Capítulo 16
Iba marcando curvas, los párpados irradiaban un azul intenso y se acariciaba un camafeo de considerables dimensiones que latía en el centro de su escote mientras aguardaba a que Koldo abriera la puerta.
La verdad, a la joven no le sorprendió en exceso verla a través de la mirilla; al fin y al cabo, amenazaba con su visita desde que la conociera.
Pero sí que el motivo de la misma estuviera más que justificado.
—Te traigo algo —le dijo nada más abrir.
Le mostró unos papeles grapados que ella miró sin comprender.
—El acta de la última reunión de vecinos, querida.
Obvió plantear el motivo de su ausencia en la misma, pero Koldo supuso que no lo dejaría pasar tan alegremente una segunda vez.
—Hablan de ti, así que te interesará —la cortó tendiéndoselos. Koldo los tomó perpleja, ocasión que la presidenta aprovechó para hacerla a un lado e invitarse a pasar.
—Estas reuniones… —murmuró para sí mientras se dirigía al salón.
Miró el mapa, los libros de la biblioteca y el resto de la decoración de forma valorativa.
Se acercó hasta el sofá, donde se quedó contemplando el cuadro que lo presidía: unos flamencos de cuellos retorcidos dibujados por Sisi, la madre de Iso, regalo de un par de cumpleaños atrás.
Luego se giró para mirar de frente a Koldo—.
Debo reconocer que me tienes admirada, querida.
Veo que has sabido preservar la personalidad del salón.
No todo el mundo es capaz de decorar sin desvirtuar la identidad de un espacio.
Ni de colgar los cuadros donde corresponde.
Koldo, que la había seguido hasta el salón incapaz de impedir su avance, volvió a maravillarse del espontáneo descaro de aquella señora.
—Durante un tiempo me dediqué a colgar cuadros, ¿sabes?
—prosiguió su invitada, ajena al parecer al hilo de pensamiento de su anfitriona—.
Colgar cuadros es todo un arte —insistió—.
Pueden vestir una pared o disfrazarla. Hay que valorar el lugar, a qué altura hacerlo y, lo más importante, la composición final teniendo en cuenta otros cuadros y elementos existentes.
En muchos museos y galerías pagan muy bien por ello, aunque no lo creas —aseguró.
Luego se quedó pensativa, mirando en dirección a la terraza, que en esos momentos estaba abierta en un iluso intento de refrescar la casa.
—Lo mismo ocurre con las plantas. Pueden convertir el espacio en un vergel, en una selva o, como en este caso, en una maleza.
Koldo disculpó la ofensa al recordar que esta provenía de la jardinera al cuidado de la esmerada colección de cactus que se reflejaba a través de la mampara de cristal que separaba sus respectivos patios.
Esmeralda, por su parte, le dio la espalda a aquel desafuero vegetal y optó por tomar asiento, sin que tampoco nadie la hubiera invitado a ello.
—Querida, cómo te agradecería un poco de aire acondicionado —añadió con su desfachatez habitual.
Koldo se disculpó. Todavía no habían podido venir a repararlo. Y dudaba de que fueran a hacerlo en los próximos días. Resignada, la señora buscó alrededor algo con lo que abanicarse. Su vista se detuvo en el ejemplar de El Caso , todavía sobre la mesa de centro del salón.
—Qué poco ha tardado en llegar también aquí —suspiró, mirándolo con cierta desgana.
Lo tomó con la mano en cuya muñeca descansaba aquella vistosa pulsera suya y comenzó a abanicarse con elegante desidia, mientras las monedas doradas y las piedras color esmeralda chocaban entre sí produciendo un curioso chasquido.
—¿Por qué lo dices? —Quiso saber la joven a través del batir del improvisado abanico y el castañeteo de los colgantes.
—Querida, hablar de los Silva en esta colonia es más recurrente que hablar del tiempo. Y más aburrido, si cabe. ¿Todavía no te han pasado el ¡ HOLA ! ?
La interpelada frunció el ceño; no sabía a qué se refería.
—Se trata de los dos ejemplares más leídos en La Proa desde hace años; a grandes rasgos cuentan lo mismo, pero con distinto tono.
Crónica negra, crónica rosa. Seguro que tienes ocasión de comprobarlo.
Inexplicable agresión a una dama por parte de su prometido en pleno barrio de Salamanca y subsiguiente soltero de oro malogrado a las puertas de la boda.
Cuerpo y dedo, ambos hallados en la vivienda.
Daños colaterales: enlace en la iglesia de Los Jerónimos suspendido, vestido de novia firmado por Pertegaz donado sin estrenar, valioso anillo adquirido en Atienza Joyeros desaparecido. ¿Me dejo algo?
Koldo supuso que no; la síntesis parecía bastante eficiente.
—Yo me enteré de todo esto ayer mismo. Y no pude pegar ojo en toda la noche —se sinceró a medias, omitiendo cualquier otra conclusión al respecto—. ¿Qué cree que fue de la chica? ¿Y del anillo?
Esmeralda suspiró.
—La joven, supongo, se fue por donde vino. Y con un dedo menos, por lo visto. Tengo entendido que venía del otro lado del Atlántico; y aquí nadie volvió a verla. El anillo, a saber.
—¿Así que crees que el anillo en cuestión existió? ¿Y que sigue perdido?
Esmeralda arqueó las cejas con manifiesto escepticismo.
—Oh. Seguramente hubo un anillo de pedida; siempre lo hay en los compromisos, ¿no es cierto?
Pero ¿una alianza de esmeraldas de incalculable valor a la que se le perdió el rastro?
Ese anillo, nadie lo vio nunca. Ni ahora ni entonces.
Personalmente, no creo que esa fabulosa joya se perdiera; opino que nunca existió.
Querida —dijo con el tono de quien lamenta arrebatarle la ilusión a un niño—, llevo poco tiempo aquí, pero soy la presidenta; conozco a todos los vecinos.
A los recién llegados, como tú, y a los veteranos.
También me han contado de los que se fueron.
Todos, sin excepción, han buscado ese anillo en algún momento.
Koldo no supo si darse también por aludida mientras se removía en el sofá, incómoda, mientras la presidenta proseguía:
—Es como un mal endémico, aqueja a todo el que se instala en la comunidad. Siento decepcionarte, pero todos hemos pasado por lo mismo que estás pasando tú —la puso en evidencia sin atisbo de compasión—. Y con el mismo resultado.
A su pesar, Koldo notó cómo se ruborizaba.
—Más de medio siglo después, ahí lo tienes —dijo señalando a la mortificada joven—; con todo su poder de fascinación intacto.
La historia del anillo es solo, en mi opinión, la guinda de una leyenda negra, un detalle sacado de contexto, una ilusión —remedó el gesto de un mago al hacer desaparecer un objeto—. Pero ¿cómo arrebatarle eso a nadie?
—Vamos, que en tu opinión es un cuento chino —remató Koldo, interesada.
Quedaba sin resolver, no obstante, la identidad de aquella extraña visita suya.
Y la inquietante coincidencia del dedo anular.
O de su ausencia, se corrigió. Dudaba si mencionar algo al respecto cuando Esmeralda la sacó de sus pensamientos.
—Tú, sin embargo, tienes algo mucho más real por lo que velar.
Koldo volvió a removerse, incómoda; ¿ella también lo sabía?
La presidenta, ajena a las cavilaciones de la joven, prosiguió:
—Y está un tanto abandonada, por cierto —dijo, señalando hacia el centro del patio. Koldo la siguió con la mirada sin acabar de entender.
—¿La fuente? —preguntó confusa.
—¿No te lo ha dicho el portero?
—¿Decirme qué?
—Esa fuente tiene más de dos siglos, querida. Casi como la Cibeles.
Koldo pegó un respingo contemplando la fuente, con sus pequeñas y abnegadas centinelas apostadas en tres de sus esquinas, como si lo hiciera por primera vez.
O con nuevos ojos, al menos. Resulta que tenía un pequeño monumento en la terraza.
Y ella poniendo sus pies a remojo bajo las bocas de aquellas insignes ranas.
—Azulejo de Puente del Arzobispo —apuntó la presidenta.
La joven negó con la cabeza. No sabía de qué le hablaba.
—¿Has oído hablar de la cerámica de Talavera de la Reina?
Pues primas hermanas, solo que la de Puente quedó eclipsada por la fama de su parienta.
Ojo, de forma inmerecida. La temática es parecida, los orígenes también.
Pero hay ciertas diferencias —dijo, poniéndose en pie con inesperada agilidad, dirigiéndose hacia la fuente y señalando un par de puntos desde donde Koldo pudiera verlos—.
¿Ves eso que parece un ciprés? —dijo apuntando a uno de los azulejos—.
En realidad, es un pino. ¿Y ese pájaro? —preguntó en referencia a un ave representada también en varios lugares de la fuente.
Se le conoce como la pajarita. Ambos son motivos muy recurrentes en el barro de Puente del Arzobispo.
Y luego está el color, la auténtica diferencia entre esta cerámica, la talaverana y cualquier otra, por añadidura.
Koldo era todo oídos.
—El blanco es menos blanco, por decirlo de algún modo.
Debido a la mayor cantidad de estaño en la composición del barro, el fondo, digamos, es más cremoso.
Tiene una bonita tonalidad marfil. Pero lo más singular es el color predominante en su dibujo.
El verde que lo caracteriza. Según dicen, la cerámica de Puente del Arzobispo es única por la profundidad del verde esmeralda con el que se dibujan sus motivos —concluyó—.
Así que, querida, ahí tienes tu esmeralda. Y esa sí que es real.
Koldo estaba fascinada.
—¿Cómo sabe tanto de esa fuente? —indagó.
—Siempre me gustó el arte; me formé en Barcelona. Luego hice mis pinitos en Ibiza, aunque no vendí gran cosa. Se me daba mejor vender lo de los demás.
Koldo asintió, sorprendida, mientras la otra seguía explayándose.
Esmeralda parecía estar tan a sus anchas hablando de sí misma como entrometiéndose en las vidas de los demás, pero con lo que más disfrutaba era, sin duda, llevando las riendas de la conversación, al margen de la dirección que estaba tomando.
Y en este caso, la fuente parecía haber acaparado su interés por completo.
—Así que esa bonita fuente es ahora tu privilegio. Y tu responsabilidad —continuó, señalando el acta de la reunión de vecinos, olvidada sobre la mesa a aquellas alturas. Página tres, párrafo cuatro. Lee sin miedo.
Koldo tomó los papeles, abrió en el lugar indicado y leyó:
«… que poner freno a las humedades en el espacio comercial que alberga El Mascarón, cuya mancha se extiende día a día y amenaza con alcanzar también al espacio comercial que alberga la librería Odisea si antes no provoca el desplome del techo, y que pudiera estar originado a la altura de la primera planta, más concretamente en el patio perteneciente al primero B del edificio de Píramo, posiblemente ocasionada por el flujo constante de una fuente construida en la propiedad… ».
—En honor a la verdad, yo me perdí la reunión; estaba de viaje. Pero el primer secretario, Daniel Alcázar, un chico de Apolo muy simpático, sí que asistió —dijo señalando en dirección a los edificios del fondo—; fue él quien se encargó de tomar nota de todo. Cualquier duda, podemos preguntarle.
—Tengo varias, pero una me preocupa especialmente: ¿no pretenderán que sea yo quien se haga cargo de esto? —repuso alarmada.
—No, por Dios —la tranquilizó Esmeralda—.
Tú no has tenido tiempo de estropear nada; sea cual sea el problema, viene de atrás.
Nadie quiere cargárselo a la propiedad de la casa, la comunidad no pretende echarte nada en cara.
Es el seguro de La Proa quien asume los costes de todo; al fin y al cabo, tu patio es el techo de la galería de la comunidad.
Pero sí será necesario que un técnico venga a revisarlo todo y localice las filtraciones, el origen de las humedades.
De lo contrario, quizá tengan que acabar levantando todo el suelo, llevándose por delante esas bonitas baldosas hidráulicas y, desgraciadamente, la fuente —explicó preocupada—.
Lo más probable es que solo se trate de una cañería rota o del deterioro de la tela asfáltica en algún punto concreto; hace tiempo que no se revisa.
En cualquier caso, contingencias ajenas a ti.
—Me quitas un peso de encima —reconoció la joven.
A pesar del disgusto, Koldo fue capaz de apreciar la extraña coincidencia entre el problema que tenían entre manos y las posibles complicaciones derivadas de poseer un patio que, a modo de hipótesis, había barajado su extraña visita reciente.
Prefirió no mencionar nada. Esmeralda tampoco le dio opción.
—La cuestión es, querida, que hay que revisarlo cuanto antes. Tendrás que hablar con el seguro, acordar una visita, que se acerquen y elaboren un presupuesto y hacérmelo llegar lo antes posible para su aprobación. Hay que evitar daños irreparables —concluyó.
En su estado, lo que menos le convenía era tener que atender a gente entrando y saliendo de casa.
La idea de una obra en su patio, con todo lo que podía conllevar, la volvió a sumir en la zozobra.
Esmeralda, a la que no le pasó inadvertida la expresión un tanto desamparada de Koldo, hizo su propia interpretación.
—Puedo pasarte el teléfono. —Hizo una pausa, decidiendo algo—. O puedo llamar yo, si lo prefieres. Deja que me ocupe y lo solucionamos la semana que viene, a ser posible en una sola visita, ¿te parece?
Koldo se despidió de Esmeralda, infinitamente agradecida.
Y ¿por qué no reconocerlo? Un tanto expectante, una vez asumido el disgusto.
De acuerdo, el anillo no existía. Y de existir, lo más probable es que ya no estuviera ahí.
Pero la idea de verse obligada a hacer una revisión del patio, para qué negarlo, la excitaba.