Sobre todo por la suya, matizó para sus adentros.
Obediente, siguió a Maca a la cocina, sentándose en un taburete con los pies descalzos y apoyados en la barra inferior.
Y con la extraña confianza que pareció otorgarle la desenvoltura de aquella señora, pasó a relatarle el doloroso episodio vivido por la mañana.
El silencio de Maca, quien la dejó hablar sin darle excesiva importancia a la narración, provocó que su cabeza, una vez desahogada, saltara a un nuevo pensamiento.
—¿Sabes? Eres la segunda vecina que viene a verme estos días —dijo casi sin pensarlo—. Ayer estuvo la presidenta.
—Ah, ¿sí? —dijo la otra, sin mucho interés, ocupada en hacer sitio en la nevera.
—Me dijo que hay una fuga en mi casa que está provocando humedades en el techo del bar —continuó.
Maca sacó la cabeza de la nevera, más interesada.
—¿En El Mascarón?
—Por lo visto.
—¿Otra vez?
Maca volvió a introducir la cabeza en la nevera mientras hablaba.
—Ese fue el motivo por el que lo traspasé; estaba harta.
La última vez fue hace dos años. Los costes los asumió la comunidad, pero, aunque en un primer momento se creyó que la filtración se había originado debido a esa fuente tuya, al final resultó que era una cañería rota a la altura del bar.
La obra me obligó a tener el bar cerrado durante tres semanas.
Y el olor a pintura no se fue en otras dos. Me salió una úlcera.
—Según explican, la mancha se extiende día a día y amenaza con alcanzar la librería si antes no se desploma el techo del Mascarón —explicó Koldo, mientras se observaba los dedos de los pies. El rojo de las uñas estaba ya desconchado.
Maca cerró la nevera y se la quedó mirando.
—Curioso lo de la mancha.
—En fin, yo debería seguir tumbada. O al menos recostada —se disculpó Koldo, arrastrando el kimono hasta el sofá del salón.
Maca ni siquiera le respondió, concentrada en lo suyo.
Apenas diez minutos más tarde, Koldo se incorporaba, estimulada por el olor que salía de la bandeja que le traía la mujer y que colocó sobre sus rodillas con la destreza de quien ha regentado un bar.
Paella y bacalao al pilpil. Las tripas de Koldo rugieron con ganas.
Los ojos a media asta de la mujer la miraron trasluciendo certeza más que satisfacción.
—Espero que no te esté dando por vomitar. Sería una pena.
La joven negó con la cabeza, disipando cualquier posibilidad al respecto, y comenzó a comer emitiendo pequeños gruñidos de placer.
Maca, de pie y con las manos metidas en los bolsillos del delantal, la miró hacer como si cada bocado fuera de una importancia capital sin que, extrañamente, este intrusivo ejercicio de observación incomodara a Koldo.
Cuando esta terminó, Maca tomó la bandeja sin muchos miramientos y regresó a la cocina.
Luego volvió con dos infusiones de manzanilla, le tendió una a la joven, recostada en el sofá, y se quedó con la otra mientras contemplaba el sillón de al lado.
Se trataba de un modelo chéster con tapizado capitoné de cuero que, a todas luces, no resultó muy del agrado de la buena mujer, que lo miró con manifiesta desconfianza.
—Seguro que era de tu abuelo —certificó, alzando una ceja.
Depositó la manzanilla en la mesa de centro y, sin esperar respuesta, como venía siendo habitual, desapareció del salón para volver al poco con una silla de la cocina. Se sentó en la misma, volvió a introducir las manos en los bolsillos del delantal y la miró circunspecta.
—Mucho mejor así. ¿Una brisca? —dijo al tiempo que sacaba una baraja de cartas españolas del bolsillo.
Hacía años, si no siglos, que Koldo no jugaba a la brisca.
La última vez, creía recordar, siendo Iso y ella todavía niñas, durante una de aquellas largas tardes en la pastelería New York junto a sus respectivas madres, mientras Sisi no dejaba de observar la falta de energía, sofisticación y perspectivas de la brisca frente al bridge .
Asintió divertida mientras Maca barajaba, le pedía que cortara y repartía cartas.
Así estuvieron un rato, jugando en silencio, hasta que Koldo lo rompió.
—¿Sabes que la fuente de mi patio es casi un monumento? Al parecer, tiene más de doscientos años.
Maca bufó con escepticismo.
—Por lo visto, en tu patio hay de todo. ¿Sabes que las hijas de Curro, el Cordobés, decían que también había un fantasma?
Koldo contuvo una sonrisa.
—Algo he oído.
—Era mi Eduardo; solía colarse a leer cuando estaban de vacaciones en Córdoba y se llevaban al perrazo ese que tenían.
Un mal bicho, todo hay que decirlo. Desde que Curro pasó a mejor vida y las hijas se volvieron a su tierra, mi chaval se ha creído que el patio es de su propiedad.
Cada vez que lo pierdo de vista, ya sé dónde buscarlo; ahí detrás —dijo señalando el patio de Koldo—, haraganeando con un libro.
Así que cuando te lo encuentres por aquí, lo mandas de vuelta. Que ya estaré yo esperándolo.
La otra se rio.