Ayer en mi patio Capítulo 15
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Capítulo 15

Como cada noche, aquella también fue víctima de los malos augurios que, como espectros, se colaban en su cabeza a través de aquella espera quieta y sin garantías.

Esta vez llegaron entremezclados de imágenes delirantes, seguramente acentuadas por las hormonas y, Dios mío, también por aquel calor insensato que había comenzado a azotar Madrid.

Koldo daba vueltas en la cama, incapaz de contener las arremetidas de sus propios desvaríos que, como olas, volvían una y otra vez llevándose consigo cualquier atisbo de sosiego.

Había sangre, óvulos de progesterona, ranas hambrientas.

Y dedos mutilados y anillos que se precipitaban al suelo y tintineaban con desfachatez sobre las baldosas hasta colarse entre ellas y desaparecer.

Repasó mentalmente los lugares tras los que podía aguardar aquel anillo: cajones, tiestos, dobles fondos, pequeñas rendijas, hornacinas, resortes desconocidos…

, la fuente. En realidad, era una suerte que tuviera prohibido moverse; el frenesí con el que se hubiera entregado a su búsqueda lo habría dejado todo patas arriba.

Le vino a la cabeza una imagen del dormitorio que ocupaba en su antiguo piso de estudiantes: los cajones de su cómoda abiertos, el contenido desparramado sobre el suelo y la cama.

Sucedió un sábado durante su último año de facultad; sus compañeras estaban fuera y ella había pasado el día con su novio.

No notó nada raro al entrar, tampoco cuando atravesó el salón.

Pero cuando abrió la puerta de su cuarto, le invadió una suerte de estupefacción.

No fue aquel miedo sólido y paralizante que se solía apoderar de las víctimas televisivas que habían sufrido un robo, sino una inquietud matizada de incongruencia mientras en su cabeza se sucedían las preguntas de forma un tanto absurda.

¿Por qué estaba todo revuelto? ¿Olvidó cerrar los armarios?

¿Qué hacían sus cajones abiertos y su ropa en el suelo?

De pronto lo entendió. Y la solución, lejos de asustarla, la alivió.

Fue todo muy rápido, pero recordaba aquella reconfortante sensación de clarividencia; incluso cuando vio el cubrerradiador arrancado.

Al menos tenía una explicación: habían entrado a robar.

Llamó a su novio, a sus compañeras y a la Ertzaintza, que no tardó en acudir. Enumeró todo lo que estaba fuera de lugar. La habitación era un verdadero caos.

—¿Qué ha sido sustraído?

Ay, no había caído en la cuenta, pensó. Qué tonta. ¿Qué le habían robado? De repente, sintió que la vergüenza se apoderaba de ella y que quizá se hubiera precipitado llamándolos.

—Nada —acabó reconociendo. No es solo que no hubieran robado nada; en realidad, tampoco tenía nada de valor que pudieran robar. La Ertzaintza, por el contrario, no pareció especialmente contrariada. Si acaso, más interesada.

—¿Es posible que buscaran algo?

Koldo no supo qué decir. Desde luego, no había nada que encontrar, pensó con cierta precipitación.

¿Qué iba a haber en el piso de unas estudiantes?

¿El trabajo de fin de carrera? Sin embargo, aquello le dio que pensar.

Quizá sí buscaban algo, valoró. A lo mejor sí que buscaban algo, sabían dónde estaba y lo habían encontrado.

Quizá estaba ahí, detrás del cubrerradiador, esperando desde antes de que ellas entraran a vivir al piso.

Seguramente había convivido con aquello, cada día y cada noche, durante todos esos años en los que había ocupado aquella habitación.

Ahora sentía la misma indefinible y prometedora excitación que se había apoderado de ella entonces al pensar en ese anillo que podía seguir estando o no, pero que, al parecer, en algún momento estuvo.

Meditó sobre aquella curiosa cualidad que la llevaba a escoger casas cuyas vidas anteriores seguían ahí, silenciosas y latentes, a la espera de revelarse en el momento menos pensado. Qué raro todo.

El aire caliente parecía envolverla, como si en lugar de en la cama tratara de conciliar el sueño en el interior de un radiador.

Se obligó a abrir los ojos para dejar todo ese delirio atrás.

Se incorporó, sudada, y se dirigió a la cocina descalza.

Puso agua a calentar, revolvió en el armario y se preparó una tila doble con la esperanza de que la ayudara a conciliar el sueño.

Con el ánimo de conjurar aquel calor infernal, le echó un par de hielos a la humeante infusión.

Regresaba ya al dormitorio cuando, a su paso por la puerta que daba al salón, percibió una luz en el exterior.

Había dejado la cristalera de acceso al patio abierta y las persianas subidas apenas medio metro, de manera que permitieran el paso del aire de la noche, a pesar de que apenas había refrescado.

Por esa misma brecha es por donde se había colado también aquel haz de luz artificial.

Hay gente en los patios, se dijo a modo de consuelo; no todo el mundo duerme.

A punto de reanudar su paseo hasta la cama, sin embargo, algo la obligó a detenerse.

Las pupilas se le dilataron al intuir la existencia de una sombra que se desplazaba a través de aquel haz de luz.

Hay gente en mi patio, se corrigió, no sin un leve matiz de ironía.

Aquella noche había luna llena. Su primer pensamiento fue para el fantasma de Pascual Silva. Por suerte, hizo caso del segundo.

Descalza como estaba, se acercó sin hacer ruido a la altura de las persianas y se agachó con cuidado hasta quedar casi de rodillas.

Luego apoyó los brazos e inclinó la cabeza, dirigiendo la mirada al exterior.

Al otro lado, alguien había ejecutado sus mismos movimientos.

Un rostro colocado a la misma altura que el de Koldo gritó «¡Buh!

», al tiempo que esta dejaba escapar un chillido.

Con el corazón desbocado y roja de ira, la joven se puso en pie, accionando el interruptor.

Cuando las persianas terminaron de subir, y percibiendo todavía la furia de los latidos de su corazón, se encaró con Tifón, quien, también en pie, la miraba entre risas.

—¡Vaya susto!

—Te oí y no pude aguantarme.

—¿Qué haces aquí a estas horas? —le increpó Koldo mientras notaba cómo su corazón adquiría un trote más civilizado.

—Leer —dijo él con sencillez, señalando un libro que tenía sobre la mesa de hierro junto a un paquete de tabaco—.

Mi madre no me deja estar hasta tarde; huele la luz desde su dormitorio.

Antes solo venía si Curro y sus hijas se habían ido a Córdoba.

Por el perro, sobre todo. Después de lo de Curro he venido algo más —confesó el chaval—. Pero soy muy silencioso siempre.

—¿Siempre? —le preguntó alarmada—. Pero ¿cuántas noches pasas aquí?

Tifón se encogió de hombros mientras Koldo ataba un par de cabos en su cabeza.

Se sentó en una de las sillas de mimbre; no quería permanecer en pie más tiempo del debido. Tampoco pudo dejar de observar que, erguida como un pequeño peón, una colilla de Marlboro ya apagada aguardaba junto al libro.

—¿Qué haces fumando un tabaco tan caro? —le preguntó a cambio.

—Me quedé sin tabaco —dijo el chaval al tiempo que se sentaba en el bordillo de la fuente.

—¿Y?

—Que cogí el de Dolores. El que tenía escondido.

Entre otras muchas cosas, las hermanas Español tenían terminantemente prohibido fumar.

Pero se ve que a eso no se resignaron. A Dolores, le contó Tifón, le gustaba fumar Marlboro y a Josefa, que quizá fuera menos fina y delicada de lo que la imaginería popular del barrio se ha empeñado en creer, le iba el tabaco negro. Ducados, para más detalle.

—¿Pero no eran unas santurronas?

Koldo, divertida, trató de reajustar en su cabeza la imagen que se había hecho de aquellas delicadas y vulnerables jovencitas que, al parecer, no estaban tan a merced de la tiránica sombra de su padre.

—Tenían tabaco escondido por toda la casa.

Si les requisaban un paquete, siempre tenían otro.

Las vi a menudo desde casa, aunque procuraban hacerlo bajo la pérgola y en horas en las que nadie más estaba asomado.

Una vez me pillaron… espiándolas. Acordamos que yo podría venir a leer aquí si mantenía el pico cerrado.

—Eso se llama chantaje —certificó Koldo con cierta severidad.

—A ellas les gustaba fumar y a mí leer, y todos teníamos que hacerlo a escondidas —respondió Tifón con sencillez—. Además, lo propusieron ellas. Por lo visto sabían desde hace tiempo que me colaba en su patio.

—De ahí el fantasma.

Tifón entreabrió la boca, mostrando sus blancos incisivos.

—Vamos a ver —trató de recapitular ella—; ¿quieres decir que en mi patio hay tabaco escondido?

Sintió un extraño déjà vu . La insistente predisposición de su casa como receptáculo de los más variados objetos ocultos comenzaba a inquietarla.

—Supongo.

—¿Dónde estaba ese? —Señaló la colilla que reposaba a su lado, sobre la mesa.

—Hagamos un trato —propuso Tifón ante el pasmo de la joven.

—¿Hacer un trato? Tú me lo dices, te vas por donde has venido y yo no le digo a tu madre dónde pasas las noches, ¿te parece ese un buen trato?

—Algo a cambio de algo —explicó él, sacando otro Marlboro que se había guardado detrás de la oreja y encendiéndoselo—. Como muestra de buena voluntad, te diré dónde estaba este. Donde la virgen —dijo, apuntando con el cigarro encendido en dirección a la hornacina.

—Lees demasiado, Tifón; al final voy a tener que darle la razón a tu madre. Y hazme el favor de apagar ese cigarro.

El chaval le dio un par de caladas rápidas, lo apagó contra una de las baldosas del suelo y lo dejó en pie sobre la mesa junto a la colilla del anterior, de forma que no ensuciara el cristal.

—¿Veinte pavos? —sugirió tras finalizar la maniobra.

Koldo lo miró sin entender.

—¿Veinte pavos? —repitió tontamente.

—Puedo imaginar un par de lugares más donde Dolores y Josefa podían esconder su tabaco. Aunque esté ya un poco pasado, como este.

La mujer notó que perdía la paciencia, pero lo miró con desmayo.

En ningún caso se hubiera planteado que el interior de su casa albergara un alijo de tabaco.

Pero tampoco que un chaval de dieciséis años poseyera un conocimiento más exhaustivo que ella misma de su propia casa.

La duda la asaltó. La posibilidad de que hubiera encontrado algo más le produjo un intenso sentimiento de recelo.

Maldito mocoso entrometido, murmuró para sí misma, no sabiendo si sentirse alarmada o divertida.

—Solo tabaco, ¿verdad? —inquirió.

El chaval se encogió de hombros.

—¿Qué más podría haber?

Koldo aparentó desconocer la respuesta a su propia pregunta.

—¿Un anillo? —preguntó Tifón inocentemente.

Ella sintió que se ruborizaba.

—¿Tú también lo estás buscando? —insistió él de forma malévola.

—¿Y tú qué sabes de todo eso?

—Mi abuela era la portera de La Proa y mi abuelo, el chófer de Gregorio Silva. Tengo información privilegiada —sonrió, volviendo a mostrar el diastema.

Coño, claro. Macarena Gracia, la madre de Maca. Seré idiota, se dijo.

—Yo tampoco lo he encontrado —confesó.

Koldo le dirigió una mirada llena de suspicacia. El chaval parecía sincero.

—¿Sabes cuál es el mejor lugar para que un ladrón no encuentre tus objetos de valor?

—Planteó Tifón—. El balcón o la terraza.

Los ladrones nunca se exponen a registrar algo que está a la vista de todos, y tampoco se les pasa por la cabeza que algo valioso esté al alcance de cualquiera —certificó como quien explicaba una obviedad—.

Pero ese anillo no se ocultó para protegerlo de ladrones de fuera, sino de gente de dentro.

Y eso modifica el planteamiento inicial —razonó con precoz encanto.

Luego pareció pensativo—. ¿Has leído a Chesterton?

Koldo asintió, maravillada una vez más por la vasta cultura literaria de su joven interlocutor. Lástima que solo tuviera dieciséis años, bromeó para sí.

—Cuando el sabio trata de ocultar un diamante verdadero, lo ocultará entre los falsos —citó el chaval en alusión a los relatos del Padre Brown—. ¿Dónde ocultarías una hoja?

—En el bosque —respondió ella con una sonrisa.

—¿Un grano de arena?

—En la playa —le siguió el rollo.

—¿Y una gran esmeralda verde?

—En el fondo del agua turquesa de un estanque, un lago, el mar… o una fuente —dijo, mientras la diversión iluminaba sus ojos—. Pero me imagino que esa fuente de ahí ha sido registrada de arriba abajo más de una y de diez veces durante los últimos cincuenta y cinco años.

Eduardo hizo una mueca, entre risas.

—Yo lo he hecho —confesó—. Y solo encontré la baldosa con la inscripción misteriosa. ¿Tú también la has visto, verdad?

Koldo asintió.

—Bueno, ahora al menos ya sabemos por dónde no empezar a buscar —valoró ella, con encomiable optimismo.

Reprimió un bostezo; el sueño por fin se mostraba benévolo. Eran las tres de la madrugada.

—¿Sabes? Me voy a dormir. Te sugiero que vuelvas por donde has venido y te metas tú también en la cama.

—¿Qué hay de esos veinte pavos?

—La noche iba muy bien; no estropees una buena cita —advirtió ella guiñándole el ojo.

Tifón se levantó sin disimular su decepción. Todavía se giró una vez más antes de trepar por la pared de cemento, ágil como un gato.

—Puedo proponerte una alternativa.

—Cuál.

—Un beso. En lugar del dinero.

Koldo lo miró fijamente.

—Vete a la cama.

El chaval, sentado ya a horcajadas en lo alto de la mampara de cristal, suspiró de forma aparatosa.

—Solo se ama lo que no se posee totalmente —se lamentó.

—Brillante, Proust. Ahora, desaparece.

De un limpio salto, Tifón pasó al otro lado; Koldo lo oyó aterrizar con suavidad en el patio de su madre.

La joven todavía se quedó unos instantes sentada bajo el cenador, reuniendo fuerzas para levantarse y dirigirse a la cama.

Cumplió con la primera parte. Luego, un poco a regañadientes quizá, corrigió la dirección y se dirigió a la hornacina.

Un tanto avergonzada de que alguien pudiera sorprenderla en su propia casa, pegó los dedos al cristal e hizo una ligera presión.

Este se desprendió con sorprendente facilidad.

Mientras lo sujetaba con la mano izquierda, rebuscó de forma un tanto indecorosa entre los refajos de la Virgen del Carmen hasta que sus dedos toparon con algo oculto tras el manto.

Ahí estaba. Lo extrajo con delicadeza. Se trataba de un paquete.

Y estaba de enhorabuena, aún quedaban siete cigarros y había un mechero dentro.

Colocó el cristal tal como lo había encontrado, miró alrededor en busca de alguna luz que no encontró.

Se oyó un leve chasquido. Durante breves pero placenteros minutos, la luz de una brasa puntualmente avivada iluminó la noche circundante.